viernes, 15 de abril de 2011

Sigmund Freud. "Sinopsis de las neurosis de transferencia[1915]"

Sigmund Freud. "Sinopsis de las neurosis de transferencia[1915]" (Ariel, 1989) texto no incluido en las Obras Completas.






Fuente: http://elpsicoanalistalector.blogspot.com/








Preparativos



Después de un examen detallado, intentaremos resumir los caracteres [de las neurosis de transferencia], las delimitaremos respecto de otras [neurosis], expondremos comparativamente sus distintos factores [Momente].

Los factores son: la represión, la contrainvestidura, la formación substitutiva y la formación de síntoma; sus relaciones con la función sexual, la regresión, la predisposición [a la neurosis].

Nos limitaremos a los tres tipos [de neurosis de transferencia]: histeria de angustia, histeria de conversión y neurosis obsesiva.



a) La represión



Tiene lugar en las tres [neurosis de transferencia] en la frontera de los sistemas preconsciente e inconsciente; consiste en una retirada u objeción de la investidura preconsciente y es asegurada por un tipo de contrainvestidura. En la neurosis obsesiva ésta se desplaza, en estadíos más tardíos, al límite entre preconsciente y consciente.

Nos daremos cuenta de que en el grupo siguiente [las neurosis narcisistas] la represión tiene otra tópica; se amplía entonces al concepto de escisión [Spaltung].

El punto de vista tópico no debe sobreestimarse en el sentido de suponer que todo comercio entre ambos sistemas [preconsciente e inconsciente] quedaría interrumpido. Será, por tanto, más esencial todavía [determinar] en qué elementos se introduce esta barrera.

El éxito y la completud mantienen una dependencia mutua en la medida en que el fracaso [de la represión] obliga a ulteriores esfuerzos. El éxito varía en las tres neurosis y en estadíos singulares de las mismas.

El éxito es mínimo en la histeria de angustia, donde se limita a que no se constituya ninguna agencia representante preconsciente (y consciente). Más tarde, [se limita] a que en lugar [de la agencia representante] escandalosa, se haga preconsciente y consciente una [representación] substitutiva. Por último, en la formación de fobia, el éxito alcanza su finalidad con la inhibición del afecto de displacer por medio de una gran renuncia, de un exhaustivo intento de huida. El propósito de la represión es siempre la evitación de un displacer. El destino [Schicksal] de la agencia representante es solamente un signo del proceso. El aparente desdoblamiento, descriptivo en vez de sistemático, del proceso a rechazar en representación y afecto (agencia representante y factor cuantitativo) resulta precisamente del hecho de que la represión consiste en una objeción a la representación-palabra; es decir: resulta del carácter tópico de la represión.

En la neurosis obsesiva, el éxito [de la represión] es de entrada completo, pero no duradero. El proceso está aún menos concluido [que en la histeria de angustia]. A una primera fase exitosa le suceden dos ulteriores, de las cuales la primera (la represión secundaria: formación de la representación obsesiva, lucha contra la representación obsesiva) se conforma, como en la histeria de angustia, con una substitución de la agencia representante; mientras que la [fase] ulterior (la [represión] terciaria) produce renuncias y limitaciones como las que corresponderían a la fobia, pero que, a diferencia de lo que sucede en esta, trabaja con medios lógicos.

En cambio, el éxito de la histeria de conversión es completo desde el principio, aunque se logra al precio de una fuerte formación substitutiva. Este proceso del desarrollo particular de la represión es más completo.





b) Contrainvestidura



En la histeria de angustia, que es un mero intento de huida, [la contrainvestidura] falta al principio; se precipita luego, sobre la representación substitutiva, especialmente en la tercera fase sobre el entorno de la misma, para desde allí estar segura de domeñar el desprendimiento de displacer, como alerta y atención. Representa la componente de la investidura preconsciente, es decir, el esfuerzo que cuesta la neurosis.

En la neurosis obsesiva, donde desde el principio se trata de la defensa de una pulsión ambivalente, la contrainvestidura se encarga de la primera represión exitosa; efectúa luego una formación reactiva gracias a la ambivalencia; da lugar por fin, en una fase terciaria, a la atención. que distingue a la representación obsesiva y se encarga del trabajo lógico. Por lo tanto, las fases segunda y tercera son casi iguales [en la neurosis obsesiva] y en la histeria de angustia. La diferencia [está] en la primera fase, donde la contrainvestidura en la histeria de angustia no logra nada, mientras que en la neurosis obsesiva lo logra todo.

La contrainvestidura simple asegura para la represión la componente correspondiente del preconsciente.

En la histeria [de conversión], el carácter logrado lo hace posible el hecho de que desde el comienzo la contrainvestidura busca una coincidencia con la investidura pulsional y llega a un compromiso con ella; la determinación electiva recae en la agencia representante.



c) Formación substitutiva y formación de síntoma



Corresponden al retorno de lo reprimido, al fracaso de la represión. Por un tiempo hemos de tomarlas por separado; más tarde confluirá [la formación substitutiva] con [la formación de síntoma].

Esta confluencia se da, en su forma más completa, en la histeria de conversión, donde la substitución es igual al síntoma; no hay nada más que separar.

Igualmente, en la histeria de angustia, la formación substitutiva posibilita a lo reprimido el primer retorno.

En la neurosis obsesiva [la formación substitutiva y la formación de síntoma] se separan nítidamente, pues la primera formación substitutiva de lo reprimente es suministrada mediante la contrainvestidura; no se cuenta entre los síntomas. En cambio los posteriores síntomas de la neurosis obsesiva suelen ser de manera preponderante un retorno de lo reprimido, a la vez que la participación en ellos de lo reprimente es menor.

La formación de síntomas, de la cual parte nuestro estudio, coincide siempre con el retorno de lo reprimido y acontece con ayuda de la regresión y de las fijaciones predisponentes. Una ley general dice que la regresión retrocede hasta la fijación y que desde allí se impone en retorno de lo reprimido.





d) La relación con la función sexual



Para ella sigue siendo válido que la moción pulsional reprimida es siempre una moción libidinal y perteneciente a la vida sexual, mientras que la represión parte del yo por distintos motivos, que se pueden resumir en un «no poder» (por fuerza excesiva) o en un «no querer». Esto último remite a una incompatibilidad con los ideales del yo o al temor a otro tipo de daño del yo. El «no poder» también equivale a un daño.

Este hecho fundamental se vuelve opaco por dos factores. En primer lugar, a menudo se da la apariencia de que la represión estaría incitada por el conflicto entre dos estímulos, ambos libidinales. Esto se resuelve por la consideración de que uno de ellos es adecuado al yo; en el conflicto puede reclamar la ayuda de la represión que se origina en el yo. En segundo lugar, se vuelve opaco por ser no sólo tendencias libidinales sino también tendencias yoicas las que se encuentran entre las reprimidas, como es especialmente claro y frecuente cuando la neurosis ha tenido una presencia más duradera y un desarrollo mas avanzado. Esto último sucede de tal manera que la moción libidinal reprimida intenta imponerse mediante el rodeo por una tendencia yoica [Ichstrebung], de la que ha extraído una componente a la cual transfiere energía; luego arrastra consigo a esa [tendencia yoica] a la represión. Esto puede ocurrir en gran escala. Esto no cambia nada de la validez general de aquel enunciado [que la moción reprimida es siempre libidinosa]. Es lógica la exigencia de que hayamos de extraer nuestra comprensión [Einsichten] a partir de los estados iniciales de las neurosis.

En la histeria y en la neurosis obsesiva es evidente que la represión se dirige contra la función sexual en su forma definitiva, en la cual representa la aspiración a la procreación. Una vez más, esto resulta más claro que en ningún otro lugar en la histeria de conversión, porque no tiene complicación alguna; en la neurosis obsesiva, en cambio, hay primero regresión. Sin embargo, no hay que exagerar esta relación y no hay que admitir, llegado el caso, que la represión sólo se haga eficaz en este estadío de la libido. Al contrario, precisamente la neurosis obsesiva demuestra que la represión es un proceso general no libidinalmente dependiente, porque en su caso va dirigida contra el nivel previo. Lo mismo se muestra en el desarrollo: que la represión también es exigida en contra de las mociones perversas. Hemos de preguntarnos por qué aquí la represión tiene éxito, mientras que en otros casos no. Por su naturaleza misma, las tendencias libidinales son muy susceptibles de substitución, [vertretungsfähig] de modo que, en caso de represión de las tendencias normales, se refuerzan las perversas y viceversa. Con la función sexual, la represión no tiene otra relación que la de ser exigida como defensa contra ella, tal como sucede con la regresión y otros destinos de pulsión.

