El tema de este texto alude a la superposición de dos órdenes de saber cuya lógica es bien diferente. No se tratará, por lo tanto, de negar la pertinencia del saber de las ciencias médicas por las vías de un totalizador saber psicoanalítico, sino de destacar las interferencias epistémicas y las resistencias que esta intersección tensionante y conflictiva produce, respecto de tres cuestiones que resultan fundamentales para considerar. Estas son: 1. El diagnóstico y su psiquiatrización; 2. “Cuando la medicación toma la palabra” y 3. La presentación de enfermos, también llamada presentación de pacientes. Atraviesa estas cuestiones una pregunta: la concerniente a la ética que como analistas nos concierne.
14-10-2008 - Por José Grandinetti
Fuente: http://www.elsigma.com/
Aclaremos de entrada que el tema de esta conferencia alude a la superposición de dos órdenes de saber, cuya lógica es bien diferente.
No se tratará, por lo tanto, de negar la pertinencia del saber de las ciencias médicas por las vías de un totalizador saber psicoanalítico, sino de destacar las interferencias epistémicas y las resistencias que esta intersección tensionante y conflictiva produce.
A tal punto se refiere a esta negación —que implica el desconocimiento sistemático de la producción de verdades propias a cada “orden ficcional”— que también podríamos referirnos (y en parte lo haremos) a esa posición que caracteriza a cierto idealismo psicologista post-freudiano, que el sociólogo Robert Castell denominó “psicoanalismo”. Dejemos en claro, entonces, que esta posición dominante, si bien no participa de su lógica interna —esto es su ética— también puede provenir del psicoanálisis. Imaginarización del psicoanálisis que Freud denominó “visión del mundo”, y que puede pretender introducirse, en tanto Amo, tendenciosamente en otros saberes. Ahora sí, respecto del tema que nos convoca podemos decir que, si bien el camino a la medicalización del psicoanálisis está plagado de supuestas buenas intenciones, nos referiremos en esta oportunidad a tres cuestiones que creemos fundamentales para considerar. Estas son:
1. El diagnóstico y su psiquiatrización
2. “Cuando la medicación toma la palabra” y
3. La presentación de enfermos, también llamada presentación de pacientes.
Por supuesto que la referencia a la medicalización no elude otras formas de envenenamiento, tales como las supuestas supervisiones transformadas en interconsultas, o las relaciones entre analistas no mediadas por el texto del paciente, en ateneos médicos. Vuelvo a subrayar que no se trata de eludir las interconsultas o la participación en ateneos, sino de la tergiversación de un dispositivo por otro. Se trata de dispositivos tal como los define no sólo el psicoanálisis, sino también Foucault, esto es: una red que puede establecerse entre lo dicho y lo no dicho, estrategias de relaciones de fuerzas soportando tipos de saber y soportados por ellas.
1. El diagnóstico y su psiquiatrización en psicoanálisis
La historia del psicoanálisis ilustra maravillosamente bien los diferentes puntos de vista que este término “diagnóstico”, proveniente del campo del saber médico, ha tenido y sigue teniendo en el territorio psicoanalítico. Recordemos que para Sigmund Freud el diagnóstico no sólo estaba destinado a preservar al psicoanálisis de una extensión clínica desmedida, que anulase su eficacia (no analizar a “tontas y a locas”), sino que tenía además (y en esto radica a mi entender su fundamento) fuertes implicancias lógicas.
Si bien Freud limitó su praxis a la “atención” de neuróticos, no estableció por ello este límite para el ejercicio del psicoanálisis. Los avances de sus discípulos en lo referente a la aplicación del psicoanálisis —al tratamiento de niños, a los psicóticos y a las afecciones psicosomáticas— contaron con su aval, y fueron seguidos por él con especial interés, como se puede situar en la correspondencia Jung-Freud. Otro tanto podríamos decir respecto del psicoanálisis y la educación (correspondencia Freud-Pfister) y la del psicoanálisis con niños y adolescentes. El apoyo que Freud dio para la constitución de lugares de atención, no sólo de las neurosis, sino del agregado de la pobreza y el desamparo, se refleja en sus comentarios respecto del trabajo de Anton Von Freund, S. Ferenczi y Max Eitingon, por citar a los más destacados.
Cuando decimos que el diagnóstico está en Freud estrechamente vinculado a la lógica psicoanalítica, nos referimos al valor que éste adquiere ligado al concepto de transferencia. Desde una perspectiva freudiano-lacaniana, el diagnóstico de la estructura sólo es posible, analíticamente, si consideramos su articulación con la transferencia. De la transferencia resultará la puesta en acto de la estructura. De allí que hablar de un diagnóstico de estructura, implique necesaria y solidariamente el concepto de transferencia.
En tanto analistas, no podemos dejar de considerar, tal como proponía Freud en contraposición a la psiquiatría, las variaciones diagnósticas que se producen a partir de la intervención analítica.
En algunos pasajes de la correspondencia que Freud mantuviera con O. Pfister, se destaca su preocupación por el diagnóstico, pero, claro está, desde una nueva perspectiva —me refiero a la psicoanalítica— que le llevará a decir que tiene que dejar el problema médico del diagnóstico para dirigirse al material vivo de la transferencia.
Ese abandono de la posición médica, no sólo respecto del diagnóstico-pronóstico, sino también en la apreciación de las inhibiciones, los síntomas o la angustia, implica de parte de Freud, el reconocimiento de una incompatibilidad epistémica entre el determinismo causa-efecto propio de las ciencias biológicas y médicas, y el concepto de causalidad psíquica. Este determinismo causa-efecto que anida “pertinentemente” en las ciencias biológicas, cuando se infiltra en el psicoanálisis escamotea, no sólo el concepto de causalidad psíquica, sino que desatiende además la influencia de otros factores que concurren en las producciones de sentido.
El rechazo a la transferencia y su exclusión de las “consideraciones diagnósticas”, es sin duda un velado rechazo al psicoanálisis, que suele conducir a un ejercicio clasificatorio que puede resultar fructífero en el campo del saber médico, pero insuficiente y riesgoso en la práctica del psicoanálisis. Este horror a la transferencia por parte de algunos analistas debería hacernos pensar los efectos que éste acarrea a la hora de hablar de las “actualizaciones psicoanalíticas” [*]. Dicho de otra manera: eso que llamamos ejercicio diagnóstico más acá de la transferencia, y en el que suelen entretenerse algunos “psicoanalistas” me parece la expresión más cabal de una ramificación encubierta de la primitiva hostilidad y repugnancia al psicoanálisis. No se trata, entonces, de una calificación del diagnóstico como una suerte de hobby, tal como por otra parte lo expresaban algunas corrientes antipsiquiátricas, disfrazadas analíticamente. Nada de eso. Al decir que el diagnóstico puede resultar un entretenimiento fatuo, me refiero al hecho de no considerar el “factor analista” que entra en juego en toda puesta en acto de la estructura.
Este factor es incluido por Freud a tal punto que sus consideraciones acerca del diagnóstico aparecen siempre ligadas a aquello que ocurre en el terreno de la transferencia. En la correspondencia de Freud con Jung y con Pfister se señala ampliamente esta cuestión. Otro tanto podemos decir de los primeros “Estudios sobre la histeria”, os llamados “Escritos técnicos” y el “Psicoanálisis profano”.
Por lo tanto, más allá de las prevalencias de un determinado “diagnóstico”, resulta insoslayable situar las condiciones que posibilitan un ordenamiento de la estructura en transferencia. Ese ordenamiento no concluye estrictamente en las denominadas entrevistas preliminares, llevando a Freud a considerar, por lo tanto, un tiempo analítico de prueba.
En la práctica analítica, no se trata solamente de obsesivos, histéricas, paranoicos, esquizofrénicos, etc. Aprendimos que cada caso se refiere a una dimensión sumamente singular, sin la cual es ineficiente pensar qué orden de verdad engendra nuestra praxis. No se trata, entonces, de suponer una relación causa-efecto con la verdad, ya que ésta por definición resulta compleja, es decir que se obtiene a partir de una labor discursiva que implica a la pareja analista-analizante, a partir de la cual —y bajo transferencia— el enigma cede su cifra, su letra. A diferencia de las verdades místicas, que en tanto misterios se develan, la verdad en tanto enigma se descifra atendiendo a su lógica interna. La verdad del inconsciente, entonces, no se impone como una profundidad inefable. Ella es verdad porque se produce según la Ley de la Verdad en una estructura de lenguaje.
La articulación del lenguaje basta según Lacan para darle su vehículo. No hay necesidad de haber atravesado guerras para saber que una verdad censurada, violentada, perseguida, se deja decir y conocer, y se la puede decir diciendo cualquier cosa. De lo contrario, ¿de qué serviría la denominada “regla fundamental”, que invita a ese “dejarse hablar”, en una asociación, que sabemos no es tan libre, si no se dispusiese, como Freud lo hizo, de una organización ficcional para la expresión palabrera de la verdad?
Esa invitación a dejarse hablar, a producir un saber —que, llegado un punto, en el discurso del analista es situado en relación con el lugar de la verdad— dice no sólo del carácter huidizo de la verdad, sino también que a ésta no se la tolera del todo bien. Freud, en ese texto del final de sus días que es Moisés y la religión monoteísta (1938) nos recuerda que “en general, el intelecto humano, no ha demostrado tener una intuición muy fina para la verdad, ni la mente humana ha mostrado una particular tendencia a aceptarla. Más bien, por el contrario, hemos comprobado siempre que nuestro intelecto yerra muy fácilmente, sin que lo sospechemos siquiera y que nada es creído con tal facilidad como lo que sin consideración alguna por la verdad viene al encuentro de nuestras ilusiones y de nuestros deseos”.
Esta posición ética permite que puedan relevarse los términos que constituyen determinadas posiciones del ser (estructuras “psicopatológicas”). Estoy queriendo decir entonces, que, en tanto analistas, sostenemos la importancia en el diagnóstico de la posición subjetiva y sus vicisitudes fantasmáticas. Se trata de un diagnóstico de los términos que constituyen la estructura y de los modos particulares en que ellos operan en cada paciente y con cada analista.
Lacan, siguiendo esta tradición freudiana, nos propone averiguar el punto y el momento en los que el analista interviene, no en tanto persona, se entiende, sino como término del inconsciente. El analista ocupa un lugar en el “cuadro”, forma parte del diagnóstico de estructura en transferencia.
Considero que, a partir de esta posición planteada por Lacan, el psicoanálisis tiene la oportunidad, tal vez única en su historia, de arribar a una formulación del diagnóstico que sea pertinente a su campo. No creo que esto resulte sencillo. En principio, uno de los factores resistenciales más importantes se halla en un segmento de la comunidad analítica. No está de más aclarar que esto no implica ni el aislamiento, ni mucho menos el desconocimiento de otras teorías. Eso sí, no creo que se pueda intercambiar con otras regiones del saber si se incorporan conceptos sin el ajuste y la evaluación lógica correspondiente a cada disciplina.
En tanto analistas, nos interesa la prevalencia de la ética psicoanalítica en cualquier consideración clínica. El diagnóstico, cuando de psicoanálisis se trata, no puede quedar fuera de la lógica analítica. De allí que Freud destacara la posibilidad diagnóstica que ofrecen algunos sueños.
De algo podemos estar seguros: si el diagnóstico no es considerado dentro de la lógica analítica por parte del analista, éste —el analista— se queda sin lógica, sin ética, moralizado, seguramente, por algún otro saber extra-analítico. Sospecho que este tipo de “práctica psicoanalítica” que padece de ese profundo horror a la transferencia, contribuye al ejercicio de la “psicocracia” y no a la formación analítica.
Subrayemos, respecto de este punto, que la formación analítica requiere del ejercicio de un pensamiento crítico. Sabemos que la institucionalización del pensamiento en tanto instrumento al servicio del congelamiento dogmático de las ideas no favorece, más bien, clausura, ligando saber y poder al servicio de las infaltables suficiencias.
