Estimados Alumnos:
En el día de la fecha, no he podido viajar a Paraná porque estoy enferma. Lamento que no hayan podido tener la clase teórica, y además que desde el 22 de septiembre no haya teóricos, pero el 29 de septiembre fue feriado, el 6 de octubre hubo exámen (con suspensión de actividades) y el 13 de octubre nuevamente fue feriado. Esto se los recuerdo, ya que según Alumnado, ustedes han puntualizado que hace un mes que no hay teóricos. Es bueno, antes de hacer circular un falso sentido, confirmar lo que se dice, agenda en mano. Las instituciones sufren daños cuando se hacen circular rumores. Y las personas también.
Espero reponerme y viajar el próximo lunes, no sólo por la clase, sino por mi salud también....pero eso no lo puedo adelantar hoy.
Saludos;
Dra. Marité Colovini
lunes, 20 de octubre de 2008
:: AVISO A LOS ALUMNOS
martes, 30 de septiembre de 2008
::OPERAR CON LO INCURABLE, LO INTRATABLE
Colette Soler
Publicado originalmente: La Cause Freudienne - Revue de psychanalyse nº 22. Octubre 1992
Psicoterapeutas y psicoanalistas acogen la misma demanda que motiva el síntoma y utilizan el mismo medio: la palabra. No la usas, sin embargo, de igual modo, y no apuntan a los mismos fines, como acuerdan reconocer. Unos y otros, efectivamente, no cesan de afirmar sus diferencias. Los primeros incluso utilizan a veces el psicoanálisis como valedor, prometiendo: más breve, más humano, menos caro, menos peligroso, etc. En cuanto a los psicoanalistas, pretenden introducir al sujeto que se confía a ellos a otra cosa, incluso a un más allá de lo terapéutico.
Sin embargo, el psicoanalista no recusa la demanda terapéutica, e incluso la presupone. Es un hecho de la historia. Freud no se subió a la escena de la civilización por la vía especulativa. Se adentró bajo la investidura del médico. Médico de lo que entonces se llamaba las “enfermedades nerviosas”, cuya noción bascula entre causalidad orgánica y causalidad psíquica. La subversión que Freud introdujo encontró apoyo en la función del médico, por lo que queda de ambiguo entre el sabio y el terapeuta. Vean por ejemplo el hombre de las ratas. Freud es supuesto por él que sabe interpretar los sueños, pero sólo se le dirige porque quiere que cese el tormento de su síntoma. En 1911 Freud observa: “La posibilidad del éxito terapéutico condiciona nuestro tratamiento”. Condición sin duda no es causa, menos aún causa final, pero no deja de ser ineliminable. Freud, por otra parte, no esquivaba prometer el éxito terapéutico. ¿Era esto por no haberse operado en él el puro deseo del psicoanalista? No lo creo.
El psicoanalista acoge a “aquel que sufre”, o más bien a aquel que, porque sufre, pide …que eso cese, y con eso otra cosa aún. Puede sufrir por muchas razones. Que el éxito se le escurra entre los dedos, que el amor le escape, que el saber o el poder resista a su captura, que curiosos fenómenos lo asedien, que el vacío de su vida le abrume, poco importa, el psicoanalista no dice que no. Indudablemente no en todos los casos el sufrimiento recurre al Otro. Más acá de toda llamada, el dolor mudo del melancólico es el paradigma de un rechazo de la demanda cuyas figuras son múltiples –desde la anacrónica cuestión de honor estoica hasta la distracción moderna- y con el que el psicoanalista pocas veces se encuentra, por definición. Pero cuando se le pide, el psicoanalista abre su puerta, pues sabe que hay respuesta.
Sabe para empezar que el efecto terapéutico es posible. Consiste, en su definición más simple, en resolver, para un sujeto dado, lo intolerable de lo que llamamos síntoma. Eso intolerable es particular para cada uno. Incluye la respuesta del sujeto a aquello con lo que se encuentra, y ninguna verdad universal responde de ello. Por ello el efecto terapéutico se desdobla: o bien eso que era intolerable desaparecerá, o bien eso que era intolerable dejará de serlo, intolerable. Se ve la diferencia: en un caso se cambia la causa, al menos la causa del sufrimiento, en el otro se cambia el sujeto. O bien el obsesivo descubrirá el vacío del pensamiento, o bien se acostumbrará a su obsesión, modificada o no. A más largo plazo, o bien acabará por encontrar su pareja o bien se acostumbrará a la soledad. Dejemos pues de decir que el psicoanálisis no promete nada. Es inexacto, y por definición, puesto que la oferta es ya promesa, aún más desmesurada a veces cuando queda implícita, envuelta en las implicaciones del procedimiento.
Aquel que acoge la demanda de curar es necesariamente supuesto sanar. Y además ¿acaso no promete lo imposible, desde el momento que no pone objeción a que la transferencia deje espejear, a la entrada, la esperanza de ver cesar el “Uno solo” que es el destino de cada uno? El efecto terapéutico, el psicoanálisis está de acuerdo en ello –como posible. No se trata sólo de decir “por qué su hija está muda”, se trata también de hacerla hablar, como dice Lacan. Es pues una terapéutica. No digo una psicoterapéutica, pues no trata la psique, el alma como unidad supuesta, sino la división que la palabra introduce en esta unidad. Y si se le llama “psico” es más bien para señalar que operando con el verbo excluye por su consideración toda referencia a la causalidad orgánica.
Una terapéutica, sí, pero en todo caso “no como las otras”, decía Lacan en 1953, y sobretodo muy distinta de una terapéutica. Es la diferencia lo que hay que hacer valer. No se reduce a una diferencia de finalidad. Con frecuencia se sostiene, y con razón, que el objetivo epistémico distingue al psicoanálisis. De hecho uno no sólo se analiza para hacer ceder el sufrimiento, sino también para encontrar el por qué. Bien podemos poner frente al psicoanálisis, que si cura lo hace revelando el inconsciente, a las psicoterapias, que curan haciéndolo callar, tal como lo hace el mismo discurso del amo. Aún hay que precisar las operaciones respectivas del psicoanalista y del psicoterapeuta. Éstas implican, según Lacan, una diferencia de ser que designó al introducir la noción de “deseo del psicoanalista”, de nueva aparición en la historia, a excepción de algunos precursores. En efecto, el psicoterapeuta está desde siempre: desde que hay hombres se responde al sufrimiento por el verbo, no sin efecto. Al psicoanalista hubo que inventarlo –la cuestión es saber si fue Freud quien lo hizo por primera vez y él solo- y su presencia en el mundo sigue siendo problemática y precaria.