En la histeria de angustia, la relación con la pulsión sexual es menos precisa, por razones que hemos mostrado al tratar de la angustia. Parece que la histeria de angustia incluye aquellos casos en los cuales la exigencia de la pulsión sexual es rechazada como un peligro por ser demasiado grande. No se trata de ninguna condición especial derivada de la organización de la libido.



e) Regresión



[Es] el factor y el destino pulsional más interesante. Si partiésemos sólo de la histeria de angustia, no tendríamos ningún motivo para adivinarla. Se podría decir que aquí no entra en consideración, tal vez porque toda posterior histeria de angustia regresa tan claramente a una histeria de angustia infantil (la ejemplar disposición a la neurosis) y porque esta última aparece tan tempranamente en la vida. En cambio, las otras dos [neurosis de transferencia] son ejemplos perfectos de regresión, aunque ésta desempeña en cada una de ellas un papel distinto en la estructura de la neurosis.

En la histeria de conversión se trata de una fuerte regresión del yo, de un retorno a la fase en la que no hay división entre preconsciente e inconsciente, es decir, no hay lenguaje ni censura. La regresión sirve, sin embargo, para la formación de síntomas y para el retorno de lo reprimido. La moción pulsional, no aceptada por el yo actual, recurre a otro anterior, desde el cual encuentra una descarga, pero ciertamente de otro modo.

Ya hemos hecho mención de que en ello se da virtualmente una especie de regresión de la libido.

En la neurosis obsesiva sucede algo distinto. La regresión es una regresión de libido, no sirve al retorno [de lo reprimido] sino a la represión. Se hace posible por una fuerte fijación constitucional o una formación [Ausbildung] incompleta. En efecto, aquí el primer paso de la defensa le corresponde a la regresión; se trata mas de regresión que de inhibición del desarrollo; sólo entonces la organización regresiva y libidinal sufre una típica represión, que, no obstante, permanece sin éxito. Una parte de la regresión del yo se impone al yo desde la libido, o se da en el desarrollo incompleto del yo que aquí está en conexión con la fase libidinal (Separación de las ambivalencias.)





f) [Predisposición a la neurosis]



Detrás de la regresión se ocultan los problemas de la fijación y de la predisposición. Se puede decir, en general, que la regresión remite al pasado hasta un lugar de fijación bien en el desarrollo del yo, bien en el desarrollo de la libido; ese lugar representa la predisposición. Es éste,.por tanto, el factor [Moment] más determinante, aquel que proporciona la decisión en la elección de la neurosis. Merece, pues, la pena que nos detengamos en él.

La fijación se produce por el hecho de que una fase del desarrollo estaba demasiado marcada, o que tal vez duró demasiado tiempo como para hacer la transición sin resto a la siguiente. Es mejor no exigir una idea más clara acerca de cuáles sean las modificaciones en las que se conserva la fijación; aunque sí podernos decir algo acerca de su origen. Existen las mismas posibilidades de que esta fijación sea meramente congénita como de que se haya producido por impresiones tempranas, como de que, finalmente, ambos factores cooperen. Tanto más cuanto que se puede sostener que ambos factores son en el fondo ubicuos, ya que, por un lado, todas las disposiciones están constitucionalmente presentes en el niño y, por otro lado, las impresiones eficaces se dan para muchos niños de la misma manera. Se trata, pues, del más o del menos, y de una coincidencia eficaz. Puesto que nadie está inclinado a negar los factores constitucionales, es tarea del psicoanálisis sostener enérgicamente también la parte legítima de las adquisiciones de la temprana infancia.

Por cierto, que se reconoce más claramente en la neurosis obsesiva el momento constitucional que en la histeria de conversión el accidental, esto hay que admitirlo. La distribución en detalle es aún dudosa.

Allí donde el factor constitucional de la fijación entra en consideración, no por ello queda descartada la adquisición; ésta solamente retrocede a una prehistoria aún más temprana, ya que con todo derecho se puede decir que las disposiciones heredadas son restos de la adquisición de los antepasados. Con ello tocamos el problema de la disposición filogenética detrás de la individual o la ontogenética; no podemos ver contradicción alguna en que el individuo añada a su disposición heredada sobre la base de vivencias anteriores [a él], nuevas disposiciones a partir de sus propias vivencias. ¿Por qué el proceso que crea una disposición sobre la base de vivencias debería extinguirse precisamente en el individuo cuya neurosis estamos investigando? O bien, ¿crearía este individuo una disposición para sus descendientes sin poderla adquirir para sí? Más bien parece tratarse de una complementación necesaria.

Aún no podemos valorar hasta qué punto la disposición filogenética puede contribuir a la comprensión de la neurosis. Para ello se requeriría también que la consideración fuese más allá del estrecho ámbito de las neurosis de transferencia. En todo caso, el más importante de los caracteres distintivos de las neurosis de transferencia no ha podido ser tomado en consideración en esta sinopsis porque, al ser común a todas ellas, no llama la atención y sólo lo haría por contraste al considerar también las neurosis narcisísticas. En esta ampliación del horizonte la relación entre el yo y el objeto se pondría en primer plano, y el distintivo común resultaría ser el aferrarse al objeto. Aquí están permitidos algunos preparativos.

Espero que el lector, que hasta aquí ha notado en lo aburrido de muchos párrafos hasta qué punto todo se construye sobre una cuidada y trabajosa observación, será paciente si también alguna vez la crítica retrocede ante la fantasía, y si exponemos cosas no confirmadas sólo porque son estimulantes y abren puntos de vista más amplios [Blick in die Ferne].

Es legítimo suponer, además, que también las neurosis deben dar fe de la historia evolutiva anímica del ser humano. Ahora bien, en el ensayo ["Formulaciones] sobre los dos principios [del acaecer psíquico» (1911b)] creo haber demostrado que a las tendencias sexuales del ser humano les podemos atribuir otro desarrollo que a las tendencias yoicas. La razón es esencialmente que las primeras pueden, durante un cierto tiempo, satisfacerse autoeróticamente, mientras que las tendencias yoicas, desde el principio necesitan un objeto y por tanto la realidad.

Cuál sea el desarrollo de la vida sexual humana, es algo que a grandes rasgos creemos haber aprendido (Tres ensayos de teoría sexual [1905d]). El del yo humano, esto es, el de las funciones autoconservadoras y de las formaciones derivadas de ellas, es más difícil de hacer transparente. Sólo conozco el único intento de Ferenczi, quien aprovecha las experiencias psicoanalíticas con este fin. Nuestra tarea sería evidentemente mucho más fácil si, a la hora de comprender las neurosis, la historia evolutiva del yo nos fuese dada desde alguna otra fuente, en lugar de tener que proceder ahora en dirección inversa. En este punto llegamos a tener la impresión de que la historia evolutiva de la libido repite un fragmento mucho más antiguo del desarrollo [filogenético] que el desarrollo del yo; acaso la primera repite las condiciones de la clase de los vertebrados, mientras que el segundo dependería de la historia de la especie humana. Ahora bien, existe una serie [Reihe] con la que se pueden relacionar diversas ideas que van muy lejos. Esta serie se produce cuando ordenamos las neurosis psíquicas (no solamente las neurosis de transferencia) según el momento en que suelen aparecer en la vida individual. Entonces, la histeria de angustia, que casi no tiene condiciones previas, es la más temprana; a ella le sigue la histeria de conversión (desde aproximadamente el cuarto año); aun algo más tarde, en la prepubertad (9-10 años), se presenta en los niños la neurosis obsesiva. Las neurosis narcisistas están ausentes en la infancia. Entre ellas, la demencia precoz en su forma clásica es una enfermedad de los años de pubertad, la paranoia es más cercana a los años de madurez, y la melancolía-manía también al mismo lapso, aunque aparte de esto es indeterminable.

La serie es por tanto: histeria de angustia - histeria de conversión -neurosis obsesiva - demencia precoz - paranoia - melancolía-manía.