De esta “formación” podríamos reiterar algo que dijimos en alguna oportunidad respecto de la enseñanza en psicoanálisis, esto es, que si bien implica una cierta disciplina, un cierto régimen, no se refiere por ello ni a la suficiencia, ni a la beatitud que se aloja en el discurso universitario, tan resistente (por su propia estructura) al discurso analítico. Que en la tradición institucional de la Asociación Psicoanalítica Internacional, el discurso universitario consista en el llamado análisis didáctico, no implica que lo didáctico-profesoral deje de instalarse en el ámbito lacaniano.
Sin desconocer lo didáctico propio a cada análisis “personal”, diremos que esa suerte de “psicoanálisis universitario”, está destinado a producir “sujetos barrados” por un saber de autor, que sitúa al analista en formación como objeto de ese saber-poder. Su resultado será, entonces, la fabricación de analistas calcados de un saber-catedrático referencial que rechaza olímpicamente la castración.
¿Podrá acaso sostenerse analíticamente la falaz e imaginaria concepción que divide tajantemente enseñanza y transmisión, dejando fuera la enseñanza si se trata de la transmisión, o la transmisión cuando se trata de la enseñanza?
Creo que suponer la enseñanza desligada de la transmisión situaría al psicoanálisis del lado de la pseudociencia, y considerar la transmisión desarticulada de la enseñanza, del lado de la mística o la religión.
Digamos que una enseñanza en la que no se juegue el deseo del analista, descompletándola vía transmisión, se convertiría seguramente en un acopio de conceptos resistentes a la praxis analítica. Praxis que sin lugar a dudas entendemos como un modo de tratar lo real a través de lo simbólico.
No existen en la obra de Freud, ni mucho menos en la de Lacan, referencias al diagnóstico fuera de las modalizaciones vitales que imprime la transferencia. La “medicalización” y la “psicologización” del diagnóstico implicarán, entonces, no sólo un rechazo a la transferencia, sino también la alteración de los conceptos de inconsciente, repetición y pulsión que se articulan a ella.
Muchas veces la transferencia es confundida con la sugestión y el dominio, siendo utilizada como una forma de moralización por parte del analista. Ciertos modos de considerar el acting-out así lo demuestran. Hay allí intentos de moralización, que por las vías de la prohibición, impiden mucho más de lo que crean, modos peyorativos y prejuiciosos que “codifican” la conducta de un sujeto, de acuerdo a la “microcultura analítica” del psicoanalista, descuidando así, en pos de un ideal de salud y de dominio, los intentos de manifestar “un decir”, aun en los límites del infierno.
El inconsciente termina siendo un mal del que habría que liberar al paciente en nombre de una conciencia (la del analista) que parece presentarse como garantía y aval de una racionalidad “de clase”, que manifiesta sutilmente el rechazo a los diferentes modos en los que singular y socialmente puede expresarse la racionalidad. Una suerte de colonización del inconsciente que suelda saber y verdad.
A la repetición, insistencia que no deja de confrontar al sujeto con la producción de sus verdades, se la trata como a una reiteración molesta a la que es necesario acallar, silenciar, o en cierta jerga lacaniosa: acotar. Ese acotamiento imaginario del goce parece corresponder de manera aggiornada al viejo deseo del Amo de estar por encima.
Esta ideologización de la repetición prepara, junto con la tergiversación del concepto de pulsión, subsumido a una suerte de energía cuasi-mística, cuasi-orgánica, intervenciones farmacológicas que reducen al sujeto del inconsciente a un objeto de farmacopea “dinámica”. Hace algunos años no faltó quien, en nombre de Freud y de la esperanza científica, dijese que “la psicofarmacología, vista a la luz del psicoanálisis se aparece más allá como la otra vertiente del paciente [...]. Dicha vertiente es por supuesto el campo de la biología, el cual en psicoanálisis está representado por los instintos”. Se arriba así a un concepto de instinto y de energía que parecen quedar por fuera de la metapsicología freudiana, para concluir diciendo que el psicofármaco actúa, ante todo, sobre la moción instintiva perturbada. ¡Qué cerca podemos estar los psicoanalistas de esos ingenieros de la conducta que tan bien describía La Naranja Mecánica!.
Digamos que así como no todo trastorno del viviente-hablante que somos encuentra su expresión última en la lógica del significante, o en las representaciones inconscientes tal como lo postulaban algunas almas bellas del psicologismo post-freudiano, mentores del psicoanalismo, tampoco existe un correlato directo y biunívoco entre el S.N.C. y nuestro aparato psíquico. Este parece ser un esfuerzo (me refiero al de estrecharlo) que periódicamente intentan los neo-positivistas, para asociar más y mejor al psicoanálisis con la farmacología. Volvamos a decir que esto no implica el desconocimiento de una práctica racional de la psicofarmacología. Estamos queriendo alertar acerca de una tendencia a farmacolizar la clínica psicoanalítica, que prepara su entrada por diferentes vías.
Otro de los posibles modos del retorno de la medicalización psiquiátrica en el psicoanálisis, su soporte ideológico-técnico, se encuentra en el intento de globalización de los diagnósticos a través de la CIE 9/10 o del DSM-IV. Hay en juego un intento de borramiento de las diferencias culturales y sociales, y un aplastamiento y apropiación de la singularidad subjetiva, esto es, de los peculiares modos de producción de la trama de verdades, que por las vías del síntoma intentan en cada caso abrirse camino.
Ese aplastamiento y esa apropiación se sostienen en la confusión de una práctica diagnóstico-positiva, la médica, con la evaluación subjetiva inherente a la práctica psicoanalítica. Dicha confusión suele acrecentarse y legitimarse a través de la demanda jurídica, e implica hacer valer una categorización diagnóstico-instrumental concluyentemente taxonómica por sobre la categorización de la realidad psíquica, abierta y no concluyente. Este es en otro sentido del “grado de libertad” (aunque sea poco) de la realidad subjetiva.
La lógica nosográfica arrasa con la estructuración subjetiva del deseo, respondiendo cada vez más a la ilusión disciplinaria instaurada en el siglo XIX a partir de la cópula psiquiatría-orden jurídico, de la que derivan las construcciones normativo-nosográficas o, dicho de otro modo, aquello que se considera salud o enfermedad mental.
Este engendramiento se revela magistralmente en los manuales diagnósticos a los que hicimos referencia. Éstos dejan de lado el problema de la causalidad psíquica —que por supuesto, en tanto realidad discursiva, no puede más que ser social—, subsumiendo el problema del sufrimiento psíquico o la llamada enfermedad mental a una cuestión etiológica, que —se lo declare o no—, resulta ser siempre biológica. Entreténganse en las consideraciones de los prospectos psicofarmacológicos y apreciarán una tendencia monista que da por concluida la tensión cuerpo-mente, a favor de un organismo adaptable a la sociedad que se desea combinar.
Insisto, entonces, en que como analistas no es cuestión de estar a favor o en contra de las propuestas que cada vez más la globalización capitalista genera en los ámbitos de la salud mental, sino de introducir las preguntas en las que se asienta su “razón de ser”, no siempre clara respecto de cierto afán por comprender y generalizar.
La globalización —sospecho— es signo, y como todo signo, seguidista, gregario, masificador, riesgosamente aplastante, ya que tiene el poder conferido por la lengua de ser esencialmente excluyente, clasificante, inevitablemente encasillador. Los citados DSM, las CIE, los CIDI, los SCAN y los IPDE, a los que siempre se agregan micro-variaciones locales, expresan, junto con sus normativas versiones de la anorexia-bulimia, las toxicodependencias, los violentos y las víctimas, los débiles mentales y los psicópatas, los inteligentes y los tarados, los altos y los bajos, los blancos y los negros, la conformación del “Gran Estado Totalitarista Nominalista” que prepara este siglo, una realidad que devendrá del acuerdo de los Amos y del silenciamiento del deseo.
El convencionalismo pro-psicofarmacológico está destinado a sellar, con su entendida clasificación, toda producción que implique el reconocimiento del sujeto deseante. La proliferación de los significantes Amos determina la posición de objeto, consumible y listo para tirar, propia del discurso capitalista. Se multiplican prescripciones enmascaradas de descripciones y justificaciones ideológicas disfrazadas de explicaciones pseudocientíficas. “Un único discurso para todos y todos para un único discurso”, será la consigna.
Sabemos que en cada clasificación duerme el monstruo de un estereotipo, el defensor de un arrastre, de una inercia que demanda cuerpos e instituciones masificantes para su instauración. No podemos dejar de recordar aquí que el armado perverso manicomial es ilustrativo de tal instauración.
La búsqueda de legitimación obliga las más de las veces a las instituciones asistenciales y a los psicoanalistas que trabajan en ellas a “solventar” con su ejercicio, una mecánica asentada en fórmulas reparadoras y adaptacionistas, que escamotean los estragos que ese discurso capitalista produce.
Corremos cada vez más el riesgo de contribuir a la instauración de modalidades que instituyen, con sus nunca faltantes excusas “científicas” o pragmáticas, el repudio a la singularidad del sujeto del inconsciente, junto con las praxis sociales que favorecen la “emergencia-portavoz” de esa singularidad. La labor clínica del psicoanalista no está exenta, por lo tanto, de inscribirse en un sistema médico-administrativo que participa de la alienación social y de la voracidad económica.
En tanto analistas —psicoanálisis obliga— no podemos menos que propiciar con nuestra labor instituciones de asistencia pública capaces de sostener, en el caso por caso, las grandes preguntas que cada paciente encarna y recorre de manera singular, instituciones de salud mental capaces de asistir a las pulsaciones angustiantes del sujeto, cuidándose de utilizar la organización como mera resistencia, burocrática sordera, instituciones (y en esto venimos insistiendo) tendientes a la donación, al dispendio del saber, y un ejercicio de la palabra, cuya experiencia —me refiero a la experiencia trascendental de la invitación a hablar— favorezca la circulación de los asuntos del amor, del deseo, de la locura y de la muerte. Considero que esta sería una de las formas de subvertir la ambición totalizadora del saber. Dispensarlo, donarlo, soportando las tensiones de algo que podemos llamar “lógicas en conflicto”.
Lacan nos recordaba que el inconsciente no sólo le parecía extremadamente particularizado —más todavía que variado— de un sujeto a otro, sino cada vez más astuto y espiritual, porque es justamente a partir de él que la agudeza adquiere sus dimensiones y su estructura. Querría retomar una de las preguntas que Lacan nos dejara en esa su intervención del 16 de febrero de 1966 en el Colegio de Medicina de Francia y hacerla extensiva a los integrantes del así llamado “equipo de salud”: “¿Cómo responderán a las exigencias que muy rápidamente confluirán con las exigencias de productividad? Pues si la salud se vuelve objeto de una Organización Mundial, se tratará de saber en qué medida es productiva. ¿Qué podrán oponer a los imperativos que los convertirán en los empleados de esa empresa universal de la productividad?”
Los imperativos de esa empresa universal de la productividad han dado texto a la moral capitalista, a tal punto que —como acertadamente lo planteara Lacan— “una parte del mundo está orientada resueltamente en el servicio de los bienes, rechazando todo lo que concierne a la relación del hombre con el deseo”.
El discurso capitalista, tal como lo intuyó Ferenczi, asienta sus posaderas en el control y la voluntad de dominio. Ese discurso (ya lo hemos dicho) no quiere saber nada de las cuestiones del amor (esto es, de la castración) y del goce femenino, en el sentido de la forclusión. Es un discurso caracterizado por la industrialización del deseo y la fabricación de un ideal global.