Del uno al otro la diferencia de respuestas se puede captar bastante fácilmente a nivel de la estructura de la palabra, se inscribe en nuestra doctrina con dos letras: la A mayúscula, con la cual Lacan escribe el Otro en juego en la palabra –en cuanto que es distinto del semejante-, y la a minúscula, con la que designa la función de l causa. El clínico es terapeuta cada vez que interviene como Otro, situándose al nivel mismo en que se despliega la demanda de curar, o sea, tal como se ha dicho, en el primer piso del grafo de Lacan. La demanda supone el Otro. Se dirige a él como buen entendedor y lugar supuesto de la solución. En él sitúa la llave de su felicidad, así como de su verdad, a menos que, decepcionada, su obsesión no aloje ahí la causa de su malestar, no haga de él el lugar de su falta de saber así como de su falta de goce. Así la demanda hace consistir al Otro como lugar de la causa. Siempre resuena en ella algo implícito: Padre, no ves, no sabes, no quieres, Padre, por qué? También hace pesar sobre quien está en posición de interlocutor la solicitud muda, y sin embargo ruidosa, de lo que Lacan llamaba una “secreta conminación”. La demanda, -que ya es por sí misma una retroacción de la oferta-, sugiere la oferta. Es fundamentalmente una seducción que tiende a su interlocutor la imagen falaz de aquel que puede completarla …de su escucha, de su comprensión, de su saber, qué sé yo de qué más? El clínico, cuando cede a la sugestión/seducción de la demanda, se reduce a la función del terapeuta. Eso le conduce a responder a su vez por otra sugestión, que apunta a reducir la llamada del sufrimiento y que, como toda sugestión, pone el significante en el lugar del mandato, prodigando consejos, normas y modelos. Es lo cotidiano y lo ordinario del discurso del amo, con el que, como decía Lacan, el terapeuta colabora.
Esta sugestión opera en las psicoterapias, tanto en la práctica como en la teoría. Las psicoterapias también interrogan las causas. Algunas se creen psicoanalíticas porque toman de Freud su mito de Edipo, otras, cada vez más numerosas, inventan, sin siquiera alcanzar al mito, y contrariamente a lo que suele creerse, no siempre en el sentido del buen sentido. Que se rastre la causa supuestamente primera, a nivel del cuerpo, -líquido amniótico, primer respiro del nacimiento, flujo de las energías oscuras, es todo lo mismo, ¿y por qué uno antes que el otro? –o transacciones fallidas de la familia, o de todo lo que se quiera elucubrar aún, han parodiado la ciencia y se carga a las espaldas de los hombres un fardo redoblado, añadiendo a los plus-de-goce “de imitación” de la civilización las causas ficticias ofrecidas para ser creídas, taponando su entendimiento. Freud mismo cae en ello con su Tótem y tabú, que hace subsistir una adherencia entre psicoanálisis y religión, que Lacan intentó hacer ceder. Todos los inventores de psicoterapias responden como Otro del saber, envidiosos del saber elaborado por Freud. ¿Hay que decir entonces que son impostores de buena voluntad? Yo más bien diría que eso les pone a la par del discurso común, el cual, entre causas y normas, intenta gobernar los deseos.
El clínico, en la medida que responde como analista, no es terapeuta. Rehúsa a hacer de Otro y no tiene nada que prescribir. Es más, el psicoanalista, como capacidad que supone un deseo, se engendra a partir de la reducción del terapeuta que dormita en cada uno. De los hablantes (parlêtres) se puede decir: todos terapeutas, al menos virtualmente. ¿Quién lo muestra mejor que los sujetos histéricos? Allí donde ello sufre responde con su presencia, siempre presto a vibrar de compasión con las debilidades humanas, desplegándose su demanda con toda naturalidad entre la solicitud virulenta y la mano tendida para el auxilio. Es tal vez menos evidente, pero igual de verdadero, en el sujeto obsesivo. Se dirige menos espontáneamente al otro, pero a poco que se fuerce la puerta de su retirada, -sin por ello empujar la de su inconsciente-, es también un gran consolador. Es que la demanda es caritativa. En la linde del psicoanálisis, Ana O es su paradigma: el fracaso de su análisis supuso el éxito de su vocación de gran enfermera. De modo más dramático, la evolución de Ferenczi habría que incluirla en el informe. Allí donde el sufrimiento del síntoma no es analizado, genera la reivindicación terapéutica: cuidar, ser cuidado.
El análisis condujo a Freud a un descubrimiento que complica en mucho la intención terapéutica: el displacer que causa el síntoma es engañoso, pues es también un placer que se ignora, una satisfacción, dice Freud, a nivel del ello. A aquel que les trae su lamento no le dirían: “donde ello sufre, ello goza”, obviamente, sería violento y poco eficaz. Sin embargo éste es el descubrimiento, escandaloso con respecto a los sentimientos humanos, que hizo Freud. Lacan primero lo moduló con un “ello habla” en el sufrimiento, pero era para llegar a decir, como Freud, y mejor, que lo que constituye la desdicha (malheur) del paciente no es otra cosa que “la dicha” (bon heur)del sujeto, que hay que escribir con dos palabras para evocar la suerte (heur), la fortuna, es decir la repetición de su encuentro con un goce que objeta su principio del placer.
El terapeuta es aquel que no sabe, o que no quiere saber, o tener en cuenta que el secreto del síntoma se llama castración y pulsión. Un psicoanálisis llevado a su término, al deshacer las identificaciones samaritanas, hace ceder el deseo de responder como Otro, y marca en cada uno el fin del terapeuta. El psicoanalista “descarida” (décharite), decía Lacan. Se capta la lógica de este cambio. Si la demanda y la imaginación propia del neurótico instituyen al Otro y le dan consistencia, aquel que ha atravesado esta imaginación descubre que la causa no es del Otro. Podrá entonces permanecer frío, digámoslo claramente, intratable, ante las sugestiones de la demanda que le ofrece el puesto del Otro. Este intratable no hay que situarlo, desde luego, a nivel de la técnica analítica, sino a nivel de su política, es decir, de sus fines. Aplicado a nivel del saber hacer, sólo sería por parte del analista desconocimiento tiránico de las particularidades de cada caso.
El psicoanalista se engendra pues como un más allá del terapeuta. Lo repito, cuando digo: el terapeuta, no designo con ello la categoría profesional, sino a aquel que dormita en cada uno, a causa de la esencia de la demanda. La frontera es interna al campo de los dichos psicoanalistas, y más esencialmente aún interna a cada cura. El dispositivo del pase, que recoge para su evaluación lo que un sujeto puede decir de la operación así como del resultado de su análisis, es crucial para el psicoanálisis. Lo es de forma redoblada para aquellos que hacen profesión, incluso vocación, de lo terapéutico, sean psiquiatras, psicólogos u otros. Aprendemos de ellos, dado el caso, que curarse del terapeuta no es fácil, y que el paso al deseo del analista, cuando se puede captar, se hace más por hiato, conversión, que por una transición armoniosa. Y aún no se da en todos los casos. El terapeuta se sienta a veces en la butaca del llamado psicoanalista. Por ello importa que, en la práctica, cada uno de los que funcionan como analistas caiga en la cuenta de esta pregunta: “¿has dejado de ser sólo terapeuta?”, y que en la teoría el saber del analista se distinga de las elucubraciones propias para alimentar las creencias que evocaba anteriormente. Para la primera pregunta no hay respuesta directa, sino sólo indirecta, sobretodo por el testimonio del pasante sobre su análisis. Ahí puede evaluarse, entre otras cosas, si el sufrimiento del síntoma ha librado lo bastante su secreto para que el sujeto sepa que el Otro no es el amo de la pulsión, y que sólo levanta la barra sobre ella al precio de los retornos del síntoma y del desconocimiento de esta parte intratable de lo real que, para cada uno, el inconsciente lastra, si ha tomado la medida de lo “archifallido”(archiraté) de la caridad terapéutica para poder responder al sujeto sin hacerse el reemplazo del significante amo.