Las disposiciones de fijación de estas afecciones también parecen constituir una serie, pero de sentido inverso, especialmente cuando consideramos las disposiciones libidinales. Resultaría, por tanto, que cuanto más tarde se presenta la neurosis, tanto más temprana es la fase libidinal a la que debe regresar. Esto vale sin embargo, sólo a grandes rasgos.

Indudablemente la histeria de conversión se dirige contra el primado de los genitales, la neurosis obsesiva contra la fase previa sádica, el conjunto de las tres neurosis de transferencia contra el desarrollo libidinal realizado. Las neurosis narcisistas en cambio se remontan a fases anteriores al encuentro de objetos; la demencia precoz regresa hasta el autoerotismo, la paranoia hasta la elección narcisista y homosexual de objeto y en la melancolía subyace la identificación narcisista con el objeto. Las diferencias se hallan en el hecho de que la demencia indudablemente se presenta más tempranamente que la paranoia, aunque su disposición libidinal se remonte más atrás, y en el hecho de que la melancolía-manía no permite una localización segura en la sucesión temporal. Así, no se puede sostener que la serie temporal de las psiconeurosis, de cuya existencia no cabe dudar, sólo esté determinada por el desarrollo de la libido. En la medida en que esto sea cierto, se subrayaría más bien la relación inversa entre ellos. También es un hecho conocido que con el avance de la edad, la histeria o la neurosis obsesiva pueden convertirse en demencia, pero que nunca sucede lo contrario.

Ahora bien, podemos construir otra, serie, filogenética, que realmente es paralela a la sucesión temporal de las neurosis. Sólo que para ello es preciso empezar desde muy lejos y tolerar algún que otro elemento hipotético intermedio.

El doctor Wittels fue el primero en formular la idea de que la existencia del animal humano primitivo habría transcurrido en un medio inmensamente rico, satisfactorio para todas las necesidades [Bedürfnisse] y cuya resonancia hemos conservado en el mito del paraíso original. En ese medio podría haber superado la periodicidad de la libido que aún es propia de los mamíferos. Ferenczi, en el trabajo que ya hemos citado, muy rico en reflexiones, expresó luego la idea de que el posterior desarrollo de ese ser humano primitivo se produjo bajo la influencia de los destinos geológicos de la tierra y que de manera especial las necesidades vitales [Not] de las épocas glaciales le trajo el estímulo para su desarrollo cultural. Pues generalmente se admite que en la época glacial la especie humana ya existía y que sufrió su influencia.

Si tomamos la idea de Ferenczi, se nos ofrece la tentación de reconocer en las distintas predisposiciones -a la histeria de angustia, a la histeria de conversión y a la neurosis obsesiva- regresiones a fases que antiguamente hubo de sufrir toda la especie humana, desde el principio hasta el final de la época glacial; de este modo, los seres humanos eran entonces tal como hoy lo es, por sus disposiciones congénitas y por una adquisición nueva, solamente una parte de la humanidad. Naturalmente, las imágenes no pueden coincidir del todo, porque la neurosis contiene más de lo que comporta la regresión. La neurosis es también una expresión de la resistencia contra esta regresión; es un compromiso entre lo arcaico antiguo y la exigencia de lo culturalmente nuevo. Esta diferencia tendrá que ser especialmente marcada en la neurosis obsesiva, que está, como ninguna otra, bajo el signo de la contradicción interna. Pero la neurosis debe, en la medida en que lo reprimido ha vencido en ella, volver a traer la imagen arcaica.





1) Lo primero que podríamos dar por sentado sería que la humanidad, bajo la influencia de las privaciones que la irrupción de la época glacial le impuso, se volvió en general angustiada [ängstlich]. El mundo exterior, que hasta entonces había sido predominantemente amable y que habría ofrecido todas las satisfacciones, se convirtió en una acumulación de peligros amenazantes. Se daban así todos los motivos para la angustia real [Realangst] ante todo lo nuevo. La libido sexual no perdió ciertamente sus objetos en un principio, puesto que son humanos, pero se puede pensar que, amenazado en su existencia, el yo se distanció hasta cierto punto de la investidura objetual, conservó la libido en el yo, y transformó así en angustia real lo que anteriormente había sido libido objetal. Ahora bien, en la angustia infantil vemos todavía que el niño, en caso de insatisfacción, transforma la libido objetal en angustia real ante lo extraño, pero también que generalmente tiende a sentir angustia ante todo lo nuevo. Hemos tenido una larga discusión acerca de si la angustia real o la angustia de añoranza [Sehnsuchtangst] es lo más primario, si el niño transforma su libido en angustia real porque la considera demasiado grande y peligrosa, para llegar así en general a la representación del peligro, o si no es que cede más bien a una capacidad general de angustia [allgemeinen Ängstlichkeit] con la cual aprende también a temer a su libido insatisfecha. Nos inclinaríamos más a suponer lo primero, a anteponer la angustia de añoranza; pero para ello echamos en falta una predisposición especial. Teníamos que explicarlo como una tendencia infantil. general. La consideración filogenética parece mediar ahora en la disputa en favor de la angustia real y nos hace suponer que una parte de los niños traen consigo la capacidad de angustia del comienzo de las eras glaciales, y que merced a ellas son inducidos ahora a tratar la libido insatisfecha, como un peligro externo. El relativo exceso de libido tendría su origen, sin embargo, en la misma disposición y haría posible una nueva adquisición de la capacidad de angustia ya existente. De cualquier modo, la discusión acerca de la histeria de angustia daría un resultado favorable a la preponderancia de la predisposición filogenética sobre todos los demás factores.

2) Con el avance de los tiempos duros y por la amenaza contra su existencia, para los hombres primitivos tenía que producirse un conflicto entre la autoconservación y el deseo [Lust] de procreación, tal y como se suele expresar en la mayoría de los casos típicos de histeria. No habría suficiente alimento para permitir una proliferación de las hordas humanas, y las fuerzas individuales no bastaban para mantener con vida a tantos desamparados. La matanza de los recién nacidos halló seguramente una resistencia en el amor, especialmente el de las madres narcisistas. La restricción de la procreación llegó a ser, por tanto, un deber social. Las satisfacciones perversas, que no llevan al engendramiento de hijos, escaparon a esta prohibición, con lo que se promovió una cierta regresión a la fase libidinal anterior a la primacía de los genitales. Las limitaciones, la abstinencia, tenían que afectar más duramente a la mujer que al hombre, más despreocupado por las consecuencias de la práctica sexual. Toda esta situación corresponde manifiestamente a las condiciones de la histeria de conversión. De la sintomatología de la misma concluimos que el ser humano aún carecía de lenguaje cuando, por la necesidad vital [Not] no dominada, se impuso la prohibición de la procreación, esto es, cuando aún no se había tampoco construido el sistema preconsciente sobre su inconsciente. A la histeria de conversión regresa, por tanto, aquel que, teniendo predisposición a ella, especialmente la mujer, se halla bajo la influencia de prohibiciones que pretenden excluir la función genital, a la vez que impresiones tempranas fuertemente excitantes impulsan [drängen] hacia la actividad genital.

3) La evolución ulterior es fácil de construir. Concernía especialmente al hombre. Después de aprender a economizar la libido y después de rebajar la actividad sexual por regresión a una fase anterior, el uso de la inteligencia ganaba para él un papel principal. Aprendió a investigar, a comprender algo el mundo hostil y a asegurarse por medio de inventos un primer dominio sobre el mundo. Se desenvolvió bajo el signo de la energía, desarrolló los comienzos del lenguaje y hubo de dar a las nuevas adquisiciones una gran importancia. El lenguaje era magia para él, sus pensamientos le parecían omnipotentes, comprendía el mundo de acuerdo con su yo. Ésta es la época de la visión del mundo animista con su técnica mágica. Como compensación a su capacidad para procurar a otros tantos desamparados la seguridad de la vida, se arrogó una ilimitada dominación sobre ellos; representó en su persona los dos primeros postulados: que él mismo era invulnerable y que no se le podía disputar la libre disposición sobre las mujeres. Hacia el final de este período, el género humano estaba escindido en distintas hordas que un hombre fuerte, sabio y brutal dominaba como padre. Es posible que la naturaleza egoísta, celosa e irrespetuosa que, de acuerdo con consideraciones etnopsicológicas, atribuimos al padre primitivo de la horda humana, no hubiese existido desde el principio, sino que se hubiese formado en el transcurso de las graves épocas glaciales como resultado de la adaptación a la necesidad.