No se trata solamente de la devastación de la historia singular: el intento es ahora el de la construcción de una “historia” de confección que todos podamos usar. La muerte de las ideologías, el fin de la historia, las teorizaciones, o mejor dicho, las racionalizaciones propias a la apatía postmoderna, funcionan como leyendas de marketing de este gran negocio post-cultural, transformado en la nueva verdad. Un nuevo orden que ya no responderá a las peticiones de justicia social, equidad y democracia en respeto de la singularidad, sino que estará caracterizado, tal como lo denomina Chomsky, por la nueva Era Imperial, orquestada por los ejecutivos del FMI y del Banco Mundial.
Escribe Chomsky, en su trabajo Política y cultura a finales del Siglo XX, que “los individuos deben estar solos, enfrentándose al poder centralizado y a los sistemas de información de forma asilada para que no puedan participar de ningún modo significativo en la administración de los asuntos públicos. El ideal es que cada individuo sea un receptor aislado de propaganda, sólo frente la televisor, desvalido ante dos fuerzas externas y hostiles: el Gobierno y el Sector Privado, con su derecho sagrado a decidir el carácter básico de la vida social”.
Un gobierno mundial de facto ofrecido como Otro especular. Un aparato cuya única función será la de vaciar a los hechos de todo contenido histórico, tanto social como singular. Una psicología para las masas a la que no le faltará un psicoanálisis del Yo.
Tal vez sea éste (tal como ocurrió en otros momentos de la historia de las ideas) un momento privilegiado en lo referente al compromiso con una labor que permita en cada territorio del saber situar lo falso, lo banal y todo intento de taponamiento que imaginarice lo real.
¿Qué podrá oponerse entonces a esos imperativos superyoicos de la moral capitalista? Si bien los psicoanalistas no tenemos necesariamente la receta, podemos oponer a esos imperativos una política del síntoma, entendida como ya lo hemos dicho, como verdad que se abre camino a través de los diferentes encubrimientos que se fabrican en nuestra contemporaneidad. Somos absolutamente responsables de nuestra participación o no, en las cuestiones que hacen a las políticas que intentan responder de diferentes maneras al plus de goce que el discurso capitalista y sus modos de producción de sentido agregan al malestar estructural. Como alguna vez lo dijimos, no vemos a partir de qué razones los psicoanalistas deberíamos excluirnos de ese campo de intercambios intertextual. La apatía, la náusea por la política o el desinterés por la cosa pública, no provienen necesariamente del temor a que el psicoanálisis se constituya en una visión única del mundo, a menos que se tema incurrir en ella, por la ingenua creencia de que esto fuera posible. No se trata entonces de evitar aquello de lo que por estructura el psicoanálisis está privado, sino de poner en funcionamiento los modos de interrogación propios de su campo.
Esa indiferencia en materia política, que desde ya concierne a los psicoanalistas y a sus agrupaciones, puede —tal como lo subraya Daniel Sibony— “ser proferida en silencio, por capas sociales enteras y en momentos de la historia en que ese «no me vengan con historias» adquiere la resonancia de una sentencia de muerte, el fascismo por ejemplo; la pulsión de muerte que deja de latir, que cesa de luchar para firmar la sentencia y la rendición” o —tal como lo plantea Croce en su Náusea por la política— podríamos decir que de esa rendición proviene la “continua negación de la política, peculiar de dicho estado de ánimo, pues la política es la mayor y más notoria manifestación de la lucha humana [...]. Está directamente opuesta al ideal de la paz, del reposo y la tranquilidad”. Una suerte diríamos, de oposición entre política y nirvana.
El discurso del poder goza de esa indiferencia en materia política, la multiplica como síntoma, es su fuerza activa. Y el plus de goce que extrae de ella se mercantiliza en plus de poder. Los Amos engordan haciendo política y los esclavos disfrutan viendo comer.
El psicoanálisis se ocupa (tal como dice Sibony), de la “producción del deseo y sus intersecciones; ejerce necesariamente una impronta sobre lo político y lo histórico. Verdad evidente e inútil, pues nada indica que los psicoanalistas tengan la menor conciencia de tal impronta. Ocurre que en tanto hay psicoanalistas que delimitan su propiedad y su reino, el objeto psicoanalítico, en cambio, es radicalmente impropio, instituido, reacio [...]. Si se consideran por ejemplo, conceptos como el de transferencia, inconsciente, repetición, pulsión, objeto a, Otro [...], se los ve operando en todas partes donde haya Supuesto Saber, de la palabra, de lo sexual, de la Ley, etc.; es decir en la familia, en la institución, en una muchedumbre, una manifestación, una fábrica”.
De poco sirve, entonces, el atrincheramiento o la búsqueda de pureza en la que, imaginarizando lo imaginario, algunos analistas se precipitan. La neutralidad respecto de lo político resulta de un modo ideológico de articular lo imaginario y de imaginarizar lo político. Una tal actitud anestesia los movimientos de la historia y si políticamente es bien pobre, lo es aun más analíticamente.
2. Cuando la medicación toma la palabra
Vale la pena insistir en algo que comentábamos al comienzo: no se trata de oponerse imaginariamente a los aportes que desde la mitad del siglo XX caracterizan a la psicofarmacología, sino de considerar su prescripción racional, en situaciones en las que la palabra del sujeto corre el riesgo de agonizar en su función.
Para ello es menester no ceder frente a manifestaciones fenoménicas, que suelen confundir momentos críticos en la vida de un sujeto con cuestiones de estructura que requerirían de otras estrategias, que de todos modos no tienen por qué enchalecar las expresiones subjetivas.
Muchas veces el analista se precipita, por diferentes razones, en la búsqueda de remedios que, como suele decirse popularmente, son peores que la enfermedad. Y cuando es el analista —médico de profesión— quien los prescribe, puede ocurrir que sirva de coartada a su propia resistencia, frente a la angustia del paciente que, al no ser tolerada por el analista, impide una estrategia y una política. Incluir su dosificación en transferencia implica direccionarla al servicio de la construcción de un síntoma bajo transferencia.
Desde ya que esto no impide que en esa labor de restarle certeza a la angustia intervenga en situaciones muy puntuales el uso de algún psicofármaco, para restar sufrimiento y no para impedir esa labor. Otro tanto podría decirse de la tristeza y del dolor que implican el trabajo del duelo. En esto suele aparecer cierta compulsividad a silenciar por la vía exclusiva del fármaco aquello que de angustia, dolor y tristeza pueda habitar en la existencia del sujeto.
Esta consideración ética, que no deja de ser lógica, se refiere también al delirio, que el psicoanálisis entiende, a partir de Freud, como un trabajo de restitución simbólica que no carece de un tiempo de confusión y sufrimiento que, en pos de la obtención de un delirio de calidad metafórica, puede requerir de la ayuda farmacológica. Pero —repitámoslo una vez más— la intervención de esa sustancia estará destinada a favorecer las condiciones de posibilidad que implican esa labor de rearticulación simbólica, en tanto y en cuanto consideremos el delirio como uno de los caminos de la verdad del sujeto.
El problema —también lo hemos dicho— es que, en nombre de la ciencia y a partir de allí, destacando supuestos descubrimientos (cada día aparece algo nuevo), se rechaza al sujeto en sus diversos atravesamientos. Forclusión no sólo del sujeto del inconsciente, sino rechazo sistemático de todas sus determinaciones y condicionamientos: sociales, económicos, políticos.
Ese reduccionismo biologista se apoya brutalmente en un empirismo avalado por estadísticas que confunden y agrupan fenómenos al servicio de las ofertas mercantilistas. Sus clasificaciones, como hemos visto, son producto de un acuerdo que somete al espíritu científico a los intereses del discurso capitalista en su faz feroz y liberal, marcando la dominancia del viejo utilitarismo (Bentham), actualizado en un cinismo que cada día más se monta en el dios oscuro de los medios de comunicación. Subterfugios éstos de una “razón” sospechosamente científica que sanciona taxonómicamente la emergencia del sujeto, esa suerte de grito, en múltiples categorías que varían de acuerdo a los intereses de venta de los laboratorios multinacionales. Hoy por ejemplo, es el llamado Trastorno Bipolar el que domina.
Estas suturas, estos taponamientos niegan el sentido de queja, de denuncia y, ante la incapacidad y el desinterés cada vez mayor por “leer” en esos lamentos, en esos sufrimientos, en esas penas, la experiencia íntima del sujeto, se la clasifica y controla en tanto disfunciones propias de la enfermedad.
La sociedad del éxito, o de la excitación canibalística, no soporta la desatención, la distracción que puede implicar esa experiencia íntima. Mejor deberíamos decir: la sociedad del éxito no soporta que se la desoiga en su demanda “de realización”. El uso del metilfenidato (Ritalina) desde la infancia es suficiente muestra de esa voraz demanda superyoica. ¡Atiende, ritalinízate y en nombre de mis intereses haz mi voluntad: sé prozacmente Feliz!
Digamos que poco y nada importa al armado capitalista —en cualquiera de sus formas— el acontecimiento psíquico, ya que se trata de un discurso que nada quiere saber de las cuestiones del amor. Éste sólo se interesa por el nudo social que estrecha cada vez más, temiendo que al desanudarse pierda el sentido, denunciándose así el ahorcamiento individualista, narcisista y canalla que esconde su pretendido “lazo social”.
Antes de pasar al último punto, digamos que por razones de tiempo, no de pertinencia, dejaremos de lado las denuncias que vienen realizándose respecto de la producción de fármacos en general y de psicofármacos en particular, que no dejan de implicar tanto a la psiquiatría como a la psicología, y por supuesto al psicoanálisis. Nobleza obliga, aclarar que no todos los médicos psiquiatras se prestan a esa complacencia mezquina y servil.
3. Presentación de enfermos
Fuera de la repetición por amor (histeria), o por hábito (neurosis obsesiva), en nuestro medio poco y nada se ha dicho a favor de ese armado que en continuidad con la tradición psiquiátrica se ha dado en llamar “presentación de pacientes o de enfermos”. Cuando decimos que poco y nada se dijo a favor de esta modalidad, no nos referimos por supuesto, a las argumentaciones que de alguna manera, y en nombre de la transmisión clínica, sustenta la psiquiatría y sus “ciencias vecinas”. Esta tradición ostensiva ya ha sido puesta entre signos de interrogación por el psicoanálisis, y descalificada —a veces contradictoriamente— por algún sector de la antipsiquiatría.
Digamos que en los últimos veinte años el gesto de Lacan, tal vez ahora convertido en mueca del lacanismo, se reitera (como decíamos al comienzo) especialmente en nuestras instituciones públicas, por amor o por hábito. Destaquemos que estas presentaciones, muchas veces convertidas en puestas en escena circenses, no se reducen a las viejas cátedras de Psiquiatría que habitaban los hospicios.
Hace ya más de dos décadas que esta modalidad manicomial se traslada en nombre del progresismo de algunos “seguidores” de Lacan, a los servicios de Psicopatología de los hospitales generales, tal vez confundiendo el lecho de la clínica médica con el de la escucha psicoanalítica, escucha que la historia del psicoanálisis demostró posible (o si se prefiere, tan imposible como en la neurosis) sin salirse por ello de sus carriles éticos. Señalábamos que poco y nada se ha dicho a favor de este tema, con la salvedad de algún que otro psicoanalista francés, cuyos postulados, nos parece, no alcanzan a logicizar la cuestión desde el territorio analítico.
Hay allí una presentación de razones que nos resuenan más a justificaciones y actualizaciones del aparato de control mental, que caracterizó en especial a la psiquiatría franco-alemana, con el agregado, en nuestro país, de cierto tinte propio de la psiquiatría franquista, una suerte de doblaje al español de lo peor de la psiquiatría germana.
Postulados pretendidamente psicoanalíticos suponen, en esta suerte de actividad mostratoria, el armado de una escena con finalidades analíticas, llegando a plantearse la presencia del público como función tercera. Se niegan así los dispositivos que permanentemente analistas y no analistas crean y recrean para favorecer las condiciones de posibilidad de la instauración de una escena. Ésta, como toda escena en psicoanálisis, se constituye con los tejidos de una enunciación singular que, modalizada o no por la forclusión, pueda poner en acto el orden psíquico. Su puesta en condiciones solicita que, además —si es que efectivamente se realiza desde el psicoanálisis—, se mida el riesgo de una relación enajenante entre el psicótico, el analista o cualquiera de los integrantes del equipo.