En cuanto a cambio, el psicoanálisis da más bien otra cosa que las terapias. No es sólo que añada al efecto terapéutico un efecto de revelación. Es que este último, como adquisición de saber, es solidario de un cambio que se le puede llamar a-terapéutico, que deja al sujeto aliviado, no del inconsciente, sino del Otro, el Otro en que alojaba, con su tormento, su coartada. Este resultado no se obtiene en todos los casos, pero basta con que se dé en algunos, y que se sepa, para que apuntemos a que se dé en muchos.
Traducido al español por Manuel Rebollo
[1]N. De Tr. L’intratable también podría traducirse por el intratable, y de hecho aparecen las dos versiones a lo largo del texto: 1º la del intratable, el analista, intratable ante las sugestiones de la demanda, y 2º: lo intratable de lo real en cada uno.
jueves, 25 de septiembre de 2008
::EL SUJETO DESCENTRADO
“No somos dueños de nuestras motivaciones y obramos en función de designios ignorados”, advierte el autor, y sostiene que “éste es uno de los puntos más resistidos del psicoanálisis, por cuanto se inscribe contra toda evidencia inmediata y pone en cuestión las motivaciones yoicoconciencialistas de raíz ilusoria”.
Por Roberto Harari *
Fuente: Permalink:http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-112176.html
Una noción que ya forma parte de un conocimiento relativamente extendido trata de lo denominado por Freud como las tres injurias narcísicas, las tres “ofensas” infligidas al orgullo y a la vanidad de los hombres. Las mismas son ubicadas, a su criterio, en una serie, en la cual el psicoanálisis ocupa el tercer lugar cronológico. Este es uno de los argumentos más sólidos para sostener que la temática del sujeto descentrado es no sólo lacaniana, sino freudiana en su origen y desde su origen.
Pues bien, la primera injuria alude a un descubrimiento: nuestro planeta no es el centro del sistema solar. En efecto, cuando la concepción geocéntrica fue desplazada por la heliocéntrica –por vía del astrónomo polaco Nicolás Copérnico–, la Tierra pasó a ser tan sólo un planeta más entre tantos otros. Ya tenemos aquí una figura decisiva del descentramiento, debida al mero orbitar de nuestro cuerpo sólido celeste alrededor del Sol.
Una segunda herida, aún generadora de muchas discusiones y polémicas –en particular, respecto de ciertos arraigados dogmas religiosos– se desprende del aporte de Charles Darwin. Así, en función de las demostraciones del célebre naturalista inglés, no habría una discontinuidad absoluta entre el reino animal y el –vamos a llamarlo así, transitoriamente– humano. ¿Por qué “vamos a llamarlo así”? Porque Lacan, en muchos tramos de su enseñanza, ironiza con congruencia sobre lo “humano” vinculándolo con la etimología de humus, esto es, con un producto resultante de la desintegración de la materia orgánica, apto para la fertilización de los suelos. Por otro lado subraya, junto con otros pensadores –por ejemplo, Michel Foucault–, lo siguiente: el concepto de hombre es un invento relativamente reciente, por cuanto no cuenta con más de doscientos, doscientos cincuenta años. Hasta Darwin, entonces, se postulaba la existencia de una discontinuidad rígida y estricta entre lo situado en términos del reino animal, por un lado, y de la especie humana, por el otro. Entonces, merced al autor de El origen de las especies pudo sostenerse con fundamento nuestro parentesco con los antropoides. Por lo tanto, no somos seres especiales ni tampoco constituimos un reino aparte; se plantea, pues, la vigencia de un lazo indiscutible entre la conformación biológica del homo sapiens y la del mencionado reino animal. Segunda injuria narcísica, por ende.
Mentamos ya la herida planetaria, luego la zoológica y, en tercer lugar, incluimos la generada por el psicoanálisis, por cuanto nuestra disciplina conmociona el centramiento en el yo. Para ser más precisos: aludimos al yo, con su consiguiente ilusión psicológica. Su formulación implica, en definitiva y dicho de manera muy amplia, lo siguiente: no somos dueños de nuestras motivaciones, y obramos en función de designios ignorados. Además, al confrontarnos con los efectos de nuestros procederes, por lo general erramos el tiro en cuanto a la captación de sus fuerzas impelentes, a las que situamos en términos de una tibia indulgencia y de una sospechosa autotolerancia –rayana con la más prístina impunidad– hacia nosotros mismos.
Sin lugar a dudas, éste es uno de los puntos más resistidos y combatidos entre los vehiculizados por el psicoanálisis, por cuanto se inscribe contra toda evidencia inmediata, poniendo en cuestión las motivaciones yoicoconciencialistas de raíz ilusoria. Permítasenos al respecto realizar una breve digresión, para encarar esta cuestión de manera sesgada: puede afirmarse, como surge de la específica producción, del número y nivel de practicantes, de las respectivas instituciones, de las estadísticas en juego, de los reportajes críticos e inclusive de distintos “libros negros” circulantes, que la Argentina es, junto con Francia, uno de los países donde el predicamento, la inserción de nuestra disciplina y la mencionada producción de calidad alcanzan los máximos niveles mundiales. Los debates y pronósticos tendientes a vaticinar su decadencia, cuando no su muerte, en función de la presunta desconfianza que inspira y del descrédito interesadamente atribuido, aparecen y desaparecen de manera invariable, según es de constar, en los tantísimos años de dedicación al psicoanálisis por parte del autor de estas líneas. Ahora bien, lo referido hace en realidad no al psicoanálisis como tal, sino a las resistencias suscitadas por éste debido a la injuria narcísica implicada en, y por, sus fundamentos basales.
Proponemos entonces, como una suerte de aforismo respecto del psicoanálisis, el siguiente: su única chance de existir implica la presencia, al mismo tiempo, de esta lucha contra quienes intentan desvirtuarlo y darlo por terminado, “mostrando” que sus días están contados. Hoy día, uno de los rostros de dicha resistencia pretende tomarlo como una práctica nacida en la Viena de fines del siglo XIX; por consiguiente, propia de una época ya superada –el seductor argumento temporal insiste–, muy distante de las exigencias de la vida contemporánea, de sus problemáticas dominantes, de sus urgencias, y así siguiendo. Nuestro aporte al respecto, si bien parcial, insuficiente, pero en coincidencia plena con valiosos historiadores del psicoanálisis preocupados por la temática, consiste en señalar un origen diferencial como motor de dicha repulsa. No se trata en ésta, como a veces se sostiene con extendida ingenuidad, del énfasis puesto por Freud en la sexualidad, en un contexto de neto perfil victoriano donde la misma era censurada de modo terminante. Desde ya, algo es cierto al respecto: el abordaje freudiano enseña cómo la actividad sexual no es algo propio y exclusivo de la adultez ni de la adolescencia, porque da cuenta de la existencia de la sexualidad infantil. Sin duda semejante afirmación, en ese momento –¿tan sólo?– resultaba escandalosa, pues venía a demonizar a los niños cándidos, encarnación de la pureza, del candor y de la inocencia. Además, según la conceptualización freudiana, la noción de sexualidad no puede ser limitada al coito heterosexual, ni el fin exclusivo de ella radica en la procreación. Por cierto, se creyó que estas postulaciones abrirían el camino a un supuesto libertinaje perverso, al legitimar la valía de cualquier tipo de prácticas sexuales, por cuanto parecería situar a todas ellas en un pie de igualdad entre sí. Además, se adjudica a Freud la afirmación conforme con la cual el sexo determinaría todo el acontecer general de los humanos. Entonces, según el ¿juicio? de sus detractores, para el psicoanálisis todo sería sexual. En realidad, la afirmación de Freud implica, en primer término, todo lo contrario de cualquier pansexualismo, de una causalidad sexual única, porque su consideración del conflicto, en tanto dinámica psíquica insoslayable, indica de por sí la existencia de fuerzas encontradas, contrapuestas. Así, al postularse lo sexual –no reductible a lo genital, lo cual es valedero para cualquier sapiens– se requiere dar cuenta, a la par, de aquello no sexual que, de manera conflictiva, se le opone de modo inexorable.