Pues bien, los caracteres de esta fase de la humanidad los repite ahora la neurosis obsesiva; una parte de ellos de una manera negativa, ya que las formaciones reactivas [de la] neurosis corresponden también en parte a la resistencia contra este retorno. La sobrevaloración del pensamiento, la enorme energía que retorna en la obsesión [Zwang], la omnipotencia de los pensamientos, la tendencia a leyes inquebrantables son rasgos inalterados. Pero en contra de los impulsos brutales que quieren sustituir la vida amorosa, se alza la resistencia de posteriores desarrollos, la cual, desde el conflicto libidinal, finalmente paraliza la energía vital del individuo y sólo deja subsistir, como obsesión [Zwang], los impulsos desplazados a asuntos irrelevantes. Así, este tipo humano, el más valioso para el desarrollo cultural, se extingue por las exigencias de la vida amorosa en su retorno, como el grandioso tipo del padre primitivo mismo que, aunque posteriormente retornó como divinidad, en la realidad se ha extinguido por las condiciones familiares que él mismo se creó.

4) Hasta aquí llegaríamos en el cumplimiento de un programa previsto por Ferenczi, consistente en «poner en consecuencia los tipos regresivos neuróticos con las etapas de la historia de la especie humana», tal vez sin desencaminarnos por especulaciones demasiado atrevidas. Para las manifestaciones de las neurosis narcisísticas, ulteriores y más tardías, nos faltaría, sin embargo, toda conexión si no viniera en nuestra ayuda la suposición de que la disposición a ellas sería adquirida por una segunda generación, cuyo desarrollo conduce a una nueva fase de la cultura humana.

Esta segunda generación se inicia con los hijos a los cuales el padre primitivo no deja libertad. Hemos establecido en otro lugar (Tótem y tabú [1912-1913)] que éste los expulsa cuando han alcanzado la etapa de la pubertad. Las experiencias psicoanalíticas nos advierten, no obstante, que hay que poner una solución distinta y más cruel en su lugar, concretamente que los priva de su virilidad, de modo que luego pueden permanecer en la horda como peones inofensivos. El efecto de la castración en aquel tiempo arcaico lo podemos imaginar, sin duda, como una extinción de la libido y una detención del desarrollo individual. La demencia precoz, especialmente como hebefrenia, parece repetir un estado así, ella que conduce al abandono de todo objeto de amor, a la involución de todas las sublimaciones y a la regresión al autoerotismo. El joven individuo se comporta como si hubiese sufrido la castración; incluso auto castraciones reales no son raras en esta afección. Por lo demás, las características más notables de la enfermedad, como las alteraciones del lenguaje y las crisis alucinatorias, no se pueden incluir en este cuadro filogenético, porque corresponden a los intentos de curación, a los múltiples esfuerzos para recuperar el objeto; estas características, en el cuadro de la enfermedad, son casi más llamativas temporalmente que los fenómenos de involución.

Con la suposición de que los hijos han sufrido un trato así se relaciona una cuestión a la que de paso hay que responder: ¿De dónde les viene a los padres primitivos la sucesión y su sustitución, si se deshacen de esta manera de sus hijos? Atkinson [1903] ya señaló el camino al subrayar que sólo los hijos mayores tenían que temer la plena persecución del padre, y que en cambio el menor -pensándolo esquemáticamente- gracias a los ruegos de la madre, pero sobre todo a consecuencia del envejecimiento del padre y de su necesidad de asistencia, tenía la perspectiva de escapar a ese destino y convertirse en sucesor del padre. Esta preferencia por el más joven fue eliminada radicalmente en la siguiente formación social y substituida por el privilegio del hijo mayor. Sin embargo, en el mito y en la leyenda, esa preferencia se ha conservado de manera muy reconocible.

5) La siguiente transformación sólo podía consistir en que los hijos amenazados se sustrajeran a la castración mediante la huida y que aprendieran, aliándose entre ellos, a asumir la lucha por la vida. Esta convivencia tenía que producir los sentimientos sociales y podía estar basada en la insatisfacción sexual homosexual. Es muy posible que en la transmisión hereditaria del estado de esta fase se pueda ver la disposición hereditaria a la homosexualidad tan largamente buscada. Surgidos aquí de la homosexualidad, por sublimación, los sentimientos sociales se tornaron empero una adquisición duradera de la humanidad y la base de toda sociedad posterior. Visiblemente, la paranoia reproduce el estado de esta fase; más correctamente, la paranoia se defiende contra el retorno de esta misma fase, en la cual no faltan las alianzas secretas y donde el perseguidor desempeña un papel imponente. La paranoia trata de rechazar la homosexualidad que había estado en la base de la organización fraterna y debe por esto expulsar al afectado de la comunidad y destruir sus sublimaciones sociales.

6) La integración de la melancolía-manía en este contexto parece topar con la dificultad de que no se puede indicar con seguridad un tiempo normal para la aparición individual de esta dolencia neurótica. Sin embargo, es seguro que pertenece antes a la edad de la madurez que a la infancia. Si nos fijamos en la característica alternancia entre depresión y euforia, es difícil no recordar la tan parecida sucesión de triunfo y duelo que constituye una componente regular de las festividades religiosas: duelo por la muerte del dios, triunfal alegría por su resurrección. Esta ceremonia religiosa, sin embargo -tal como lo hemos colegido de las indicaciones de la etnopsicología-, sólo en dirección inversa repite el comportamiento del clan fraterno después de haber vencido y matado al padre primitivo: triunfo por su muerte y luego duelo por ella, porque, no obstante, todos lo habían venerado como modelo. Así, este gran acontecimiento de la historia de la humanidad, que puso fin a la horda primitiva y que la substituyó por la organización triunfante de los hermanos, daría la predisposición para la peculiar sucesión de estados de ánimo que reconocemos como especial afección narcisística, junto con las parafrenias. El duelo por el padre primitivo surge de la identificación con él, y ya hemos demostrado que esta identificación es la condición del mecanismo melancólico.

Resumiendo, podemos decir: las predisposiciones para las tres neurosis de transferencia fueron adquiridas en la lucha por remediar la necesidad vital de las eras glaciales; después de eso, las fijaciones que subyacen a las neurosis narcisistas se derivan de la presión ejercida por el padre, quien tras el final de la era glacial asume y sigue desempeñando por así decirlo el papel de aquella necesidad frente a la segunda generación. Tal como la primera lucha lleva al nivel cultural patriarcal, la segunda lleva al social, pero de ambas luchas resultan las fijaciones que en su retorno tras de milenios se convierten en la predisposición de los dos grupos de neurosis. También, en este sentido, la neurosis es pues una adquisición cultural.

La cuestión de si el paralelismo aquí esbozado es algo más que una comparación lúdica, o en qué medida puede iluminar los enigmas aún no resueltos de la neurosis, es algo que puede dejarse como tarea oportuna para ulteriores análisis y para la clarificación mediante nuevas experiencias.

Ahora ha llegado el momento de pensar [en una] serie de objeciones que nos advierten que no debemos sobreestimar las deducciones que hemos alcanzado a elaborar.

De entrada, a cualquiera se le impondrá que la segunda serie de predisposiciones, la de la segunda generación, sólo la pudieron adquirir los hombres (en cuanto hijos), mientras que la demencia precoz, la paranoia y la melancolía las producen igualmente las mujeres. Las mujeres en los tiempos arcaicos vivían bajo condiciones aún más distintas que hoy. Además, estas disposiciones comportan una dificultad de la cual las de [la] primera serie están libres: parecen haber sido adquiridas bajo unas condiciones que excluyen la herencia. Es evidente que los hijos castrados e intimidados no llegan a la reproducción, o sea, que no pueden dar continuidad a su disposición (demencia precoz). Pero el estado psíquico de los hijos expulsados y unidos en la homosexualidad tampoco puede influir en la generación siguiente, puesto que se extinguen como ramas laterales infértiles de la familia mientras aún no han triunfado sobre el padre. Mas si lo logran, ese triunfo es entonces la vivencia de una sola generación, por lo cual debe desestimarse la necesaria reproducción ilimitada de esta vivencia.