Consideramos que la presentación de enfermos no deja de ser —por más analista que sea el presentador— la puesta en orden de una escena psiquiátrica. Pensar que es psicoanálisis porque Lacan lo hizo implica desconocer las vicisitudes de Jacques Lacan respecto de su oficio analítico. Insistimos, no se trata de repetir por amor o por hábito asegurador aquello que Lacan hizo.
Es discutible que ese montaje —y lo nombramos así sabiendo la distancia mínima que puede separarlo del montaje perverso— supla esa Otra escena que ha fracasado en su instauración en la psicosis. Esa falta de Bejahung-Ausstossung (afirmación-expulsión) afirma más bien al auditorio y expulsa al paciente en tanto objeto-deyecto de esa particular práctica.
A quienes consideran que el armado se construye de esa manera, bien podría formulárseles la siguiente pregunta (y no somos los primeros en decirlo): ¿por qué suponer que la suplencia (de esa escena) es efecto de la presentación de enfermos y no que el intento de instituir una escena —como efecto de enunciación— es el trabajo que el analista intenta en la singularidad de cada encuentro, a contrapelo de cualquier tipo de estandarización?
Que la presentación permita en algunos casos que el paciente tome la palabra, no quiere por eso decir que esa toma de palabra se realice como acto de adquisición en lo psíquico. Más bien pensamos que se trata de una suerte de acting-out, cuyo resultado suele implicar un pasaje al acto, entendiéndolo no necesariamente como suicidio, sino como la caída del sujeto y la identificación del paciente presentado (no necesariamente representado) como objeto-escoria de ese discurso.
La presentación de enfermos, al realizarse en conformidad con el discurso psiquiátrico y el orden institucional que lo caracteriza, adolece de las posibilidades de dialectización propias del encuentro del psicótico con las tramas del discurso analítico, que —aclaremos al pasar— no siempre está del lado del analista, pudiendo relevarse en cualquiera de los integrantes del “equipo de salud mental”. De allí que algunos de los dispositivos que tienden a la instauración de las posibilidades dialectizables de la palabra se desarrollen atendiendo críticamente los momentos en los que pueden saturarse de sentido. Puede ocurrir que dispositivos como el Hospital De Día, los talleres, los clubes terapéuticos, las casas de medio camino, las asambleas, etc., queden por momentos sometidos a la impronta del discurso del Amo en alguna de sus configuraciones.
Para concluir, digamos que la escena de la que se trata en la presentación de pacientes es el resultado de una articulación del discurso del Amo con el discurso universitario, donde, si el paciente sube a escena, lo hace parodiando el discurso del profesor de Psiquiatría. ¿Por qué no recordar aquí las presentaciones que algunos pacientes hacían a pedido de las cátedras de Psiquiatría para ilustrar a los alumnos de los primeros años de Medicina?
Sin dejar de considerar, entonces, los riesgos que decíamos pueden valer para otros tipos de dispositivos, ¿cómo no recordar, respecto de ese intento de articulación, la labor que por ejemplo realizan todos los integrantes del llamado Frente de Artistas del Borda, o hace más de tres décadas, la Peña Carlos Gardel, el Club Bonanza, el Club Martín Fierro, o el viejo Servicio Pichon Rivière, por nombrar aquellos en los que tantos analistas nos sentimos desde lo ideológico y desde el psicoanálisis comprometidos?
Antes de dar lugar al diálogo con ustedes, querría insistir en una frase que para mi gusto no pierde vigencia. No es gratuito recordarnos que, de nuestra posición de analistas somos siempre responsables y llamémosle a eso ética donde quieran.
Conferencia presentada en el V Congreso Internacional de Salud Mental de Madres de Plaza de Mayo, Buenos Aires, 18 de noviembre de 2006.
José Grandinetti es psicoanalista, Jefe del Servicio de Atención Psicoanalítica de Crisis, Director Fundador de la Escuela de Psicoanálisis del Hospital José T. Borda, ex-docente de la Facultad de Psicología y de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Realizó tareas de docencia y supervisión en gran parte de las instituciones de salud mental de la Ciudad de Buenos Aires y de la Ciudad de Córdoba. Colabora en la Comisión Científica de los Congresos Internacionales de Salud Mental de la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo. Autor de varios libros en colaboración y artículos en revistas de la especialidad.
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[*] Cf. Jornadas N° 31 de la Escuela de la Causa.
viernes, 16 de julio de 2010
La medicalización del psicoanálisis: su envenenamiento
jueves, 10 de junio de 2010
El relato es el caso
Mario Pujó
Presente de modo manifiesto en los ateneos, las supervisiones, las exposiciones clínicas, la comunicación del caso constituye una práctica habitual entre los psicoanalistas. Es posible fechar su surgimiento en 1895, ocasión de la publicación de los «Estudios sobre la histeria», un año antes de que el propio término de psicoanálisis –«psychanalyse», en francés– fuera forjado.
Resultado visible de una transacción entre las vacilaciones de Breuer y la firme determinación de Freud, el largo siglo transcurrido no hace más que confirmar la trascendencia clínica de aquella comunicación. Y es que el informe fragmentario de esos cuatro tratamientos pone en escena la sorprendente eficacia de la propia palabra de la enferma sobre el levantamiento de sus síntomas, hallándose con ello en el inicio de una nueva praxis discursiva.
Allí donde la prueba irrefutable de la etiología sexual de la neurosis «embaraza» literalmente a Breuer con sus manifestaciones transferenciales, y lo empuja a la huida, Freud ve encenderse su curiosidad. La fundación del psicoanálisis, como todo acto creador, está tomado entre la prisa y la anticipación, en una audacia que llama de entrada al gran público y no sólo al experto como testigo.
Al dar a conocer sus experiencias, Freud estaba guiado por el previsible propósito de informar un descubrimiento, estableciendo un terreno de acción en el que preservar su autoría. Pero en el mismo gesto, excede el ámbito en el que se propone insertarlo al instituir una clínica que supera toda perspectiva médica, delimitando a la vez un campo de intervención y un modo específico de aproximación y abordaje.
En tanto el psicoanálisis no es concebido sólo como un arte terapéutico, y menos aún como una experiencia inefable, sino como un método de investigación al que Freud entiende de entrada inscribir en el campo de la ciencia, su iniciativa es solidaria de la comunicación de las pruebas en que se propone sustentarla.
Y así como Anna O. enseña el método catártico a Breuer, se puede decir que Emmy Von N. descubre el método analítico. Es ella quien reclama poder expresar sus ocurrencias sin limitaciones, dando origen a la regla de la asociación libre. Pero no es a ellas ni a Breuer a quienes podemos atribuir la invención del psicoanálisis, pues ella es impensable por fuera de la divulgación pública de la experiencia en que se realiza. Prueba de ello, los historiadores del freudismo sitúan el nacimiento del psicoanálisis en la fecha de publicación de los «Stüdien ...» y no en la que los tratamientos cuyos informes recopila fueron efectivamente practicados.
Lo que nos conduce a la cuestión que pretendemos acá introducir: un caso no es en psicoanálisis el mero suceder de un experimento que transcurre en la intimidad, protegido por un manto de reserva y confidencia comprometidas entre dos personas. Exige, al contrario, una toma de distancia respecto de esa vivencia y el rompimiento de esa intimidad, requeridos ambos por el ordenamiento de los dichos que constituyen la experiencia, su teorización, su puesta en forma de relato. Éste supone, a su vez, el momento eventual de una lectura o de una escucha que le confiere el valor de un testimonio frente a un tercero virtual, ante quien efectivizar la transmisión de una pregunta, una inquietud, una dificultad, un hallazgo.
De este modo, si la experiencia adquiere el estatuto de caso en su comunicación, la consistencia de éste no es otra que la de un relato, e inclusive, como intentaremos precisar, la resultante de la sumatoria de sus diferentes relatos.
Si no hay caso sin analista y no hay analista sin su caso, si, vía la transferencia, el analista forma parte del caso que relata y, vía la enunciación, es siempre relator de su propio caso, es en el entramado de estas implicaciones recíprocas que instituyen la necesidad de su ocurrencia (sin caso analítico no hay psicoanálisis), como en la imposibilidad de una narración objetiva (el analista no es exterior a su relato) donde se aloja su complejidad. ¿Cómo determinar cuál debe ser su forma apropiada? O más ampliamente, y aceptando la solidaridad que reúne al analista con su caso: ¿Qué es lo que conduce, desde la perspectiva del deseo del analista, y desde la del sostén de su acto, al testimonio de la experiencia? Pregunta que nos gustaría preservar en su estado, manteniendo la hilación de lo que vamos a desarrollar.
La excepción Freud
Los historiales freudianos constituyen, con causa, una referencia ineludible para todo psicoanalista. Su valor ejemplar no reside sin embargo en el carácter de modelo que se les podría atribuir, en función del éxito obtenido. Por el contrario, los detractores del psicoanálisis ven en ellos la manifestación de «una terapia más que incierta, y la expresión de la vocación francamente tautológica de la teoría»1.
Por tentador que pudiera resultar, su importancia tampoco se reduce al valor de enseñanza que porta la magistralidad de sus fracasos. Si es esperable del analista cierta perseverancia advertida capaz de convertir los errores en un factor de aprendizaje, el interés de cada historial freudiano emana del texto que instituye, abierto a una diversidad de lecturas que permite, en primer lugar, dar cuenta de esos éxitos y de esos fracasos. Y más allá de ellos, acompaña la construcción del psicoanálisis, tanto en sus tropiezos prácticos, como en su elaboración teórica, siguiendo las huellas de aquello que permite art icular ambos planos: la progresiva formulación, puesta a punto y regulación del deseo del analista en Freud.
Hay en él, tal como se puede ver operando en las curas cuyo testimonio nos lega, un asumido deseo de saber caracterizable por una explícita voluntad de situarse, de entrada, en el discurso de la ciencia2. Deseo que, si incide de modo práctico en la orientación y el r esultado de cada cura –actuando al modo de una contratransferencia–, se entrelaza al mismo tiempo con las preocupaciones teóricas que regulan, en cada una de ellas, el interés de su publicación.
Como lo señala Octave Mannoni, hay una estrecha vinculación entre el relato de cada historial freudiano y una pregunta teórica, una polémica, que encuentra su expresión en otro texto. Así, el caso Dora –«Sueños e histeria«– continúa la investigación iniciada en la «Interpretación de los sueños», mostrando la utilidad del empleo del análisis de los sueños en la clínica. El hombre de las ratas permite ver al desnudo al discurso inconsciente irrumpiendo en forma de representaciones verbales, constituyendo una puesta en práctica de la «Psico patología de la vida cotidiana«. El caso Hans, íntimamente ligado a la comprobación de la sexualidad infantil, encarna por su parte una suerte de «prueba» concreta de las afirmaciones sostenidas en «Una teoría sexual».
Del mismo modo, el comentario de las «Memorias de un Neurópata» de Daniel Paul Schreber que constituye francamente un curioso «historial», requiere una reformulación de la dinámica libidinal y de sus fijaciones, conduciendo sin más a «Introducción del narcisismo». El hombre de los lobos es fruto del ríspido debate que Freud mantiene con Jung y Adler acerca de la libido y la sexualidad infantil, controversia que afecta la conducción del tratamiento e incide en sus resultados, dando lugar a la promoción teórica de la escena primitiva. El caso de la joven homosexual abre preguntas atinentes al Edipo y a la sexualidad femenina, que textos posteriores como «Algunas consecuencias...» y «La femineidad» intentarán responder 3.