Insistamos: la recusación suscitada desde siempre por el psicoanálisis no se funda en la noción de sexualidad, sino en la tercera injuria narcísica transportada por la noción de inconsciente, absolutamente singular y específica, y propia del desarrollo freudiano. Es ella la generadora de ese repudio, con dosis de virulencia más o menos crecientes o decrecientes según las épocas, mas siempre vigente. De reportarnos a nuestra actualidad, podemos ubicarlo en función de las llamadas nuevas terapias modernas, o alternativas, o de las neurociencias, o de la psicofarmacología, o de las terapias cognitivoconductistas o comportamentalistas, las que pretenden dejar de lado el psicoanálisis y, con él, lo inconsciente y el campo del sujeto. Con un pequeño problema en su accionar: estas “terapéuticas” fracasan en sus intentos de yugulación consolidada de los síntomas, más allá de sus pretendidos efectos inmediatos, los cuales no logran perdurabilidad alguna.
Ahora bien: muchos autores se han planteado la pregunta acerca de cuál es la novedad aportada por esta noción de inconsciente. ¿Por qué se autorizan a plantear esta cuestión, desde dónde la formulan? Bien, es fácil comprobar que “inconsciente” circula como vocablo desde hace siglos. ¿Acaso no hay filósofos, autores muy importantes, pensadores, incluso biólogos, por no aludir a físicos, teólogos, narradores y poetas, que la han articulado antes, y más de una vez?
A nuestro entender, se juega en esa presunción otra delimitación epistemológica crucial: la de la diferencia entre palabra y concepto. En efecto, valerse de un término localizable en distintos discursos, disciplinas, contextos y prácticas no implica que en todos ellos y en todas las ocasiones quiera o pueda o deba denotar lo mismo. Por ejemplo, en la filosofía romántica alemana encontramos construcciones donde se desgranan elaboraciones referidas a una filosofía de lo inconsciente. Lo propio sucede con filósofos como Nietzsche o Schopenhauer. En ese sentido, el propio Freud reconoció cuánto temía leer a aquél con minuciosidad porque podía llegar a mimetizarse con sus planteos, pues éstos parecían ser semejantes a los suyos. Habiendo de todos modos transitado sus páginas, las derivaciones freudianas, como podremos apreciar, lo condujeron por caminos muy diversos a los recorridos por el autor de Así hablaba Zaratustra.
El Otro en mí
Hay una necesidad conceptual y clínica de diferenciar identidad de identificación. Y ello tomando en cuenta, ahora, lo específico de la cura psicoanalítica caracterizable en términos de desidentificación. Lacan puntualiza en uno de sus seminarios finales qué entiende el psicoanálisis por identificación: el modo según el cual algo en principio externo se torna interno. Dicho en esos términos, parece un planteo simple; de hecho, señala la presencia del Otro en mí, por vía de esa dinámica psíquica donde viene a delatarse su incidencia –la del Otro– en mi constitución. Ahora bien, este mecanismo constitutivo debe ser distinguido con nitidez de la imitación voluntaria, de la mímesis deliberada, de un “Voy a ser como...”, por cuanto la identificación se produce según una modalidad definidamente inesperada e inevitable; inconsciente, es claro. En efecto, alguien puede creer que elige con la mayor libertad una gran cantidad de opciones en su vida, cuando en verdad lo hace llevado por identificaciones automatizadas e incuestionables. Y éstas tan sólo comienzan a generar interrogantes movilizadores, sea en el curso del análisis, sea cuando el sujeto, por motivos varios, entra en crisis respecto de ellas. El análisis puede entonces ayudarlo a tomar un camino capaz de apartarlo de una identificación sintónica (con un valor de mandato hasta entonces acrítico).
Por supuesto, hay identificaciones, por así llamarlas, muelles. Aludimos con ello a quienes obran al modo de un autómata, siendo así “felices”. Cuando esto ocurre, nada podemos ni debemos decir; se trata, en efecto, de un suceder que no pone en cuestión al sujeto. Por ejemplo, de cierto hablante se dice: “¡Pero si es casi un clon del padre!”. Claro, si se cometiese la torpeza de formularle este comentario al interesado, preguntándole además si se anoticia de ello, lo más probable es que no tenga la menor percatación. Por otra parte, es claro, puede resultarle ofensivo el comentario. Ese parecido puede incluir incontables trazos: por ejemplo, el tono de voz o la manera de caminar, tanto como elecciones vocacionales o los más diversos gustos u “opciones”, donde algunos biologistas temerarios creen poder señalar la presencia determinante de los genes. Sin embargo, para el psicoanálisis todo ello no es sino el fruto de identificaciones tempranas. ¿Cuál sería el inconveniente del acaecer de este fenómeno? Bien, el precio radica en la fuerte limitación generada por los tan restringidos márgenes de libertad resultantes. Márgenes cuyo alcance es mitigado por el sostén del amor eterno al padre. Ahora bien, dicho amor estagnado e incólume pareciese, por cierto, brindar estímulo y consuelo, erigiéndose en un –gravoso, sí– freno al desamparo.
En su texto Psicología de las masas y análisis del yo Freud estudia el acaecimiento de determinados fenómenos psíquicos en el seno de aquéllas. Pormenoriza, entonces, que las masas se caracterizan por la homogeneidad entre sus componentes, quienes se reportan, uno a uno, al líder. Y éste, como único elemento ubicado por fuera del conjunto, otorga coherencia al mismo, aglutinando a sus integrantes al tomar posición en el lugar del ideal. Con esa notable puntuación, Freud anticipó la psicología de masas del fascismo, cuya indagatoria fue luego continuada por Wilhelm Reich. Investiga, entonces, qué dinámica sucede entre la masa y el líder, de qué modo aquélla lo incorpora, y distingue, a partir de ello, la vigencia de tres tipos de identificaciones.