Como puede pensarse, no hay que ser tímido, en áreas tan oscuras, a la hora de hallar respuestas. Pues esta dificultad coincide en el fondo con otra planteada anteriormente: ¿cómo se reprodujo el padre brutal de la era glacial, puesto que no era inmortal como su copia divina? De nuevo se ofrece como solución el hijo menor que más tarde se vuelve padre y que, si bien él mismo no está castrado, conoce, sin embargo, el destino de sus hermanos mayores y lo teme para sí; ese hijo menor habrá tenido probablemente la tentación, como los más afortunados entre ellos, de huir y de renunciar a la mujer. Así quedaría siempre, junto a los hombres excluidos como infértiles, una cadena de otros hombres que experimentan en su persona los destinos del género masculino y que como disposiciones los pueden transmitir por herencia. El punto de vista esencial se mantiene: para el hijo menor la necesidad vital de los tiempos la reemplaza la presión del padre. El triunfo sobre el padre tiene que haber sido planeado y fantaseado a través de incontables generaciones antes de lograr realizarlo.

La extensión a la mujer de las disposiciones producidas por la presión del padre parece presentar dificultades todavía mayores. Los destinos de la mujer en esos tiempos arcaicos se nos ocultan en una especial oscuridad. Así podrían entrar en consideración condiciones de vida que no hemos reconocido. La más grave dificultad nos la resuelve, sin embargo, la observación de que no debemos olvidar la bisexualidad del ser humano. Así puede la mujer adoptar las disposiciones adquiridas por el hombre y hacerlas aparecer ella en sí misma.

Tengamos claro, no obstante, que con estas soluciones, en el fondo, no hemos logrado otra cosa que sustraer nuestras fantasías científicas al reproche de que sean absurdas. En conjunto conservan su valor como sanas desilusiones, si es que tal vez hemos estado en vías de situar las disposiciones filogenéticas por encima de todo lo demás. Si las constituciones arcaicas retornan en los individuos nuevos y los empujan a la neurosis por medio del conflicto con las exigencias del presente, ello no sucede en una proporción que pueda fijarse como ley.

Queda espacio para adquisiciones nuevas y para influencias que no conocemos. En conjunto no estamos al final, sino al principio de una comprensión del factor filogenético.

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Este texto es el borrador del duodécimo trabajo sobre metapsicología de 1915.

Traducción al español de Angela Ackermann y Antoni Vicens, publicado por la Editorial Ariel de Barcelona en 1989, no está incluido en ninguna de las ediciones de las Obras Completas.

PP.



miércoles, 2 de marzo de 2011

consultas presenciales y vía mail

Para realizar consultas por correo electrónico o acordar horarios de encuentro con María Baigorria, ayudante alumna de Psicopatología Psicoanalítica, pueden escribirles a maria_i84 [arroba] hotmail.com

domingo, 12 de septiembre de 2010

ELEMENTOS PARA PENSAR LA PROBLEMÁTICA SOBRE EL METODO PSICOANALITICO

Clara Cecilia Mesa



ABSTRACT

Este texto fue presentado en la 3a sesión del Seminario de Investigación de la Maestría de Ciencias Sociales : Psicoanálisis, Cultura y Vínculo Social, con el fin de renovar la problemática tanto conceptual como epistemológica que intenta dar al psicoanálisis un lugar dentro de la Ciencia, sin que sea posible acomodarle facilmente de un lado o de otro, ni dentro de la Ciencia de la Naturaleza ni de las hoy llamadas Ciencias Sociales. Definir la particularidad de su objeto, así como lo novedoso de su campo se hace necesario para poder determinar cuál es el método que habrá de permitir el rigor en las investigaciones en Psicoanálisis y con Psicoanálisis, según la pertinencia de cada una de las que se cursarán en la Maestría.



El recorrido para dar cuenta de un modelo propiamente psicoanalítico de investigación, habrá de ser largo y dispendioso pues habrá de implicar, para decirlo con Heidegger (1) delimitar el "sector abierto" o el campo en cual se construirá su propio "sector de objetos a partir del cual un proyecto de investigación asegurado por el rigor podrá dar cuenta de aquello que define su práctica.



Si bien, más adelante, abordaremos más detenidamente y en rigor el momento histórico, el momento lógico en la historia de la ciencia que hizo posible la emergencia del psicoanálisis y que podremos entonces discutir su estatuto científico, las relaciones entre el psicoanálisis y la ciencia incluso sobre las condiciones de ruptura epistemológica, hoy nos ocuparemos a modo de entrada, de abrebocas, de los elementos fundamentales en la obra Freudiana para la construcción de su método particular así como la delimitación de un "sector de objetos" en un campo abierto ya por la pregunta por el ser del hombre que le venía desde la filosofía y que había producido ya allí algunas respuestas.



El momento en que surge la propuesta Freudiana, es un momento de una verdadera revolución epistémica, es final del siglo XIX y la emergencia de las llamadas Ciencias del Espíritu o llamadas también "Ciencias Morales" por cuanto provenían del campo de la Filosofía y la Historia, hoy llamadas también Ciencias Humanas y Ciencias Sociales. Esta emergencia agitó grandes pasiones teóricas, removió el piso al saber científico, pues las nuevas ciencias se reclamaban como portadoras de un saber distinto abriendo una dualidad entre Ciencias de la Naturaleza y Ciencias del Espíritu.



Según Assoun ""la situación se fundaba en una distinción entre la esfera de la naturaleza, justiciable de los métodos que habían dado pruebas de sus aptitudes en la ciencia clásica (Galileana) y una esfera de la historia y del hombre que tenía que dotarse de una metodología sui generis "



1883, el año en que Freud inicia sus práctica médica es el momento en que estalla la llamada "querella de los métodos", es el año en que aparece el libro de Carl Menger "Consideraciones sobre los métodos de las ciencias sociales" y "La introducción a las Ciencias del Espíritu de Wilhem Dilthey quien abre camino como el teórico principal de las Ciencias del Espíritu , hijo de un pastor luterano (En la segunda parte veremos cómo la reforma luterana abre el camino para movimientos epitemológicos que harían posible la emergencia del psicoanálisis) quien quiso fundamentar la historia y las demás ciencias que se relacionan con el hombre en cuanto ser histórico y social, demostrando que el método de las ciencias naturales no hace justicia a su peculiaridad.



Así, escribe W. Dilthey en 1911, el año de su muerte, en el prólogo a su V volumen de su "Introducción a las Ciencias del Espíritu" : "La Filosofía de las Ciencia Positiva no satisface la fundamentación de las Ciencias del Espíritu. De esta situación surgió el impulso que domina mi pensamiento filosófico que pretende comprender la vida por sí misma. Este impulso me empujaba a penetrar cada vez más profundamente en el mundo histórico con el propósito de escuchar las palpitaciones de su alma ; y el rasgo filosófico consistente en el afán de buscar el acceso a esta realidad, de fundar su validez, de asegurar el conocimiento objetivo de la misma, no era sino el otro aspecto de mi anhelo por penetrar cada vez más profundamente en el mundo histórico" (4)



El objeto de estas ciencias pues no sería lo externo, o ajeno al hombre sino el hombre mismo, es decir el enfrentamiento de ambos métodos implicaba también el enfrentamiento de objetos particulares, mientras de un lado estaba el problema" del nexo entre la materia y la fuerza, y de la esencia respectiva de la fuerza y la materia, por otra parte estaba el problema de la conciencia en su relación con las condiciones materiales y los movimientos, el problema por la sustancia ( fondo o principio comande las fuerzas de la materia) y cómo esa sustancia siente, desea, piensa" (3) los que desde su comienzo se planteaban como incalculable, incognoscible.



Ya 90 años antes, Kant había propuesto como un límite a la ciencia de la naturaleza el hecho de que no sólo existían los fenómenos que la experiencia permite delimitar, medir, cuantificar ordenar y finalmente conocer, sino que además existen los Noumeno o "cosas en sí" que no pueden ser conocidos a través de la experiencia, que solo pueden ser conocidos a través de la imaginación o el pensamiento, esto es por categorías a priori, es decir categorías que funcionan independientemente de la experiencia y que determinan las condiciones del conocimiento.