Lo que subraya la idea de que los historiales de Freud no guardan una relación directa con el resultado terapéutico a obtener, ni son presentados por él desde esa perspectiva (no hay ambición terapéutica alguna en el «caso» Schreber, y «Un caso de homosexualidad femenina» es presentado de entrada como un fracaso). La voluntad de inscribir la práctica analítica en el campo de la ciencia y resguardar su pureza y su lógica frente a cualquier extravío, hacen que la preocupación por las cuestiones teóricas sea imposible de deslindar de la «observación»; una observación inseparable no sólo de esas cuestiones teóricas sino de un trabajo de elaboración permanente que constituye el verdadero objeto a «observar». Algo extensivo a las pruebas clínicas en las que Freud entiende apoyar sus afirmaciones. Como lo indica Oscar Masotta, para Freud «la historia del paciente no es un dato de hecho, sino una tarea, una labor de construcciones y reconstrucciones que siguiendo el modelo del historiador y del arqueólogo, incumbe al analista hacer posible» 4.
La generosidad y el detalle de esas exposiciones permite despejar a partir de ellas una verdadera «psicopatología» (la noción de estructura y tipo clínico, la especificidad de la sintomatología), depistar el surgimiento de la transferencia y, más aún, determinar el lugar del analista en la conducción de cada análisis, evidenciando los efectos que éste genera a partir de su posición. En cuanto a lo que desde una perspectiva ulterior pueden ser leídos como errores en la dirección del tratamiento, Freud queda sin duda disculpado: en el momento en que descubría el psicoanálisis, establecía su método, y tropezaba con la emergencia inesperada de las «transferencias», no podría nunca acusárselo de no haberlas conocido por anticipado. Situación de excepción en la cual sus seguidores no podemos ya cobijarnos.
La excepción Lacan
Es notable la singularísima escasez de referencias a la propia clínica que pueden encontrarse en la extensa enseñanza de Lacan. Si se deja de lado el período «prepsicoanalítico» (el caso Marcelle C. –«Ecrits inspirés...» –, el caso Aimée –«De la psychose paranoïaque ...»–, dos casos de mujeres referidos en «De l'impulsion au complexe...») tenemos variadas indicaciones sobre sus presentaciones de enfermos en Sainte-Anne (Seminario III, «Las psicosis», Seminario XXIII, «Le Sinthome»), algunas pocas transcripciones de esas mismas presentaciones y diversas alusiones a sus pacientes como al pasar, dispersas a lo largo de sus escritos y seminarios (el paciente obsesivo de «La dirección de la cura...», la paciente histérica de la lección del 20/3/63, las referencias clínicas de la «Proposition ...»). Enumeración que no pretendiendo ser exhaustiva, deja traslucir de todos modos un arsenal francamente escaso, si se considera lo prolífico de sus muchas y extensas intervenciones.
Como escribe Carlos Faig, agudo polemista del psicoanálisis, es remarcable que en el seminario XV dedicado al «Acto psicoanalítico», y que apunta por tanto al aspecto más nodal de la experiencia, no haya un sólo ejemplo clínico, ninguna ilustración. Como tampoco la tendrán los seminarios siguientes5.
En contrapartida, son más que abundantes las referencias a las intervenciones de otros psicoanalistas. En primer lugar, por supuesto, los historiales de Freud, retomados numerosas veces y acentuando cada vez una perspectiva diferente. Y también, las menciones no forzosamente críticas a casos de Anna Freud, Melanie Klein, Donald Winnicot, Michel Balint, Joseph Hasler, Ida Macalpine, Hans Sachs, Melitta Schmideberg, Ella Sharpe, Edward Glover, Ruth Lebovici, Tomas Szasz, Barbara Low, Margaret Little, Lucy Tower, Rosine Lefort, –la lista es sin duda incompleta.
Una consideración aparte merece el caso de Ernst Kris, al que los sucesivos comentarios de Lacan han inmortalizado como El hombre de los sesos frescos. Su insistente retoma adquiere un valor ejemplar, constituyéndose para varios de sus seguidores en un paradigma de «fabricación» de un caso 6.
En contraposición con la exigüidad de los ejemplos extraídos de su propia práctica, hay en Lacan una decidida inclinación por las obras literarias, cuya lectura e interpretación ocupa con creces el lugar de la ejemplificación faltante. Así, la transferencia encuentra el modelo de su formulación en el diálogo platónico sobre el amor, la ética del psicoanálisis reconoce su medida en la acción trágica de los héroes de Sófocles, y los extensos desarrollos dedicados a Hamlet logran convertir la pieza de Shakespeare en un acabado caso clínico.
Si con esto Lacan prosigue una tradición inaugurada por Freud (el mismo Hamlet, «La gradiva» de Jensen), pone de relieve también que el carácter clínico que adquiere una narración no reside en su capacidad de remitir a una realidad efectiva. Puede haber caso sin que haya habido cura, porque la clínica consiste en cierta puntuación y ordenamiento de los elementos de un relato; desde esa perspectiva, poco interesa que el relato cuya inteligibilidad se intenta, pertenezca a la ficción. Importa sí la lógica que se despeja a partir del texto, al que la lectura confiere un rigor y una racionalidad que la glosa debe hacer aparecer a la luz.
La ausencia de una exposición ordenada de la clínica del propio Lacan deja en cualquier caso un vacío que estimula la curiosidad del lector, explicando el éxito editorial que suele acompañar la publicación de las narraciones autobiográficas de los análisis proseguidos con él. Asimismo, la infructuosa tentativa de ubicar sus presentaciones de enfermos en el lugar que ocupa el historial freudiano, enfrenta tantas dificultades que resulta en cierto modo insostenible. A lo sumo, puede aceptarse el valor de transmisión que encuadra este dispositivo, como su capacidad para producir paradigmas clínicos que trascienden su estricta ocurrencia, localizada y limitada en el tiempo 7. Como es también cierto que el carácter de entrevista que Lacan confiere a sus presentaciones las instituye como una práctica de la palabra y las aleja de la rutinaria mostración psiquiátrica 8. Pero una entrevista no se equipara a un análisis completo, y su transcurso público no podría sustituir la abigarrada trama de descripciones y reflexiones que caracteriza a las exposiciones freudianas. La falta de una transcripción sistemática de los diálogos mantenidos con los enfermos –de los cuales se han difundido apenas una publicación aislada y algunos otros comentarios parciales–, restringe su conocimiento a la presencia de aquellos que participaron en ella y a sus escasas indicaciones.
Como lo señala Elisabeth Roudinesco9, el hecho de que Lacan elabore su clínica a partir de los grandes casos de la historia del freudismo deja intacta para sus discípulos la tarea de inventar la suya a partir del comentario del comentario. Aunque quizás no deba verse en ello tan sólo una carencia, pues este hecho revela también que la clínica psicoanalítica debe, al fin de cuentas, ser concebida como un texto elaborado a partir de otro texto al que aquél intenta conferir inteligibilidad.
El encuentro de un real
En 1905, en ocasión de la demorada publicación del «Análisis fragmentario de una histeria», Freud advierte, a modo introductorio, acerca de una serie de dificultades inherentes al hecho mismo de esa comunicación. Algunas de orden técnico, y otras «derivadas de circunstancias intrínsecas», atienden simultáneamente al problema de la elección y el ordenamiento del material de la cura, y al hecho mismo de dar a conocer ese material y hacerlo público.
La prolongación de la cura es señalada como una complicación; la extensión obliga a un recorte y una selección cuyos criterios no son fáciles de precisar. En cuanto a las circunstancias intrínsecas, Freud alude doblemente al carácter confidencial de las confesiones del enfermo, y a lo que descuenta como una probable malevolencia del lector: «Si antes se me reprochó no comunicar dato alguno sobre mis enfermos, hoy se me reprochará hacer público algo que el secreto profesional impone silenciar» 10. Tironeado entre la deontología médica y las urgencias de la ciencia, Freud –que nos recuerda en esto a Schreber en sus «Memorias...»–, no vacila en sacrificar la privacidad de las personas concernidas, impulsado como aquél por una imperiosa necesidad de hacerse oir.
Los escasos tres meses del tratamiento de Dora, y el ordenamiento de la inteligencia de la cura alrededor de dos sueños, facilitan su redacción y resuelven las dificultades técnicas señaladas en primer lugar. Freud es, en cambio, mucho más escéptico respecto de la credibilidad que el material pueda despertar en el lector. Lo que lejos de detenerlo lo impulsa a su publicación; porque más acá de una legítima expectativa de persuasión, se trata para él de despejar la estructura psicopatológica de la histeria y de esclarecer la determinación de sus síntomas, en una elaboración de las coordenadas del tratamiento que es contemporánea de su comunicación. Es esa elaboración lo que le confiere interés al caso, más allá de la aceptación o el descreimiento de su destinatario virtual.
Hacia el final de la introducción, Freud advierte sobre tres insuficiencias de las que a su juicio adolece su transcripción. Por tratarse de una cura interrumpida, su beneficios pueden ser sospechados de transitoriedad; y como la redacción deja de lado las interpretaciones para mostrar «no la técnica sino sus resultados», acusa una indiscutible parcialidad. Concluye subrayando la inconveniencia de generalizar excesivamente a partir de un único caso.
Deja así indicadas para siempre, tres de las dificultades con las que regularmente tropieza un analista en la redacción de un caso: la desventaja de comunicar una cura no terminada, cuyas conclusiones pueden verse invalidadas por su prosecución; la imposibilidad de transcribir la totalidad del material y, en especial, la dificultad que encuentra habitualmente para consignar sus propias intervenciones; y, lo que es más importante, plantea la cuestión acerca del criterio con que deben juzgarse las relaciones que ligan la singularidad del caso con la generalidad.
Es cierto que la redacción de un historial pone en juego la articulación de la práctica con la teoría, y exige alguna forma de interrelación entre lo particular y lo universal que está en el centro de la noción misma de clínica. Y también lo es que la cuestión no se plantea ya para nosotros del modo que se le planteaba a Freud. Porque no es la misma la relación que mantiene el inventor con la práctica por él inventada, que la establecida por quien la ejerce presumiéndola consolidada. Por idénticas razones, no imaginamos hoy a un conjunto de incrédulos en el lugar del público al que nos dirigimos.
Hay en Freud una espontánea franqueza que surge precisamente de que él no se sentía obligado a tener que demostrar la coherencia de su práctica con una teoría de referencia. Esa teoría es inventada ante nuestros ojos, coextensiva y contemporánea de la clínica que esa misma teoría engendra. Como no nos hallamos en un tiempo de pura invención, sencillamente porque el psicoanálisis ya ha sido inventado, el informe de un análisis nos plantea desde entonces un mismo interrogante: ¿hay o no continuidad entre la realidad del inconsciente tal como se actualiza en la transferencia en esa cura y el corpus conceptual que, al tiempo que la condiciona, intenta dar cuenta de ella?
Ocurre que cuando el caso pasa a ilustrar lo bien fundado de la teoría, corre el riesgo de perder todo valor epistemológico, es decir, aquel que le otorgaría su carácter de excepción, por introducir un margen de incertidumbre en relación al conjunto y a la generalidad. El conformismo teórico que suele imponer la presión de la comunidad, con sus exigencias siempre renovadas, alienta, por cierto, el respeto y la alineación con la doxa. La renuncia a cierta libertad se contrapesa con el beneficio de establecer un lazo a partir de la experiencia que permite confinar la eventualidad del delirio de cada uno a un lugar adecuado11.
Así, acomodar el caso a lo aceptado de la teoría, es sin duda menos provechoso que interrogar lo ya sabido a partir de lo que podría constituir el límite de su universalidad; pero acentuar excesivamente la singularidad de cada cura encierra, como lo indica Jacques- Alain Miller, el riesgo efectivo de diluir las categorías de la clínica psicoanalítica en el océano del propio psicoanálisis12.