La llamada primera identificación se postula como previa a toda relación con el objeto; remite a una suerte de “incorporación” directa del padre. Se trata de un planteo que contraría desde el vamos la formulación, brevemente evocada, según la cual la identificación supone o implica tornar interno algo previamente posicionado en lo externo. O sea: corresponde situar esta primera identificación como anterior a todo contacto empírico y “afectivo”. Esa identificación inicial le abre paso a la segunda, designada como identificación con el trazo. Más específicamente: con el trazo único. Dicho trazo puede representar a la persona entera con quien se identifica el sujeto, al modo trópico de la sinécdoque. Para retomar el ejemplo recién incluido, podría tratarse del tono de voz o del ritmo al hablar –lento o precipitado–, del modo de juguetear compulsivamente con el cabello –al punto de considerarlo un acto sintomático de características incoercibles–, de una tos compulsiva surgida al finalizar cada emisión vocálica, o –para retomar el ejemplo de Lacan– puede llegar a implicar el bigotito de Hitler. En suma, un solo trazo representa en sí la asimilación global, la cual deja de ser entonces absoluta y masiva. Lacan rebautiza ese trazo único freudiano nominándolo trazo unario. Lo hace en consonancia con su planteo conducente a diferenciar lo unario de lo binario. Como puede colegirse con fundamentos ciertos, se trata de un capítulo muy vasto en el terreno de lo identificatorio; para nuestro propósito, podemos retener que es el modo según el cual cada quien introyecta trazos relacionales, modalidades vitales o creencias, a más de rasgos o de particularidades faciales y posturales.
En tercer lugar, Freud considera la conocida como identificación por contagio o por infección, llamada también histérica o del pensionado, en función del ejemplo aportado al respecto. Se refiere en él a una muchacha que recibe en un pensionado una carta de su novio secreto y manifiesta su mal de amores, por decirlo así, mediante un ataque histérico; acto seguido, ocurre otro tanto con amigas que han presenciado la situación, conociendo los antecedentes de ésta. Freud consigna lo siguiente: se trata de la acción impelente del deseo de encontrarse en el lugar de quien recibiese el correo. En efecto, si bien las noticias de la misiva no pareciesen ser muy auspiciosas, la pensionada del ataque inicial cuenta con un enamorado capaz de remitirle un mensaje de tono amoroso, aunque, como decíamos, haya suscitado sus celos. A más de ello satisface también, mediante el padecimiento implicado por el ataque, la necesidad de castigo ante la relación “inconveniente” –tiene “mal de amores”–, lo cual consolida otro punto identificatorio entre la muchacha de la carta y sus compañeras “infectadas”. En este caso no se prioriza un trazo necesariamente positivo, valorizado o fecundo, lo cual enseña que la identificación puede producirse incluso sobre la base de aquello negativo o temido del objeto en cuestión. Sería algo así como si la identificación diera pábulo, de manera conjunta, a la siguiente constelación: “Ahí tienes tanto lo que querías, como lo que te tienes merecido por alentar semejante pretensión”.
Como hemos ya desgranado, con Lacan cabe aseverar, por su parte, que las identificaciones son constitutivas tanto del sujeto como del yo: simbólicas las del primero, imaginarias las del segundo. El psicoanálisis, es claro, apunta a cuestionarlas en la cura con vistas a generar cierto distanciamiento a su respecto y, por esa vía, reducir o anular el servilismo voluntario y automático así implicado. Esto mismo había sido señalado, en el plano de las multitudes y de las sociedades, por el difundido principio de Le Bon. Es en ese plano donde Freud sitúa la cuestión de las masas artificiales, donde operarían, según su planteo, la nostalgia de la autoridad paterna, la añoranza por el “mandamás”, lo cual, a su vez, reenvía al intento de desresponsabilizarse, tanto en la escena pública como en la clínica. Sí, por cuanto existen formaciones de masa de dos –tal cual puede suceder en una cura analítica mal conducida–, no requiriéndose ninguna muchedumbre para la generación de dicho efecto “antiherético”.
* Fragmentos de El sujeto descentrado. Una presentación del psicoanálisis, que distribuye en estos días editorial Lumen.
domingo, 21 de septiembre de 2008
AVISO A LOS ALUMNOS: FÁBRICA DE CASOS
El lunes 22 de septiembre realizaremos la segunda presentación del seminario Fábrica de casos, a las 15 hs.
Les recuerdo que deben retomar el texto sobre el dispositivo, que se encuentra en éste blog, y que la asistencia es obligatoria.
Saludos,
Marité Colovini
:: CARPE DIEM
Marité Colovini
sábado, 20 de septiembre de 2008
::ENTREVISTA A ISIDORO VEGH
Fuente: http://weblogs.clarin.com/cronicas/archives/2008/09/entrevista_con_un_freudiano.html
Entrevista con un freudiano
Isidoro Vegh es psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Dirigió, durante varios años, la revista Cuadernos Sigmund Freud. Es autor de los libros Matices del Psicoanálisis (Editorial Agalma, 1991), Hacia una clínica de lo real (Editorial Paidós, 1998), El prójimo, enlaces y desenlaces del goce (Editorial Paidós, 2001), Paso a pase con Lacan, el objeto y sus destinos (Letra Viva Editorial, 2003), Paso a pase con Lacan, el amor y sus razones (Letra Viva Editorial, 2004), Las intervenciones del analista, segunda edición (Editorial Agalma, 2004), El sujeto borgeano (Editorial Agalma, 2005), Las letras del análisis ¿Qué lee un psicoanalista? (Editorial Paidós, 2006), Lectura del Seminario L’étourdit (Editorial de la Escuela freudiana de Buenos Aires, 2007).
Isidoro Vegh ahora está conectado con CRÓNICAS ARGENTINAS, para responder algunas preguntas de nuestra serie: El Psicoanálisis.
Meneses: Constantemente, la figura de Freud es cuestionada por otras escuelas de la psicología. Sin embargo, sus seguidores se mantienen o aumentan. ¿Cómo explicas ésta vigencia?
Vegh: Freud descubrió a comienzos del siglo XX, allí donde la medicina hizo presente su fracaso, una respuesta al dolor y al sufrimiento de sus pacientes histéricas, esas que sufrían de parálisis, cegueras, angustias, dolores que, como decíamos, la medicina no podía solucionar. Si la figura de Freud, a pesar de ser cuestionada, sigue vigente, es porque responde a lo que el síntoma reclama. El psicoanálisis es una respuesta al dolor y al sufrimiento de cada uno de los que lo demandan.
Meneses: Desde que comenzó esta serie, varios comentaristas han escrito hablando contra el psicoanálisis y la gente que va a terapia. Leí en una entrevista que dijiste: “Sólo los dictadores le temen al psicoanálisis”. ¿Puedes profundizarnos esa idea?
Vegh: El síntoma, la angustia, las inhibiciones, los dolores de los que el sujeto acusa sufrimiento, son manifestaciones distintas que indican cuando el sujeto, el que padece, se encuentra sometido a algún mandato, a algo que desde el Otro le funciona como un virus. Un virus al que no puede interrogar, del que no puede hablar. Analizarse es aprender a interrogar eso que nos gobierna sin que nuestra conciencia lo sepa, pero que nuestro ser registra: el sufrimiento. Cuestionarlo, encontrarle una respuesta, obtiene lo mejor. Los dictadores no admiten preguntas. Sin hacer alusiones, conocemos presidentes que hacen reuniones de prensa y no admiten preguntas. No les gusta ser interrogados, menos cuestionados, y aún menos ser señalados en un error. En eso erran, porque todos los humanos nos equivocamos, precisamente porque somos humanos. Lo grave es reiterar el error. Cuando el error se duplica al cuadrado por no poderlo admitir, eso se llama necedad, y es lo que caracteriza a los dictadores. Por eso le tienen miedo al psicoanálisis.
Meneses: Por tu experiencia, para comenzar una terapia y que resulte ¿es necesario estar cruzando un período de angustia, una crisis?