En ese campo abierto propone Freud un objeto particular de estudio, una esfera determinada de fenómenos a los que llama los fenómenos inconscientes los que trató de ajustar al modelo de la ciencia a pesar de que como dice él mismo " Desde muy diversos sectores se nos ha discutido el derecho a aceptar la existencia de un psiquismo inconsciente y a laborar científicamente con esta hipótesis" (5) ... y acuña su objeto en la propuesta Kantiana diciendo : "Del mismo modo que Kant nos invitó a no desatender la condicionalidad subjetiva de nuestra percepción y a no considerar nuestra percepción idéntica a lo percibido incognoscible, nos invita el psicoanálisis a no confundir la percepción de la consciencia con los procesos psíquicos objeto de la misma" (6)



Estos que apenas son trazos del recorrido epistemológico que amerita hacer para ubicar al psicoanálisis respecto de las ciencias, nos da elementos para hacer una apuesta por la vía que Freud pudo tomar en la llamada querella de los métodos, su momento era distinto y tenía la alternativa, podía optar entre inscribir su naciente ciencia entre las naturales o bien entre las del espíritu, habrá que ver cómo opta Freud.



Muy temprano, en 1895 se propone su proyecto de investigación titulado precisamente "Proyecto" aunque él mismo no lo tituló y sólo fue dado a la luz pública 11 años después de su muerte, es un proyecto a través del cual pretendía presentar su nueva psicología para los neurólogos de su época, época esencialmente neurocentrista. Comienza su proyecto con todo ahorro de rodeos diciendo : " La finalidad de este proyecto es la de estructurar una psicología que sea una ciencia natural ; es decir representar los procesos psíquicos como estados cuantitativamente determinados..." (7) por un lado se ocupa de los procesos cuantitativos, pero además más adelante entre las tesis básicas se ocupa del problema de la cualidad porque considera que una teoría psicológica, además de cumplir los requisitos planteados por el enfoque científico natural debe satisfacer aún otra demanda fundamental, en efecto debe explicarnos todo lo que conocemos de la manera más enigmática a través de nuestra consciencia, a pesar de que se presentan como fenómenos que parecen darse independientes de la conciencia.



Es el primer encuentro con la paradoja del psicoanálisis, la ambición Freudiana no renunció nunca a inscribir su ciencia entre las Ciencias Naturales, el modelo propuesto en sus comienzos y veremos de que modo es permanente, es el modelo de investigación de las ciencias de la naturaleza a pesar que el campo desde el cual había tomado su objeto era de la filosofía así dice "El Psicoanálisis parte de un supuesto básico cuya discusión concierne al pensamiento filosófico pero cuya justificación radica en sus propios resultados.."(8) De allí sin duda la dimensión paradojal, pero también la atopia particular que caracteriza al psicoanálisis, la impresión de ser extimo a cualquier campo que se le confronte.



Actualmente se ven perfectamente estas dificultades, por ejemplo si nos atenemos a los manuales DSM a lo largo de su evolución, el DSM I que es de 1952 y el DSM II, de 1968 entienden los trastornos asociados a la ansiedad como trastornos psiconeuróticos, que es el término que usó Freud para denotar el origen psíquico de las neurosis y no tanto en el DSM I como en el DSM II se produce una vuelta intensa a la psicopaología Freudiana, considera los factores etiológicos y atribuye a los fenómenos inconscientes la causa del malestar de un sujeto y se define la neurosis como Freud, como una defensa contra la angustia, sin embargo el cientificismo creciente determinó que "los trastornos expresados por fenómenos inconscientes y sujetos a hipótesis teóricas de poca contrastación empírica hacían que estos sistemas fueran de escasa fiabilidad y validez, en consecuencia el DSM III presenta como avance científico que es más descriptivo y detallado, más específico, por ejemplo los trastornos de ansiedad (angustia) son definidos con gran especificidad y operatividad de criterios, es más fiable y más válido puesto que elude los supuestos etiológicos psicodinámicos, es ateórico y se centra más en conductas observables que en conductas inferidas, sobre todo al suprimir las premisas psicoanalíticas " (9) y del DSM IV no hay mucho que hablar, se declara como un " Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos Mentales, para el cual la utilidad y credibilidad exigen que se centre en objetivos clínicos, de investigación y educacionales y se apoye en fundamentos empíricos sólidos"(10)



Freud, sin embargo se esforzó en demostrar cómo no existiendo verificación objetiva del psicoanálisis ni posibilidad alguna de demostración podría mantenerse como una disciplina científica y hacer de él una enseñanza, es decir cómo a pesar de ello podía transmitirse un saber a partir él.



Tiene un interesante recorrido ya posterior al Proyecto, en 1915, en una de las Lecciones Introductorias a propósito de los actos fallidos, en la que se propone investigar otras oscuras regiones de la vida anímica, pues siempre consideró que la psicología que no pudiese explicar los sueños o los actos fallidos, tampoco podría nunca explicar la vida anímica normal y menos aún aspirar a ser ciencia.



Lo que pretende investigar en otras obscuras regiones de la vida psíquica es cómo las analogías entre unas y otras puedan "aportarnos el valor para formular las hipótesis susceptibles de conducirnos a una explicación más completa... pero advierte que el guiarse sólo por pequeños indicios trae determinados peligros, entre ellos, ninguna garantía de exactitud ". La propuesta entonces que tiene para evitar tal peligro es "dar a nuestra observaciones la más amplia base posible, es decir, comprobando que las impresiones que hemos recibido en el estudio de los actos fallidos se repiten al investigar esas otras regiones de la vida anímica. Deja por lo tanto una advertencia :



"Conservad en vuestra memoria a título de modelo, el modelo seguido en el estudio de los actos fallidos, método que ya habrá revelado a vuestros ojos cuáles son las intenciones de nuestra psicología . No queremos limitarnos a describir y clasificar los fenómenos, queremos también concebirlos como indicios de mecanismos que funcionan en nuestra alma y cómo la manifestación de tendencias que aspiran a un fin definido y laboran unas veces en una dirección y otras en direcciones opuestas. Intentamos pues formarnos una concepción dinámica de los fenómenos psíquicos, concepción en la cual los fenómenos observados pasan a segundo término, ocupando el primero las tendencias de las que suponemos que son indicios" (11)



Es decir su investigación en este primer momento sabe que el rigor depende de haber definido un rasgo fundamental a partir del cual definir un sector de objetos que al decir de Heidegger "Este es el que ofrece la medida y la vincula a la condición del representar anticipador" Pág. 81.(12) Por lo demás, no hay la menor duda de que Freud intentó mantener el modelo de las ciencias naturales, pero al mismo tiempo no perdió nunca de vista que su objeto de estudio "Los procesos inconscientes" si bien podían adecuarse a la teoría física de la corriente de fluidos eléctricos gracias a su teoría de la "derivación por reacción", por cuanto se caracterizan por un montante del afecto, magnitud de excitación, que tiene todas las propiedades de una cantidad, es decir, es susceptible de aumento, disminución, desplazamiento y descarga que se extiende por los cuerpos, pero al contrario de la física, no poseemos medio alguno para medirlo (13)



Con esto nos introducimos en el segundo gran problema que había dejado planteado al principio, con respecto al objeto del psicoanálisis, me parece interesante considerar no el nombre en singular sino como lo propone Heidegger, "sector de objetos" o "campo de fenómenos" como lo define Freud pues efectivamente lo que Freud creó no fue solamente un objeto nuevo sino un campo, campo como terreno, como espacio, como se dice también del campo electromagnético, un campo que está sujeto a unas leyes particulares.



El campo de estudio del psicoanálisis se fue constituyendo cada vez más precisamente entorno al concepto "Fenómenos Inconscientes", los cuales para Freud, si bien no podían ser conocidos por medio de la experiencia positiva, sin embargo que estaban sujetos a unas leyes internas y que era por esas mismas leyes por las cuales podríamos conocerlos, es decir, el objeto en cuestión, si bien no cumple los criterios de la experiencia, la constatación, y la verificación puede mantenerse en el campo de las ciencias de la naturaleza por cuanto no son aleatorios, ni mágicos, ni fantasmagóricas suposiciones, sino que están sujetos a leyes. Así, posicionar al Inconsciente fue tal vez una tarea menos difícil que la que le implicó otro concepto este si estrictamente psicoanalítico frente al cual recibió siempre desde las ciencias naturales "la despectiva afirmación de que no podía confiarse en una ciencia cuyos conceptos superiores son tan poco precisos como el de pulsión en psicoanálisis" A ello respondió con una propuesta metodológica diciendo que los conceptos fundamentales claros y las definiciones precisamente delimitadas no son posibles en las disciplinas científicas sino cuando las mismas intentan integrar un conjunto de hechos dentro del cuadro de una construcción sistemática intelectual" (14)



El campo de fenómenos pues de los que el psicoanálisis se ocupa se mueve de un polo a otro, del inconsciente a la pulsión, esta sí entrañando enormes dificultades para ajustarla al modelo y fue ella, aún antes de que hubiese podido nombrarla como concepto fundamental del psicoanálisis, la que le dio desde el comienzo de su ciencia el carácter de atópico a su objeto. En la llamada querella de los métodos, incluso frente al dualismo mente - cuerpo , Freud se topó siempre con el problema de cómo inscribir una carga energética que no podía medir y que era irreductible, que se desplazaba por los cuerpos como un fluido eléctrico, pero del que el modelo físico ni químico satisfacían . Así la pulsión es un concepto estructuralmente paradójico a las ciencias haciendo inútil todo intento de reducción ya fuese a ala biología, ya fuese a una teoría del espíritu o de la mente. La pulsión en tanto que concepto límite entre lo psíquico y lo somático, como representante de lo somático ante lo psíquico, introduce en el "campo de fenómenos " del psicoanálisis y en el campo de las ciencias, una categoría de cuerpo diferente a lo orgánico y una categoría de psíquico diferente del espíritu.