De cualquier manera, el delicado equilibrio que debe guiar las relaciones entre la práctica y la teoría no puede encontrar su razón en otra parte más que en el interior del relato que pone en juego a una y otra. Para ser más precisos, el punto en que la clínica tropieza con un borde intransponible y llama a la teoría sino para dar cuenta de él, al menos para situarlo13.
De este modo, la comunicación del caso descubre su razón cuando permite leer el encuentro con un real que ha causado su narración. Sea bajo la forma de un escozor, el desconcierto que produce una interrupción inesperada, el atrapamiento pulsional del analista en la transferencia, un impasse conceptual, el relato tiende a transcribir ese real, cernirlo en términos de saber, constituyendo como tal un lote del que el analista puede eventualmente disponer14. Algo que eventualmente le permite sustraerse del lugar en que ha quedado amarrado en la cura, y reubicarse en relación a la posición que en ésta debe poder ocupar.
Desafío que establece una necesaria vinculación entre la comunicación del caso –el relato de un análisis concluido o no–, y el deseo del analista en tanto tal.
El caso es su relato
La inscripción de la práctica analítica en el campo de la ciencia, y su surgimiento ligado a la instalación de su discurso, exigen la comunicación del caso como necesario a la propagación del psicoanálisis y a su transmisión; lo que de hecho vincula el relato del caso al deseo del analista en la medida en que por fuera de éste, la transmisión del psicoanálisis se torna rigurosamente impensable.
Más cerca de su habitual ocurrencia, es probablemente cierto que un analista es llevado a trabajar sobre un determinado paciente puede ser situado en el orden de su contratransferencia entendida en sentido negativo, es decir, en tanto que resto inanalizado que en una cura incumbe al analista a título personal. Pero es también verdad que ese mismo trabajo constituye una oportunidad más que propicia para reducir esa contratransferencia, al resituarse en la posición que le conviene a nivel de su acto.
La comunicación del caso, en cuanto se halla coordinada a un esfuerzo de formalización y de transmisión de una experiencia, se orienta en principio en esa dirección. Porque, más acá del vínculo de enseñanza que toda exposición clínica puede aspirar a establecer, sabemos que el enseñante se enseña en primer lugar a sí mismo. Y que una cura no se presenta regularmente, para el analista, del mismo modo después de su exposición.
Independiente de las circunstancias que rodean una presentación clínica (sus motivaciones, sus condicionamientos), el ordenamiento que requiere, los comentarios que suscita, corporizan un trabajo de depuración del análisis inseparable de la construcción del caso a que da ocasión. Los ateneos, las supervisiones que frecuentemente los preceden, las conversaciones con los colegas que habitualmente los acompañan, constituyen de este modo circunstancias que precipitan ese proceso de elaboración.
Por las mismas razones que una nueva puntuación puede organizar retroactivamente una secuencia clínica, confiriéndole una coherencia lógica que hasta entonces habría pasado desapercibida, el relato del caso permanece abierto a sus sucesivas retomas, a su relectura posterior, a su reestructuración por venir. Y así como los distintos comentarios de Lacan forman parte de los historiales freudianos a los que se amalgaman, inscribiendo marcas de lectura que coexisten sin excluirse, superponiéndose, todo caso permanece expuesto al comentario por venir.
Como esos papiros de la antigüedad que se reescriben sucesivamente, y en los cuales es posible leer en filigrana cada escritura anterior, el caso adopta la estructura del palimpsesto. No es la remisión a los datos ni a los dichos efectivos lo que lo caracteriza, sino ese constante trabajo de escansiones que signa su progresiva construcción. Y esta tarea permanente de reescritura se efectiviza aún sin que el analista haya dejado de ella un mínimo rastro en el papel.
Notas
1 Freud and Psychology, The Caucer Press, G.B., 1970. Citado por Oscar Masotta. «El hombre de los lobos: regalos dobles, padres dobles». En: Ensayos lacanianos, Anagrama, Barcelona, 1976, p.134
2 Jacques-Alain Miller, «Sobre el desencadenamiento de la salida de análisis (coyunturas freudianas)» Uno por Uno. Revista Mundial de Psicoanálisis N° 35, junio/julio 1993, p.7
3 Octave Mannoni, El hombre de las ratas, «La otra escena –claves de lo imaginario–» Amorrortu, Buenos Aires, p.100.
4 Oscar Masotta. «El hombre de los lobos», op.cit. p.134
5 Carlos Faig. «Lecturas clínicas». Xavier Bóveda, Buenos Aires, 1991, p.5
6 Philippe Julien. «La fabrique d'un cas d'acting-out» Le retour à Freud de Jacques Lacan. Erès, Paris.
7 Erik Porge. «La presentación de enfermos». Littoral 7/8 : «Las psicosis». La torre abolida, Buenos Aires, 1989.
8 «La presentación de enfermos», entrevista a Colette Soler por Silvia Tendlarz. Malentendido N°3, Buenos Aires, Mayo 1988.
9 Elisabeth Roudinesco. Jacques Lacan. Esquisse d'une vie, histoire d'un système de pensée. Fayard, France, 1993, p.562
10 Sigmund Freud. «Introducción». Historiales Clínicos. O.C. Biblioteca Nueva, T.II, Madrid, 1968, p.603
11Como lo señala Brigitte Lemérer, «una asociación que se especializara en el estudio de casos, correría enormes riesgos... ¡de disolución!» La teoría se demuestra necesaria para superar el sentimiento de cada analista de saber hacer un poquito mejor que su colega. Conversation sur le cas clinique, Guy Clastres, Jean Guir, Brigitte Lémérer, Gérard Pommier et Françoise Schreiber. Analytica Volume 32, Navarin, Paris, 1983.
12 Jacques-Alain Miller. «C.S.T.» Clínica bajo transferencia. Manantial, Buenos Aires, 1989.
13 Como lo indica Danièle Silvestre: «...lo que justifica la exposición de casos clínicos, es el encuentro de un punto límite en la práctica que no halla respuesta en la teoría, el encuentro de un real» Conversation sur le cas clinique. Table ronde, Analytica 32, Navarin, Paris, 1983.
14 Ricardo Scavino. «De casos bien escogidos». Psicoanálisis y el Hospital N°3, Buenos Aires, Invierno 1993, p.22
miércoles, 9 de junio de 2010
Jacques Lacan desmantelando su propia clínica
Por Jean Allouch
Fuente: http://www.imagoagenda.com/articulo.asp?idarticulo=1292
He aquí tres sainetes contemporáneos, elegidos entre centenas de ellos.
En avión clase Business. Cerca de mí, una dama de cierta edad, gruesa, frik, devora con algo de glotonería una banana. Detengo el guiso y le digo: “¡Mire una felatio!”. Estupefacción del guiso, seguido de una franca aunque silenciosa condena de mis palabras.
Otra escena, los talones de Sarkozizi, como yo lo llamo. Que él los use o mejor aún se suba en puntas de pie para una foto al lado del gigante Obama, es un signo de que él se juzga pequeño, demasiado pequeño. Interpreto: no es de la talla de su cuerpo sino de la de su pene que se trata. Eso se llama desplazamiento, una astucia conocida desde Freud ¿Puedo no obstante escribir un artículo sobre el tema y proponerlo al diario Liberación? La respuesta es “No”. Pero en cambio, en el momento de las últimas elecciones presidenciales, hice llegar a Le Monde un papel explicando que Ségoléne Royal es una mamá y que es necesario por ese hecho no votar por ella, entonces allí sí, mi papel aparecerá sin ningún problema. He aquí cómo los medios discriminan al psicoanálisis, lo aceptable y lo otro.
Tercera escena: una familia en automóvil, atrás tres niños entre cuatro y ocho años. Se divierten alegremente en modular juntos en voz alta la palabra “caca” de cien maneras posibles: ca/ca, ca/ca, ca/ca; caaaaca/ caaaaca, caaaaca/ caaaaca, caaaaca/ caaaaca; ca/caaaa, ca/caaaa, ca/caaaa, ca/caaaa; ca/ca/ca/ca, ca/ca/ca/ca, ca/ca/ca/ca, etc. Bastante rápidamente los padres, modernos, no soportan más y luego de un “paren” más bien gentil terminan por levantar la voz “¡suficiente!” Pregunta: ¿su reacción hubiera sido la misma si los niños hubieran canturreado “cucú”?
Dicho de otra manera, más allá de lo que se piense, el escándalo que provocó el psicoanálisis en su primer tiempo de intervención sobre la escena pública anunciando tales interpretaciones, no es menos importante hoy que en esa época.
Abstención 1. Hay diferentes dominios del saber, diferentes métodos aplicados a esos dominios, tantos objetos como, precisamente, esos métodos distinguen y estudian y entonces también diversos órdenes de racionalidad. Dominios, objetos y órdenes de racionalidad juegan entre ellos un juego complejo, a veces mezclado, incluso confuso.
¿Pero por qué partir de tan lejos? Para indicar que por todos lados la aplicación de las reglas del “juego del saber”, ofrece un revés, si no obstante se le quiere quitar a esa palabra su valor negativo. Produce saber particularmente, porque aparta ciertas problemáticas como no pertinentes a su campo. Uno de los ejemplos mejor estudiados es el de la lingüística estructural, que se forjó dejando fuera de su campo la cuestión, por otro la tan apasionante y controversial del origen del lenguaje.
Así va el psicoanálisis. Ciertamente, algunos psicoanalistas han participado en los debates de la bioéticas (¡ya esa palabra!, socorro, Kant), que han agitado y agitan los espíritus en Francia y en otros lugares, con aún menos escrúpulos, cuando lo son, pero sin decirlo explícitamente, para servir a intereses distintos de los del análisis.
Madres portadoras, parejas homoparentales, procreación médicamente asistida, gestación al servicio de un tercero, mujeres víctimas, sobre tales temas el análisis como tal no tiene estrictamente nada que decir. No los acoge como propios de su campo.
Estas anteojeras son decisivas, incluso en lo referente al ejercicio de análisis. Freud decía que el analista no tenía que imponer su propia ética a los pacientes (por supuesto, no más que a la sociedad), y su ética, de investigador, era simplemente la de la ciencia. Y si Lacan ha creído poder adelantar una “ética del psicoanálisis”, reto aquí a cualquiera a sacar la mínima consecuencia sobre la cuestión de las madres prestadoras de vientres y todas esas cosas de la misma calaña.
Sea, le acordamos esa distinción, puede que digan. Pero ese saber analítico que usted no descuida de ofrecerlo al no-analista, libra a cualquiera de usarlo a fin de responder a las cuestiones, que escuchándolo, no son de su campo. Yo no tendría evidentemente nada que objetar a semejante empresa. Y trataré entonces solamente de ponerla en aprietos, no en su generalidad, sino en un punto preciso en el que podría encontrar sus alimentos, el de la clínica psicoanalítica, que se supone debe facilitar descripciones de figuras patológicas organizadas en una nosografía. Este punto es importante puesto que una descripción “científica” del perverso es muy especialmente apta para desencadenar socialmente a los más violentos de los ostracismos, dando cuerpo a la oposición normal/patológico, de lo que parece que lo social no puede privarse, de la misma manera que los Estados Unidos de una guerra, el pedófilo ha tomado luego de un tiempo el relevo del homosexual.
Abstención 2. Así ahora hay espacio para tomar las cosas de un poco más lejos. La clínica psiquiátrica a diferencia de la médica no ha encontrado jamás un estatus epistemológico estable. Uno no se sorprenderá si tomamos nota de: 1) que las relaciones de la psiquiatría y de la neurología no han sido jamás reguladas; 2) que desde Pinel y su célebre enfermero la psiquiatría es sintomáticamente un personaje bífido; 3) que permanece no resuelta la cuestión de saber a quiénes entonces sirve el psiquiatra (¿su paciente o bien el orden social?); 4) que no se efectúo el pretendido corte de una psiquiatría que se reivindica científica, con las instituciones religiosas encargadas de la locura1. Sobre tan dudosas bases, no se puede producir un saber serio.