Vegh: No diría tanto, pero indudablemente para que una terapia psicoanalítica comience, es necesario que haya una demanda, que alguien la requiera. ¿Y por qué razón alguien querría un encuentro con la verdad, si a nadie le gusta? Sólo se la soporta cuando no hay otro remedio, y esto, que no hay otro remedio, tómese literalmente. Entonces, en un cierto sentido, es cierto que sólo a partir del sufrimiento, del obstáculo, de lo que alguien no puede resolver por otros medios, es posible que una demanda de análisis sea consistente y anime, a quien la formula, a transitar los esfuerzos necesarios para vivir con algo más de felicidad.
Meneses: Una persona decidió ir a terapia. Entonces, llegó el momento de elegir a un buen analista. ¿Qué recomienda? Preguntar a los conocidos que hacen terapia, buscar en la lista de la pre-paga, llamar a los que hablan en la radio, ir al que dejó sus tarjetas en un ciber…
Vegh: La voy a responder con un leve desplazamiento. Cuando alguien que acude a mi consultorio me dice que antes de venirme a ver ya consultó a otros colegas y que está evaluando con quién analizarse, suelo decirle que eso me hace tener confianza en que esta persona que me consulta, de veras quiere analizarse. Sólo alguien que toma recaudos acerca de con quién va a compartir los vericuetos de su vida, me hace pensar en un buen pronóstico. Aquel que toma la lista de la prepaga y no se interesa mayormente por quién es aquel al que dirigirá su palabra, me hace pensar que toma de un modo banal, superficial, su vida y su sufrimiento.
Meneses: Algunos comentaristas han contado experiencias de terapias de más de 20 años, y otros hablan de sesiones de diván de una única terapia. ¿Una terapia tiene fecha de término? ¿Quién decide cuándo se termina?
Vegh: Cuando usted, señor periodista, decide estudiar inglés, ¿cuánto tiempo considera que hay que dedicarle? Depende: si usted quiere aprender inglés solamente para tratar con la empleada de la ventanilla de la aerolínea, o la persona que lo va a atender en el mostrador de un hotel de turismo, con poquito tiempo le es suficiente. Si su anhelo, en cambio, es conversar, dialogar con la gente de los países que va a visitar, necesitará un tiempo mayor. Si aún su anhelo no se conforma y usted pretende adentrarse en los vericuetos de la literatura de otros países y otras lenguas, será otro tiempo. El tiempo depende de lo que cada uno tenga como perspectiva y anhelo.
Meneses: En esta serie de CRÓNICAS ARGENTINAS estamos tratando de entender por qué en Argentina hay tantos psicoanalistas, tanta gente que va a terapia (y que lo dice muy abiertamente, sin ningún problema), tanta presencia de Freud ¿Puede darnos su interpretación a esto?
Vegh: Esto, sin duda, es un logro de la sociedad argentina. Y en principio, y me voy a incluir, por qué no, de los psicoanalistas. En nuestro país, que a veces parece el hijo bobo del hombre rico que despilfarra lo que tiene, donde tantas veces arruinamos nuestras propias posibilidades, por lo menos hay una de la que podemos alegrarnos. Efectivamente, el psicoanálisis que es parte de la cultura, tiene en nuestro país un lugar de desarrollo reconocido, también vanguardia en el mundo. Tenemos una práctica y una teoría del psicoanálisis realizada por colegas de distintas corrientes e instituciones que permite reconocer al psicoanálisis en la Argentina en un lugar de respeto en distintos ámbitos, por lo menos para mucha gente. Creo que es algo de lo que podemos estar orgullosos, valorarlo, y decir “qué suerte, por lo menos en esto no han podido con nosotros”. Se sostiene. Probablemente se sostiene porque, como dijimos antes, la práctica del psicoanálisis no funciona en acuerdo con ningún tipo de contubernio político, con ningún gobernante, es la esencia misma del análisis. Para que el análisis funcione, debe tener la libertad de poner a cielo abierto aquello que el síntoma presenta como palabra amordazada.
Nos despedimos a Isidoro Vegh, quedamos a la espera de algún próximo libro suyo, y terminamos con una pregunta:
¿Cuánto le debemos a Freud?
lunes, 15 de septiembre de 2008
::La categoría clínica de la perversión en el psicoanálisis1
Roberto Mazzuca2
Participo en esta mesa sobre el tema de las psicopatías por tercer año consecutivo en los congresos de la AAP por la amable invitación del Dr. Hugo Marietán. Esta mesa tiene la característica atractiva y poco común de abordar el tema desde tres enfoques o perspectivas bien diferentes: la biología, la psiquiatría y el psicoanálisis. Mi función es presentar la perspectiva del psicoanálisis.
Seguramente, no todos los presentes han participado en las dos oportunidades anteriores. Como mi contribución de este año se ubica en continuidad con ellas -y también dentro del diálogo que de hecho se ha establecido con los doctores Mata y Marietán- voy a comenzar con una breve síntesis del recorrido realizado.
Ante todo, las cinco conclusiones a las que arribamos:
Primera, que la cuestión de las psicopatías constituye un tema que ha padecido de muchas confusiones y preconceptos y que todavía hoy no se puede considerar completamente esclarecido ni, mucho menos, cerrado. Esto es válido también para la categoría clínica de la perversión en la perspectiva psicoanalítica.
Segunda, que, aunque las cuestiones que estudia cada uno de los tres enfoques de esta mesa bajo el nombre de psicopatías no coinciden plenamente, es decir, que sus objetos de referencia difieren y se superponen sólo parcialmente, sin embargo, esto no impide que surjan algunas propuestas convergentes.
Tercera, que lo que tradicionalmente se ha llamado psicopatías constituye un campo heterogéneo que, desde la perspectiva del psicoanálisis, no se puede abordar como una categoría unitaria. De aquí que sea necesario distinguir, entre otras cosas, la categoría del antisocial -que utiliza la violencia y la coerción contra la voluntad del otro-, de la verdadera psicopatía en que, aún los actos delictivos se producen estimulando la intervención del otro hasta obtener su complicidad y, por lo tanto, el consentimiento de su voluntad. Este punto vale también como ejemplo de la segunda conclusión ya que constituye una de las notables convergencias entre los tres enfoques.
Cuarta, las orientaciones freudiana y lacaniana del psicoanálisis -que distribuyen el campo de la psicopatología en la tripartición neurosis, psicosis y perversión- carecen del concepto de psicopatía que sólo ha sido considerado de manera explícita por algunas corrientes anglosajonas del psicoanálisis. De aquí se desprende el interrogante acerca de cuál es el concepto freudiano que resulta adecuado para abordar el campo de las psicopatías.
Como respuesta a este problema, y ésta es la quinta conclusión, hemos terminado en coincidir con la propuesta que formulara inicialmente el Dr. Marietán en el sentido de que ese campo corresponde a lo que Freud abordó con el concepto de perversión.
A partir de estas conclusiones, mi primera intervención presentó una comparación entre la neurosis y la psicopatía sobre los ejes de la culpabilidad y la acción. De este modo se destacó la ausencia de culpabilidad en el psicópata como diametralmente opuesta a la conciencia moral rígida del neurótico, especialmente del obsesivo, que Freud caracteriza por la intensidad de los reproches del superyó, de los remordimientos y los arrepentimientos que determinan las oscilaciones de su conducta. En cuanto a la acción, se subrayó la celeridad y seguridad con que el psicópata actúa y hace actuar al otro, tan opuesta a la lentitud, torpeza, postergaciones e idas y vueltas del actuar del obsesivo. Esta comparación mostró entonces que la oposición entre psicopatía y neurosis no era sino una variante de la fórmula freudiana que define la neurosis como el negativo de la perversión, es decir, los mismos rasgos orientados de modo inverso.