Para terminar se puede plantear dos direcciones nuevas para pensar el problema del método psicoanalítico.



Por un lado, cada una de las ciencias había tomado en un largo proceso por supuesto, una propuesta metodológica, para las Ciencias de la Naturaleza es la EXPLICACION (Erlarken), para las Ciencias del Espíritu es COMPRENDER (Vertsehen) que tenía ya su tradición en la historia y en la teología, la hermenéutica, Freud allí también propone un terreno nuevo que no se implica en ninguna de ellas en particular y propone la INTERPRETACION (Deutung) al comienzo de su trabajo y CONTRUCCION una vez que ha encontrado un estatuto al interior de su disciplina para la pulsión.



Por otro lado se podrá interrogar de qué manera han incidido en el método finalmente analítico de Freud, hay que recordar que el significante PSICOANALISIS nombra no exactamente una disciplina sino un método, de que manera han incidido en la construcción del método analítico de Freud dos vertientes que estaban en su origen. El método CRITICo TRASCENDENTAL de Kant de quien toma apoyo para definir originalmente su objeto y del modelo físico químico, de las ciencias naturales a partir del cual propone que la palabra análisis significa descomposición, desagregación, lo cual hace pensar en la tarea del químico sobre las sustancias, de igual manera el analista se enfrenta con las pulsiones.







Notas



(1) HEIDEGGER, Martín. "La Epoca de la Imagen del Mundo" Caminos de Bosque. Madrid : Alianza Universidad (Número 793 ) 1984 Pág. 77



(2) ASSOUN, Paul Laurent. Introducción a la Epistemología Freudiana. España : Edit Siglo XXI, 1982. Pag.41



(3) ASSOUN, Paul Laurent. Ibid. Pág. 71.



(4) MARDONES, J.M. Filosofía de las Ciencias Humanas y Sociales. España : Anthropos, Editorial del Hombre. 1991. Pág 87



(5)FREUD, Sigmund. Lo Inconsciente. España : Edit Biblioteca Nueva 1973. Tomo II Pág. 2061



(6)FREUD, Sigmund. Ibid. Pág. 2064.



(7) FREUD, Sigmund. Proyecto de una Psicología para Neurólogos. España : Edit Biblioteca Nueva, 1973 . Pág. 211



(8) FREUD, Sigmund. Compendio del Psicoanálisis. España : Edit. Biblioteca Nueva, 1973. Tomo III pág. 3379



(9)BELLOCH, Amparo y Cols. Manual de Psicopatología. España : Edit Mc Graw Hill, 1997. Vol. II pág. 58.



(10)DSM IV



(11)FREUD, Sigmund. Lecciones Introductorias al Psicoanálisis. España : Edit. Biblioteca Nueva, 1973. Tomo II pág. 2159 y anteriores



(12)HEIDEGGER, Martín. Op. Cit. Pág. 81.



(13)FREUD, Sigmund. Las Neuropsicosis de Defensa. España : Edit. Biblioteca Nueva, 1973. Tomo I Pág 177.



(14)FREUD, Sigmund. Las Pulsiones y sus Destinos. España : Edit. Biblioteca Nueva, 1973. Tomo II Pág 2040.

domingo, 5 de septiembre de 2010

DECLINAN A UN PADRE: UN FANTASMA RECORRE EL PSICOANÁLISIS

Enrique Delgado Ramos



En la presente ponencia evaluaremos críticamente la amplia difusión que la hipótesis de la declinación del padre posee en la literatura psicoanalítica. Para ello, nos basaremos en los trabajos realizados por Markos Zafiropoulos (2002, 2006a, 2006b, 2006c) y, de acuerdo con este autor, sostendremos que la difusión de dicha hipótesis, a pesar de los datos históricos que la refutan, hunde sus raíces en la nostalgia del padre, propia de la novela familiar descrita por Freud (1988c). Partiendo de ello, destacaremos que el estudio psicoanalítico de las paternidades de nuestro tiempo requiere diferenciar y articular los aspectos estructurales e históricos relacionados con la constitución del psiquismo. De allí el valor heurístico de distinguir entre el padre de familia y la función simbólica del nombre del padre, pero también, entre el hijo de familia y el sujeto del inconsciente.

1. La hipótesis de la declinación del padre

Esta hipótesis puede encontrarse en autores de las más diferentes orientaciones teóricas, tanto en aquellas relacionadas con la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) como en las diferentes escuelas lacanianas. Enmarcada en los cambios que la estructura familiar ha experimentado a lo largo de los años, suele utilizarse con tres principales propósitos:

• Primero, para explicar el origen del propio psicoanálisis en la Viena de fines del siglo XIX, en donde la declinación de la familia patriarcal se habría percibido de manera particularmente intensa (Lacan 1978; Roudinesco y Plon 2008; Roudinesco 2006, 1994). Así, el psicoanálisis habría sido a la vez “(…) el síntoma y el remedio de un malestar de la sociedad burguesa, presa de las variaciones de la figura del padre “ (Roudinesco 2006: 100)

• Segundo, para explicar diversas manifestaciones del malestar en la cultura actual, como es el caso de los fenómenos de violencia social. Por ejemplo, Emiliano Galende destaca que:

“(…) los cambios en el lazo social, por la pérdida o atenuación de las identificaciones ideales con el padre, que, insisto, no abolían la agresividad pero la organizaban en sus sentidos colectivos e históricos, genera una violencia más flotante, inespecífica, que tiende a buscar su organización con la forma de colectivos de nuevo tipo, como bandas, grupos de “autoayuda”, neocomunidades, agrupamientos religiosos o místicos, nacionalismos xenófobos, fundamentalismos políticos o terrorismo” (Galende 1997: 234)

• Tercero, para explicar el incremento en la prevalencia de los trastornos narcisistas y borderlines, ó, en general, las denominadas “nuevas patologías” o los “nuevos síntomas”. Actualmente, estaríamos frente a configuraciones familiares distintas de la familia burguesa productora de las subjetividades estudiadas por Freud. En esa medida, las transformaciones sociales de la familia conllevarían un debilitamiento de las figuras identificatorias que estarían a la base de las problemáticas de estructuración subjetiva (Cantis 2000, Lasch 1991).

Un padre en declive cunde pues, tanto en la historia del psicoanálisis como en la clínica del caso y el análisis social. Veremos ahora algunos de los aspectos problemáticos que el sostener dicha hipótesis conlleva.

2. Problemáticas

Empecemos recordando cómo era la situación del pater familias romano, cuya autoridad social era menos absoluta de lo que en ocasiones se ha difundido. De acuerdo con el historiador Paul Veyne , si el pater familias tenía una esposa más noble y rica, ésta podía “pasar” tranquilamente de su autoridad. Asimismo, existía en Roma, aproximadamente un 30 % de población esclava, a cuyos padres no les corresponde ciertamente la imagen de un padre con una potente autoridad, posteriormente declinada. . Adicionalmente, Veyne nos refiere que en las familias de libertos podía darse que un hijo tuviera a su propio padre como esclavo. Muchas otras cosas se podrían decir respecto al mundo antiguo. Lo que queremos destacar es que el valor social del padre varía enormemente en cualquier periodo histórico o ubicación geográfica como para ubicar un declive particular en, por ejemplo, la Viena del siglo XIX.