Sin embargo, por un tiempo, la nosografía pareció tomar la delantera y valer a la vez para la psiquiatría y el psicoanálisis. Distinguía tres grandes categorías, denominadas perversión, neurosis, psicosis, tres nombres que condenso en uno solo: pernepsi. Del lado psiquiátrico, le pusieron fin, a causa de un cambio metodológico: un uso de la estadística que ofrece a la psiquiatría una apariencia de retorno al seno propiamente médico.
Del lado psicoanalítico, la situación permanece confusa; se aferra, aquí y allá a pernepsi, pero no puede hacerlo más que cerrando los ojos sobre todo lo que viene, como granos de arena a impedir esta seductora tripartición que gira en redondo. Así parece no querer saber nada del carácter de “guarda-todo” que tiene lo que se reúne bajo el nombre de “perversión”, ni tampoco de los eruditos trabajos de los gays y lesbianas que se encargaron de un cierto número de cuestiones hasta allí de propiedad de los médicos. Uno de los casos entre los más sorprendentes es el del transexualismo, que los doctores lacanianos no retroceden, todavía recientemente, a borrar de la categoría de psicosis.
Se trata, sin embargo de otro mar de fondo, lo que quiero decir aquí, y justamente a aquellos que deploran el fin de la susodicha clínica psiquiátrico–psicoanalítica. Esas bellas almas descuidan ese hecho masivo de que su concepto de “forclusión” no ha permitido que decenas de miles de dichos “psicóticos”, sean mejor tratados que en el pasado. No porque sea falso o equivocado, sino porque la descripción de un mecanismo no ayuda en nada al manejo de la transferencia: ahora bien, allí es donde está el asunto y es pesado.
Jacques Lacan, en sus comienzos mayormente, ha dado mucho cuerpo a pernepsi. Sin embargo, al final de su recorrido, este camino “fenomenológico” tan seductor fue bastante atenuado. Es que hubo también en él, otra vena, una suficientemente neta subversión de esta nosografía; puedo, aquí mismo reportar algunos rasgos.
Particularmente la salud mental del analista que Lacan pone en cuestión, en 1978, llegando entonces casi al término de su vida. Dice entonces el analista estar “mordido por Freud” creyendo “en esta cosa absolutamente loca que se llama inconsciente”. Haciendo ésto él no matiza como cuando declara, por ejemplo que Freud no sabía absolutamente lo que decía con su Unbewußt, que calificaría por otro lado, un año más tarde de “delirio de Freud”.
Otro palo en la rueda de la nosografía tripartita fue ofrecido a Lacan por Freud, que recomendaba, aunque él estuviera lejos de atenerse él mismo a esta recomendación, abordar cada caso como si nada hubiera sido obtenido como saber, de los casos precedentes. Un señalamiento que Lacan prolonga en sus palabras: el análisis de un obsesivo no es de ninguna utilidad para el análisis de otro obsesivo.
Siempre en 1978, Lacan declaraba también que a aquel que franqueaba el paso de dirigirse a un psicoanalista “debemos llamarlo el psicótico”. He aquí que una definición que no concuerda con pernepsi: sería el llamado “psicótico” aquel que sus síntomas neuróticos conducen a ir a demandar un análisis, un ser extraño, entonces, psicóticos de síntomas neuróticos.
Esos golpes dados a la misma nosografía a la que Lacan había contribuido, encuentran sus puntos de capitón en una última definición de la clínica, de una gran simplicidad. La clínica es lo que se dice sobre un diván. He aquí alcanzado el punto cero de la nosografía. Aquí se impone el juego anagramático de Marco Decorpéliada: clasificación/calcificación2. La clasificación a la que se dedica el esquizofrénico Decorpéliada, le va bien al topólogo Lacan ejercitándose con la flexibilidad de las superficies, y después de las cuerdas. Estoy en lo que a mí respecta suficientemente calcificado, emprendiendo un análisis como para tener necesidad de cualquier cosa menos de una recalcificación a la manera de un diagnóstico.
Así la distinción misma de normal/patológico fue desmantelada por Lacan. Lo hizo declarando que el psicótico es normal en su psicosis, el neurótico normal en su neurosis, el perverso normal en su perversión. ¿Cómo decir mejor que las tres categorías pernepsi, no tienen nada que ver con la anormalidad?
Posición. Es de progreso negativo. Tienen lugar porque lo que se tomaba por un saber se encuentra invalidado. Saber no más y entonces no saber es ahora heurística. El análisis tal como he llegado a situarlo no ofrece ningún apoyo a quien quiera a partir de su pretendida clínica, estigmatizar tal categoría de individuos.
Es sin embargo otra categoría de ese saber no más saber (no) saber, es sobre él que quisiera concluir revisitando ahora mis primeros señalamientos. ¿En qué se sostiene que el analista se abstenga activamente de participar en ciertos debates que no son de su resorte? He respondido: porque ellos no son de su resorte y esta respuesta era suficiente. Pero sin embargo es posible formular un considerando.
Cuestionado sobre lo que distingue al analista lacaniano, uno de los más distinguidos alumnos de Lacan decía, notémoslo, luego de haber abandonado el barco, que el analista lacaniano, diferente en ese punto del de la Internacional (IPA), “iba a la cuneta” « allait au caniveau ». ¿Qué quiere decir esa cuneta? Se piensa en esos personajes de las calles de París, vestidos todos de verde y muñidos de un babero amarillo fluo, cuyos cepillos se emplean en llevar hasta la alcantarilla lo que se estanca en nuestras cunetas. También en nuestros contenedores que vacían nuestros tachos de basura de los restos no comestibles de nuestras comidas. Y es entonces en esa vecindad, se le creemos a Wladimir Granoff, que se sostendría el analista lacaniano.
Este señalamiento puede ser formulado de otra manera; el lugar del analista no está cerca del Príncipe. Él no sabría ser su consejero, ni aceptar un reconocimiento oficial. Y tampoco del lado de aquellos que se levantan contra el Príncipe, los príncipes del futuro, si los vientos de la historia le son favorables.
Lacan reconocía la existencia de un poder del analista, pero era para precisar que el analista se abstiene de usarlo. “Poder no poder” era por otra parte su definición de la impotencia. Puesta en juego de manera apropiada, la impotencia o mejor lo que prefiero llamar la “fragilidad” del analista (puesto que la impotencia está demasiado marcada por un falicismo no castrado), es un operador determinante en el análisis. Es la impotencia en el momento de giro de un análisis, la que a menudo tomando la forma de una abstención va al encuentro de la libertad del analizante.
Traducción del francés de Graciela Graham
[gracielagraham@yahoo.com]
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1. Cf. Hervé Guillemain, Diriger les consciences, guérir les âmes. Une histoire comparée des pratiques thérapeutiques et religieuses, Paris, La Découverte, 2006.
2. Marco Decorpéliada, Schizomètre, Paris, Epel, 2010.
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viernes, 7 de mayo de 2010
Estallidos de Clínica
Bernard Casanova
¿ Te volviste loco, psiquiatra imbécil,
pensaste que yo me creía Jesús Cristo?
Simplemente dije, y lo repito,
que yo, A ntonin Artaud, 50 inviernos ,
me acuerdo del Gólgota ...
Histoire vécue d' Artaud-Mômo
... eso que se llama impropiamente la clínica ...
(Lacan, 14 de mayo de 1969)
Después del tiempo -¿qué tiempo? digamos después del tiempo que oímos y transcribimos y leemos Lacan, después del tiempo que lo examinamos, lo interpretamos y lo citamos, que lo parafraseamos, que lo comentamos, que lo bibliografíamos y lo thesaurisamos; después del tiempo que hacemos nudos a tres o a cuatro, o cadenas o trenzas, que deshacemos, que desanudamos, que desencadenamos y que destrenzamos, a veces incluso en color; después del tiempo que hacemos bandas donde el derecho es el revés, después del tiempo que nos toramos en los agujeros, que nos autopenetramos en el espacio o en las botellas sin boca ni culo ... , (me dirán que no hace tanto tiempo, pero no obstante hace tiempo)- después de todo ese tiempo, se podría pensar que la clínica -eso que llamamos así por costumbre sin saber bien la razón- iba a moverse considerablemente, que en "pernepsi"(1) -tomando de otro autor ese neologismo acrofónico para designar la triada clínica perversión, neurosis, psicosis- iban a registrarse graves perturrbaciones, parecidas a tempestades o tormentas; o si no la ruptura; se podría pensar incluso que esta división, codificación, clasificación pernepsi iba a estallar, a explotar con todas esas novedades que aportaba Lacan. Más exactamente aún, se podría pensar' que la llegada a la escena psicoanalítica del temario constituido por real, simbólico e imaginario, ya no permitía obrar como antes, y que con RSI ya no se podría funcionar (como) con pernepsi.
Pero no, por más increíble, por más inverosímil que parezca, no se ha movido ni un pelo, ni siquiera un breve temblor, ni la menor perturbación en pernepsi ; ¡qué suerte! se habría logrado la notable hazaña de no poder dejar de lado el RSI, sin abandonar pemepsi. En principio, se me preguntará (tal vez), ¿por qué aproximo de ese modo el ternario lacaniano y la trilogía clínica y los coloco en una especie de oposición? Es que en ese punto hay algo que me molesta desde hace tiempo.
Para decirlo sin dudas demasiado rápidamente, hay que saber si se elige pensar con dos o con tres; dicho así parece un poco simple, pero me pregunto si mi malestar no se sitúa exactamente en ese lugar .
Ciertamente tanto ese ternario como esa trilogía son tres; pero la tripartición efectuada afecta dos campos absolutamente diferentes: el cuadro de clasificación pernepsi, dado que ordena los problemas del alma (puede decirse también las perturbaciones de la mente o las disfunciones del aparato psíquico), supone el dos, el dualismo del cuerpo y del alma (psiquismo si se quiere), es lo que se llama corrientemente -en las universidades, los hospitales, los manuales de psiquiatría y de psicología, las veladas mundanas, etc.- la psicopatología (discúlpenme este repaso elemental, pero es necesario para plantear bien la cuestión que me molesta). Los psicoanalistas -digamos los lacanianos, digamos en fin ciertos lacanianos - audaces como son, dirán respecto a la psicopatología simplemente que no existe, ni psicopatología, ni psico, pero -y es lo que me molesta- eso no les impide sumergirse blandamente en pernepsi.
RSI, en cambio, hace pensar en tres, pero no tres partes del alma, ni tres pedazos de vaya a saber qué aparato psíquico (que el Señor Changeux, por ejemplo, junto a varios otros, está en proceso de inculcarnos) sino tres del ser hablante. Y quizá, no se dice claramente esta enormidad: RSI es la ruina del alma, la destrucción y la desaparición del aparato psíquico.
Entonces ya nada es lo mismo, o mejor, ya nada debería ser como antes, dado que se ha pasado de dos a tres; sin embargo parece que todo continua tranquilamente ... i Y es eso lo que me molesta! Si RSI trae algo nuevo en tanto que ternario relativo al ser hablante (parlêtre) y ya no el psiquismo del hombre -digámoslo grosera y rápidamente de ese modo- ¿se puede seguir utilizando el buen cuadro pernepsi que clasificaba los estados del alma? ¿Cómo hacen, los psicoanalistas, para suponer al principio que no hay psicogénesis, y después, a medio camino, utilizar en la clínica -usemos esa palabra- elementos que presuponen que existe? ¡Seguramente los psicoanalistas no pretenden juntar RSI con el dualismo -arriesguemos esta otra palabra- psicosomáticol. Pero tal vez después de reflexionar y examinar el tema se revele que sí. Como dice Lacan "necesitamos el alma como la garrapata la piel del perro" .