El segundo trabajo, el del año pasado, siguió explorando esa oposición a lo largo de otros ejes, entre ellos la demanda y la angustia, para terminar centrándose en la importancia de la dimensión del goce en la psicopatía. Del goce propio, el del psicópata, pero también del goce del otro, de su partener, que tan hábilmente el psicópata suele captar y utilizar.
En la intervención que hoy estoy presentando quiero volver sobre la primera conclusión para examinar las distintas acepciones del término perversión en el psicoanálisis y mostrar que este término recubre por lo menos tres conceptos diferentes. Efectivamente, cuando decimos perversión en psicoanálisis nos referimos a tres cosas muy distintas:
1. a las patologías de la sexualidad,
2. a las características estructurales de la sexualidad humana, y
3. a una de las formas de la subjetividad.
De allí que se produzcan una serie de confusiones cuando no se delimitan con claridad estas distinciones, o si no se las aplica de la manera pertinente.
Como suele ser habitual, estas tres acepciones resultan de la evolución del concepto de perversión a lo largo de las profundas transformaciones a que ha estado sujeto en las elaboraciones de la psiquiatría y el psicoanálisis. Por eso, para delimitarlas conviene hacer una referencia sucinta a la historia de este término en esas dos disciplinas, subrayando los tres hitos que señalan el surgimiento de un nuevo concepto que conserva, sin embargo, el mismo nombre del anterior.
El primer hito
El primer hito, es decir, el que marca el punto de partida del concepto de perversión, debe ubicarse, sin duda, en la gran obra civilizadora de Krafft-Ebing. De una generación anterior a Freud y a Kraepelin, Krafft-Ebing ocupaba la titularidad de la cátedra de psiquiatría en la Viena imperial. Las categorías psiquiátricas de sus tratados constituyen los antecedentes fundamentales en la nosología de esos dos grandes creadores. Krafft-Ebing es el más eminente representante de un grupo de psiquiatras y médicos legistas que se propusieron abordar en una perspectiva científica el estudio de la sexualidad humana y sus perturbaciones. Es decir, que persiguieron el objetivo de hacer entrar la consideración de los problemas sexuales en el discurso médico y legal para, de esa manera, tomar distancia de una posición moralista destinada fundamentalmente a enjuiciarlos y condenarlos.
Este propósito de pasar de la perspectiva del juicio moral a la neutralidad científica se manifiesta claramente en la terminología que utilizó, inventándola en la mayoría de los casos, y que reemplazó a la vigente hasta mediados del siglo XIX. Antes de su obra era muy común el uso de términos tales como degenerados, sodomitas, depravados, pederastas, cenedos. El uso del latín, no sólo en el título de su obra principal en estos temas, su Psychopathia Sexualis, sino también en el interior de su extenso desarrollo, estaba destinado a introducir una cierta neutralidad y distancia científica por comparación con el discurso vulgar.
Además, estableció una clasificación de las desviaciones sexuales que perdura hasta nuestro días y, de este modo, contribuyó a estabilizar el uso de términos descriptivos según la metodología empirista predominante en la psiquiatría de la época, y neutros desde el punto de vista de un juicio de valor, tales como perversión e inversión -el primero, para designar formas patológicas de la sexualidad que se ubican alrededor de la genitalidad, pero que constituyen manifestaciones que habitualmente acompañan la sexualidad normal, parasexuales; el último, para designar la orientación contraria a la considerada normal, es decir, heterosexual-. También el de fetichismo, exhibicionismo, voyeurismo. En algunos casos tuvo la osadía de usar referencias literarias que eran nombres propios, como el que tomó del marqués de Sade para establecer el término sadismo que se ha vuelto ahora un término común. Si bien el marqués no tuvo oportunidad de enterarse, porque en el momento de la publicación de la Psychopathia Sexualis hacía ya varias décadas que estaba muerto, fue diferente en cambio la posición de Sacher Masoch porque Krafft Ebing usó el término masoquismo mientras este vivía, lo cual, de todos modos, no debe haberle molestado mucho en la medida en que contribuía a la difusión de la fama de sus escritos.
En síntesis, lo que tenemos que retener para el propósito de este trabajo es que Krafft-Ebing estabilizó el concepto de perversión para referirse a las distintas formas de desviaciones sexuales -cuyo repertorio acaba de enumerarse- con el método descriptivo empirista de la psiquiatría clásica. Debemos también hacer notar que, a pesar de la enorme empresa realizada para despojar a esas formas de consideraciones de valor y darle un tratamiento científico, el concepto de perversión, tal cual lo forjó Krafft-Ebing, conserva un núcleo irreductible de juicio moral. Para que una conducta pueda definirse como desviada es necesario su comparación con un modelo ideal considerado normal. Y este modelo no es nunca ajeno a los valores morales y culturales de la época. Es como dice Lacan: el empirismo es siempre un moralismo encubierto.
Es suficiente señalar como ejemplo la cuestión de la homosexualidad que en nuestra época es considerada cada vez más simplemente como una de las formas posibles en la orientación sexual, es decir, en la elección de objeto, y tiende poco a poco a quedar definitivamente excluida del campo de la psicopatología y de los sistemas psiquiátricos de clasificación de los trastornos.
Sin embargo, a pesar de este resto de moralidad de su época, la influencia de la obra de Krafft-Ebing en la transformación de los viejos preconceptos ha sido enorme. Constituyó una base firme para los ulteriores estudios y elaboraciones sobre la sexualidad y ha desbordado el campo de los especialistas. Su Psychopathia Sexualis alcanzó más de treinta ediciones y un efecto de divulgación de una amplitud llamativa. Esta obra está compuesta y se desarrolla alrededor de la exposición de un conjunto significativo de casos singulares que el autor comenta: las llama observaciones y superan la centena. Algunas de estas observaciones son casos clínicos tomados por Krafft-Ebing de su propia práctica médica. Otras, cuando las formas de perversión constituyen delito, están extraídas de casos judiciales (por ejemplo, los cortadores de trenzas, frecuentes en esa época). Pero hay un tercer grupo, muy numeroso, en que estas observaciones consisten en los relatos escritos que Krafft-Ebing recibía de sus lectores contándole sus propias prácticas perversas y que contribuyeron significativamente a engrosar las sucesivas ediciones.
El segundo hito
Sin duda la obra de Krafft-Ebing proporcionó la base firme sobre la que se construyó la elaboración de Freud. Su principal trabajo en relación con el establecimiento del concepto psicoanalítico de pulsión sexual y de la hipótesis de la sexualidad infantil, los Tres ensayos sobre una teoría sexual, tienen como punto de partida exactamente los estudios y la clasificación de Krafft-Ebing. De allí que su primer capítulo lleve por título “Las aberraciones sexuales” y que las clasifique distribuyéndolas en dos grandes grupos: el primero, las desviaciones en relación con el objeto (es decir, la homosexualidad, la paidofilia y el animalismo), el segundo, las desviaciones con respecto al fin sexual (sean las transgresiones anatómicas o las fijaciones a fines sexuales preliminares). Este punto de partida no es invento de Freud, es una deuda con la obra de su predecesor.