De modo que la irrupción de RSI en el psicoanálisis, no parece alterar en nada la psicopatología freudiana, y en eso consiste mi malestar. Pues recordaré que la clasificación en perversión, neurosis, psicosis, es freudiana; sino viene completamente de Freud, al menos Freud la ha confirmado y fortalecido, es a él a quien debemos la solidez y la perennidad de esos casilleros, donde cada uno puede situarse o situar al otro, a todos los otros . Uno puede preguntarse si se trata de una vieja supervivencia, tenaz y adherida como una garrapata, del freudolacanismo desesperado. En ese punto, Freud no llegó a ser desplazado, no se pudo, o no se quiso, desplazarlo; como si, acrobáticamente, estuviéramos agarrados con una mano al ternario lacaniano y con la otra a la psicopatología freudiana. ¿Mi malestar será freudo-lacaniano?
En este último tiempo tuve entre las manos un libro, recientemente editado, que se titula Clinique psychanalytique . El au tor es alguien que ha leído mucho a Lacan, la prueba es que publicó hace poco -con el mismo editor- dos volúmenes de introducción a la lectura de Lacan y -con otro editor- un repertorio bibliográfiico exhaustivo (las tarjetas postales incluidas) de la obra de Lacan. El título Clinique psychanalitique evidentemente me llama la atención, pero, horror, ¿que veo en la tapa? ¡Una quimera, una visión de pesadilla: dos cabezas -célebres- encastradas la una en la otra, o como si una surgiera de la otra, monstruo cefálico teratológico, con tres ojos y dos bocas ... la representación, la imagen del freudo-lacanismo! A pesar de todo, leí un poco: por ejemplo, el autor nos habla, tras haber citado al Lacan de 1953, de la "relación intersubjetiva, es decir la transferencia" (p.l9); y luego del "referente psicoanalítico" que debe entenderse junto al "cuadro de la semiología psicopatológica y dela nosografía que de él procede (pag. 42); por lo tanto el psicoanálisis debería acoplarse a la semiología, ciencia de los signos, ya la nosografía, nomenclatura de las enfermedades; ¡qué suerte que todo pueda ajustarse tan bien! Después, se trata de "la organización psicosexual específica" de los perversos; ¡todos saben que para los psicoanalistas el psico es terriblemente sexual !
Uno recibe muchas informaciones diversas por correo, a condición por supuesto de figurar en ciertos ficheros. Es así que un nuevo periódico acaba de aparecer: el Journal français de psychiatrie, con comité científico y de redacción impresionantes; y se precisa claramente que ese periódico será a la vez "clínico" -eso es concreto- "científico" -¿cómo no serlo?- y "psicoanalítico" -por el mismo precio. He aquí un periódico de psiquiatría psicoanalítica; y oh sorpresa, nos enteramos que dos de los directores de JFP son antiguos miembros de la ex EFP ; eso me inquietó un poco.
En mi casillero postal también hallé, un folleto de un "Encuentro franco-americano de psicoanálisis", muy bello, desplegable, con las banderas francesas y norteamericanas en color; tema del encuentro: "Los estados límites"; pero si bien límites tiene una "s", se trata como todo el mundo lo sabe, del límite entre "ne" y "psi"; eso que te adjudican cuando estás en ciertos estados; no es que pidas estar allí, en esa posición incómoda e incluso peligrosa, inclinándote a veces hacia "ne" y otras hacia "psi", pero hay que aceptado, todo el mundo debe ser clasificado; así los que no presentan síntomas claros y que no expresan francamente de qué lado están, los metemos a cabalgar sobre la barrera. En ese "Encuentro" -y señalo que esta vez fue de psicoanálisis- participaron presidiendo las sesiones, oh sorpresa, antiguos miembros, más o menos conocidos, de la ex-EFP; y todo esa gente pudo reunirse gracias a la colaboración de los laboratorios farmacéuticos que, precisamente como las cosas fueron bien hechas- venden medicamentos contra esos malos estados. Todo eso alimentó aun más mi malestar.
Una manera, sin duda insuficiente pero válida, de seguir la evolución del psicoanálisis es leer bien la correspondencia. Por ejemplo acaba de aparecer, "bajo la dirección de" un miembro de la antigua EFP , una" Introducción a las obras de " ... siete grandes psicoanalistas. Nos enteramos así que hay ¡siete grandes psicoanalistas! (Juego: adivinen quiénes son; les doy una ayuda: están todos muertos, condición necesaria, pero por cierto no suficiente, para ser grande). Queda claro que se trata de "revivir el alma de cada autor" (sic), y que no aparece sólo "la obra comentada, sino también ( ... ] la imagen interior del autor estudiado (resic); el libro está destinado "tanto al estudiante inquieto ... como al psicoanalista confirmado" ... eso debería funcionar.
Pero es necesario que vuelva a esa gran división, a esa gran dicotomía (digamos occidental) de la humanidad en dos "osis" (pues "per" está del lado de "ne"; entre per y ne hay como un parentesco, se comprenden, se hacen guiños, a veces se envidian, casi pueden intercambiar síntomas; no existen tres fronteras en pernepsi, sino una sola: perne/psi; las pericias psiquiátricas penales -me dijeron que ahora algunas pericias se le piden especialmente a los psicoanalistas- nos lo recuerdan a menudo: están los que pueden responder, y los que se decide que no pueden responder por sus actos, es entre las dos "osis" donde se da la división). Dejando de lado la glucosa y otros azúcares, el sufijo "osis" connota, en el vocabulario de la patología médica, el carácter no inflamatorio, no agudo, y por eso mismo prolongado, incluso crónico, de una "afección"; se opone al sufijo "itis", que señala el caso agudo, inflamatorio. Es así que hay artritis y artrosis, dermatitis y dermatosis, etc. Y me doy cuenta que el término psicosis -con motivo del cual organizamos (si no los psicoanalistas actuales no serían actuales) tantos coloquios, congresos, encuentros (¡a veces europeos!), presentaciones, revistas, etc.- es una "afección prolongada", que figura en una lista con otras treinta enfermedades (cáncer, infarto ... ) cuyo gastos de tratamiento son reintegrados en un cien por ciento por parte del seguro social; eso también es la psicosis y de allí derivan muchas consecuencias que no hay que dejar de lado.
Me dirán (tal vez) que es elemental y fundamental para la dirección de la cura saber distinguir la neurosis de la psicosis; y es ese saber, agregaran (sin duda), lo que permitirá una interpretación y no otra, pues en uno u otro caso, la transferencia, el sujeto, el objeto y muchas otras bellas cosas, se presentan de maneras distintas y por lo tanto el fin de la cura, etc. (discúlpenme, reconozco que voy un poco rápido, les recomiendo que lean trabajos importantes y serios que ya existen sobre el tema). Es que esto me molesta mucho también, pues ¿qué?, ¿acaso sería necesario que desde las primeras sesiones -las preliminares digamos- el psicoanalista establezca su diagnóstico? ¿que sepa colocar al analizan te en la zona apropiada, de un lado o del otro de la frontera, y que en cada zona, le encuentre también un buen casillero, para poder enseguida medir, calcular y regular sus intervenciones? Suelo pensar que el primer objetivo del analista -a la vez el más simple y el más imposible- es no obstaculizar lo que se de en el análisis. Ese saber preliminar del analista sobre el lugar del analizante en la clasificación pernepsi me molesta mucho, pues bien podría ser un obstáculo, también preliminar, a todo análisis. Mejor sería que el analista aprendiera a no saber y a no escuchar pernepsi en lo que se le dice.
Dado que al fin hay que remitirse al síntoma, ese síntoma del que se habla tan alegremente y con tanta sutileza y erudición, casi hasta el punto de santificarlo; ese síntoma surgido del símbolo, pero distinto del símbolo al que no obstante está anudado (Lacan, 1975). Un síntoma no se vuelve en cierto modo psicoanalítico si no es captado en "su función de significante "; se podría incluso señalar que sólo hay síntoma a partir del momento en que se dirige a un psicoanalista, es decir a alguien que lo captará en su función de significante; de modo que el psicoanalista (el psicoanálisis) tal vez no está muy bien encaminado -como dice Lacan en "esa historia absolutamente loca" que es consultar a un psicoanalista para que "arregle las cosas"- si éste encierra, si atrapa al síntoma en el saber de la psicopatología, si traduce, en su foro interior (!), eso que alguien le dice en un síntoma fóbico o psicótico, por ejemplo, es porque entonces ya tiene todo cocinado. Un síntoma, un síntoma fóbico, o psicótico, no quiere decir nada; si tiene "una función de significante", eso quiere decir, me parece, que el síntoma no entra en ninguna sintomatología y que es heterogéneo a toda nosografía; no puede haber, no hay sintomatología psicoanalítica.
A veces tengo la impresión que hay quienes creen que la psicopatología o la nosografía existen ; esta creencia también me molesta; pero probablemente es necesaria en su función de recurso, recurso referencial que permitiría, por ejemplo, esquivar la carga "de una mitad del síntoma", lo cual es no obstante una condición para que el síntoma sea analizable, pero se trata de una carga demasiado pesada, que un buen saber referencial ayuda a soportar.
Un día, en abril de 1978, Lacan le dió una buena patada al edificio nosográfico, tumbando esa famosa barrera que se creía intocable; ese día él decía que al neurótico que va a demandar un análisis a un psicoanalista -"historia absolutamente loca" -"hay que llamar (lo) psicótico". Lacan debió equivocarse al decir eso (en una asamblea de analistas), sería como un lapsus, pues si se trata de un neurótico, si está de ese lado no está del otro, etc. Después de quince años que Lacan dijo eso, así de pasada, (fue durante las audiencias sobre el pase en la EFP), hubo tiempo de volver a colocar la barrera e incluso de repintar el muro ne/psi que por otra parte casi no se había rajado después de este error, un error como los que Lacan tan bien sabía cometer.
La "clínica psicoanalítica" es una expresión que, aún hoy, vende bien. Digo eso porque hace un montón que la escucho, la leo, y me doy cuenta que sigue siendo atractiva, reúne gente, gusta, sin que por otra parte sea necesario, añadiría, delimitar muy bien lo que pertenece a la clínica y lo que no. Los psicoanalistas aman profundamente esa palabra. Pero aun cuando sea puesta en el frente de un establecimiento, o califique un examen, una enseñanza, una lección, etc., esa palabra denota absolutamente algo médico. La "clínica psicoanalítica" enlaza siempre lo psicoanalítico a lo médico, los une, y al unirlos, lo relaciona con algo con lo que nunca terminamos de no entendernos, y eso me molesta también, pues con Antonin Artaud, por ejemplo, -lo evoco porque suelo leerlo en estos días- ese fue el malentendido trágico.
Pero entonces, se me interrogará probablemente, ¿qué clínica hay para el psicoanálisis?
Tal vez el único lazo, el único vínculo que hay entre la "clínica" y la práctica del psicoanálisis es etimológico. En efecto, habitualmente, pero no obligatoriamente, el psicoanalista le propone al otro acostarse sobre algo que parece un lecho y, en esa posición, hablar. Lacan decía, como siempre clara y rigurosamente, que "la clínica psicoanalítica es lo que se dice en un psicoanálisis"; he allí Una definición de la clínica con la que concuerdo y me conforma, y agregaba "la clínica siempre está ligada al lecho ... y no se ha encontrado nada mejor que hacer acostar a quienes se ofrecen para un psicoanálisis … " Esa sería entonces la razón de ese acuéstese ahí, y sólo por esa razón podemos conservar, entre nuestros viejos muebles, la palabra clínica; existe el klíné de la clínica y el diván del analista, ambos para gemir: el lecho del sujeto, como se diría asimismo del río.
Si Unbewusst no es lo que no es consciente sino un desliz (une bévue) la clínica ya no es más lo que era y es tiempo de que paseemos a otra cosa, pues después de el tiempo ...
Notas:
1- Pernepsi: neologismo usado por Juean allocuh que habla de la tripartición clásica en perversión, neurosis y psicosis.