Lo que, en cambio, resulta específicamente freudiano es el deslizamiento que se va produciendo gradualmente en el texto hasta forjar un concepto propio de perversión, diferente del Krafft-Ebing: la perversión, no como una forma patológica, sino como la característica esencial de la sexualidad humana. Esta transformación se obtiene a través de varios pasos.
El primero -en realidad también tomado de Krafft-Ebing-, que destaca que la sexualidad llamada normal tiene como elementos los mismos componentes de la sexualidad perversa: “Pero aún el acto sexual más normal integra visiblemente aquellos elementos cuyo desarrollo conduce a las aberraciones que hemos descripto como perversiones”3. De allí surge el concepto de pulsiones parciales como componentes de una pulsión sexual que no es homogénea sino siempre conformada por ese conjunto heterogéneo de pulsiones parciales llamadas también pulsiones perversas.
El segundo, el señalamiento de la falta de una frontera definida entre las llamadas perversiones y la llamada sexualidad normal: “La experiencia cotidiana muestra que la mayoría de estas extralimitaciones o, por lo menos, la más importantes entre ellas, constituyen parte integrante de la vida sexual del hombre normal y son juzgadas por éste del mismo modo que otras de sus intimidades”4.
Finalmente, en este apretado resumen del concepto de perversión forjado por Freud, el concepto de sexualidad infantil que implica una noción ampliada de la noción de sexualidad y arriba a la conocida fórmula freudiana del niño como un perverso polimorfo. Esta hipótesis establece que no existe una forma natural de la sexualidad sino que ésta, incluida la adquisición de una identidad en la sexuación, está sujeta a un proceso de formación que atraviesa diversas vicisitudes desde el niño hasta el adulto. Estas vicisitudes, en la concepción freudiana, están gobernadas por el dispositivo simbólico del Edipo: según la forma en que se lo atraviese y se lo concluya se obtendrá una cierta forma de sexualidad y de identidad sexual. Es decir, que el Edipo es un dispositivo de sexuación.
Lo que en Freud está planteado como infantil, en Lacan equivale a la noción de estructura. No se trata tanto de la evolución de una sexualidad perversa infantil hasta una sexualidad genital adulta, sino que la sexualidad humana es estructuralmente perversa y es con esa sexualidad perversa que hombres y mujeres se las tienen que arreglar para llegar a obtener y a elegir, o no, los rasgos que definen el viejo concepto ideal de sexualidad normal, es decir, la heterosexualidad y la paternidad: en palabras de Lacan, “...una posición sin la cual no podría identificarse con el tipo ideal de su sexo, ni tampoco responder sin grave riesgo a las necesidades de su pareja en la relación sexual y, más todavía, aceptar con justeza las del niño que en ellas se haya procreado”5.
En síntesis, Freud produce un concepto de perversión que no se refiere a una patología -como el concepto original de Krafft-Ebing-, sino que constituye la característica estructural -por lo tanto esencial y universal- de la sexualidad humana. Sin embargo, el concepto de perversión sigue teniendo como referencia la vida sexual y por lo tanto su aplicación queda restringida al campo de la sexualidad.
El tercer hito
Arribamos finalmente al concepto de perversión que Lacan produce cuando distribuye la psicopatología freudiana en la tripartición neurosis, psicosis, perversión. En esta tripartición ya se ha producido una generalización porque, para Lacan, neurosis, psicosis y perversión, no constituyen solamente una patología, sino que definen distintas modalidades de constitución de la subjetividad. Esto es, las leyes del funcionamiento psíquico no son las mismas para todo sujeto humano sino que se distribuyen en esas tres estructuras que son efectivas tanto para un sujeto enfermo mental como para aquellos que psíquicamente no han llegado a enfermar. En el primer caso, se tratará de un neurótico o un psicótico en el sentido tradicional de esos términos, es decir, como una forma patológica. En el segundo, de una estructura subjetiva neurótica o psicótica como modalidad de funcionamiento psíquico.
Pero lo decisivo para nuestro tema es que, en cualquiera de ambos casos, el concepto de perversión como estructura subjetiva difiere de los dos conceptos expuestos anteriormente. Es decir, que no es asimilable ni con el concepto de perversión de Krafft-Ebing como desviación patológica de la sexualidad, ni con el concepto freudiano de perversión como estructura universal de la sexualidad.
La verificación clínica, tanto en las neurosis como en las psicosis, es de una contundencia incontrovertible. Que los neuróticos gozan con sus fantasías perversas y que se verifica en su vida sexual la existencia de actos perversos, no es a esta altura de nuestras disciplinas solamente una conquista de la teoría y de la clínica freudiana, es un hecho aceptado generalmente. Que encontramos perversiones en las psicosis, muchas veces cumpliendo una función de estabilización en su estructura, también es un hecho no discutido.
De este modo, en la tríada neurosis, psicosis, perversión, esta última no coincide con el concepto freudiano, es decir, que la perversión como estructura de la sexualidad humana, por ser universal, es un concepto que se aplica tanto a la neurosis, como a la psicosis y a la perversión. Pero tampoco consiste en el concepto de Krafft-Ebing ya que, en este sentido, como conductas desviadas, hay perversiones en los neuróticos, hay perversiones en los psicóticos y, debemos agregar, hay perversiones en los perversos. Aquí se ve bien que el concepto lacaniano de perversión como una modalidad subjetiva no se confunde con los anteriores.
Se requiere, entonces, construir una distinción entre el sujeto perverso, el neurótico y el psicótico que vaya más allá de la psiquiatría clásica y del psicoanálisis de Freud. Esta caracterización es obtenida por Lacan tardíamente en el desarrollo de su obra, después de la construcción de la teoría del objeto (a), y se despliega en distintos registros. Ante todo en una forma particular de relación con el otro -tanto el otro, semejante, como el Otro. Implica, por cierto, una forma particular del superyó, ya que esta instancia no es, desde que Freud la definió, sino la internalización de la relación con el Otro. Pero implica, sobre todo, un manejo de la angustia -la habilidad para encontrar y activar en el otro los puntos que despiertan su angustia-, y una posición ante el goce que se caracteriza por el deseo y la voluntad de hacer gozar al otro (Otro) más allá del límite de sus deseos reconocidos, es decir, traspasando la inhibición de sus represiones inconscientes. El perverso es como un hombre de fe, un cruzado, llega a decir Lacan: cree fervientemente en el goce del Otro y se dedica con ahínco a producirlo.
Es este tercer concepto de perversión, como estructura subjetiva, el que, al generalizarse más allá de las prácticas de la sexualidad, puede constituir una contribución del psicoanálisis al conocimiento de las psicopatías.
Notas al pie:
1 Conferencia presentada en el 8º Congreso Internacional de Psiquiatría organizado por la Asociación Argentina de Psiquiatras, miércoles 24 de octubre de 2001, Buenos Aires. Mesa Redonda: “Temas de Psicopatía”.
2 Profesor titular Segunda Cátedra de Psicopatología Facultad de Psicología UBA.
3 Freud, S. (1905) “Tres ensayos sobre una teoría sexual”.
4 Idem.
5 Lacan, J. (1958) “La significación del falo”, Escritos, 2, Siglo XXI, México, 1984.