Como se ha señalado, algunos autores han propuesto que la crisis familiar vienesa, caracterizada por el declive de la autoridad del padre, sería una línea explicativa del origen del psicoanálisis y el descubrimiento del Edipo. Sin embargo, si recordamos la situación social de los padres de los pacientes de Freud, es por lo menos difícil sustentar dicho planteamiento. Recordemos por ejemplo, cómo describe Freud al padre de Dora:

“En el caso cuyo historial nos disponemos a comunicar, el círculo familiar de la paciente – una muchacha de dieciocho años- comprendía a sus padres y a un único hermano, año y medio mayor que ella. La persona dominante era el padre, tanto por su inteligencia y sus condiciones de carácter como por las circunstancias externas de su vida, las cuales marcaron el curso de la historia infantil y patológica del sujeto. Gran industrial, de infatigable actividad y dotes intelectuales poco vulgares, se hallaba en excelente situación económica…” (Freud 1988d: 940)

Señalemos también que Max Graf, el padre de Juanito, era crítico y musicólogo en Viena, o que el padre de Serguei Constantinovich, el hombre de los lobos, era un político perteneciente a la nobleza terrateniente de Rusia (Roudinesco 2008, Zafiropoulos 2002) .

Respecto a la declinación del padre como línea explicativa del surgimiento de la violencia social, debemos recordar que los tiempos pasados no se han caracterizado precisamente por sus condiciones de paz, ya sea en el plano social o en el plano doméstico. Disponemos ciertamente de pocos datos al respecto, pero, por ejemplo, para el caso de Francia, sabemos con Theodore Zeldin que en 1851 la tasa de crímenes era de 19,7 por cada 100,000 habitantes. 100 años después, en 1946 esta tasa se redujo a 4,5 por cada 100,00 habitantes, es decir, cinco veces menos.

Con respecto a la violencia en el plano doméstico, pensemos que si aún hoy en día existe un sub reporte de las situaciones de violencia sobre la niñez o la mujer, a pesar de las conquistas en términos de derechos y de dispositivos legales en general, pues no tenemos motivos para suponer que en la antigüedad, cuando estos aspectos no estaban presentes, la violencia doméstica era menor. Pero yendo incluso más allá, el supuesto déficit de lo simbólico que, concomitante al declive del padre, estaríamos experimentando, olvida que lo simbólico no tiene solamente una función de orden, apolínea, sino también una cara letal: las masacres de masas se hacen, precisamente, en el nombre del padre (Zafiropoulos 2006a: 9). Si nos quedara alguna duda, recordemos entonces la historia de violencia política vivida en el Perú en las últimas décadas.

Ahora bien, respecto a la declinación del padre como explicación del surgimiento de las nuevas patologías, señalemos para empezar que este discurso sobre las nuevas patologías, no es tan nuevo en realidad. Desde la primera mitad del siglo XX diversos psicoanalistas creyeron ya atisbar un cambio en las patologías.

Un caso paradigmático es el de Lacan, quien entre 1938 y el inicio de los cincuenta postula una tesis que, de diversas formas, encontramos aún hoy en día. Resumiendo al máximo, en este primer periodo, Lacan propone que el debilitamiento (o ausencia) de la figura paterna conllevaría a una inadecuada estructuración psíquica, en tanto el aferramiento a la madre no sería compensado por la idealización de la figura paterna. Y es precisamente este agravamiento de la declinación de la imago paterna la que explicaría el cambio en la clínica que él cree observar. Por eso, señala Lacan (1978), el surgimiento de patologías como las toxicomanías, la anorexia, las violencias sociales y los suicidios no violentos. Curiosamente, varias de aquellas manifestaciones sobre las que, más de 70 años después, se destaca su actualidad.

Sin embargo, sabemos ahora que Lacan deduce sus planteamientos sobre la declinación de la imago paterna de la ley de contracción familiar durkhemiana, es decir, del supuesto paso desde las formas extensas de familia (familia patriarcal, familia paternal) hasta la familia conyugal, proceso que involucraría el debilitamiento social de la autoridad de su jefe . En esta línea, sabemos también, gracias a los datos obtenidos desde mediados de los sesentas por historiadores de la Escuela de Cambridge como Peter Laslett , que la ley de contracción familiar es históricamente insostenible. No obstante, debemos hacer justicia a Lacan, y señalar que, de la mano de Levi Strauss, deja de lado los planteamientos durkhemianos en favor de una perspectiva más bien estructural (Zafiropoulos 2002, 2006b) .

Nos hemos detenido un poco en este autor, pues su evolución conceptual muestra el paso desde un planteamiento culturalista, en el que la estructuración edípica sería una variable de lo social, hacia un planteamiento estructural en el que, más allá de las características sociales y ambientales, se destaca una función simbólica que puede, o no, ser encarnada por la persona del padre de familia. Es justamente por ello que:

“Incluso en los casos en que el padre no está presente, cuando el niño se ha quedado solo con su madre, complejos de Edipo completamente normales – normales en los dos sentidos, normales en cuanto normalizantes, por una parte, y también normales porque desnormalizan, quiero decir por sus efectos neurotizantes, por ejemplo- , se establecen de una forma homogénea con respecto a los otros casos” (Lacan, 1999: 172)

“Hablar de su carencia (del padre) en la familia no es hablar de su carencia en el complejo” (Lacan, 1999: 173).

En esta línea, la noción de Nombre del Padre nos permite diferenciar la persona del padre de la función simbólica que impone la ley primordial de la interdicción del incesto. Huelga decir que, en lo esencial, este segundo planteamiento es más cercano a las propuestas freudianas pues para él, el Edipo es universal y la propia sociabilidad es concomitante al parricidio originario (Freud 1988b)

3. Reflexiones

Los ejemplos mencionados nos han permitido mostrar cómo la hipótesis de la declinación del padre y sus correspondientes efectos patógenos, goza paradójicamente de buena salud, dentro y fuera del psicoanálisis, a pesar de que hace más de tres décadas sus fundamentos históricos hayan sido severamente cuestionados. ¿A qué se debe entonces su vigencia?

Seguramente muchos elementos inciden al respecto. Por nuestra parte, compartimos la interpretación de Zafiropoulos, quien sostiene que:

“Por lo tanto, bajo la nueva versión de la crisis de autoridad, la novela familiar analizada por Freud sigue infiltrándose no sólo en el registro de la opinión pública, sino también, y por el lado de los doctos, en las investigaciones socioclínicas, acreditando por lo mismo ese verdadero fantasma social que se podría enunciar del siguiente modo: un padre está decayendo." (Zafiropoulos 2006a:33)

Ahora bien, lo dicho hasta acá no significa, en modo alguno, desconocer la presencia de diversas transformaciones sociales que dificultan el ejercicio suficiente de la paternidad, como por ejemplo el hecho concreto del limitado tiempo que existe para la familia en las condiciones laborales exigidas por el capitalismo tardío. Tampoco desconocemos los cambios en el sistema patriarcal ni las diferencias que en el ejercicio de la autoridad paterna podríamos encontrar quizá entre algunos de nosotros y nuestros abuelos. Lo que planteamos más bien es que el estudio de estos aspectos no debe venir acompañado de una ficción, según la cual "había una vez... una familia y un jefe protectores".

Asimismo, tampoco se pretende restar importancia al campo de las relaciones con la imagen y la persona que encarne la función paterna. Lo que destacamos es que debe distinguirse dicho registro de los efectos inconscientes de la función paterna propiamente dicha (Lacan 1984: 267). En esta línea, es importante examinar sin sobrestimar la novedad y el impacto de los nuevos roles paternos sobre la estructuración psíquica. La contundencia de las transformaciones socioculturales tanto en el caso de la paternidad como en muchos otros aspectos, conllevan el riesgo de que en el estudio de las mismas se incurra en un familiarismo que no distingue, ni relaciona con claridad los aspectos estructurales e históricos de la constitución psíquica.

Sabemos desde Freud que el sujeto está descentrado del yo. En esa línea, es importante distinguir entre el in - dividuo y el sujeto dividido, el sujeto del inconsciente, el cual excede la socialización del hijo de familia. Precisamente, los conceptos de Nombre del Padre y Sujeto del Inconsciente rompen con la posibilidad de establecer una continuidad lineal entre los cambios sociales, como los relacionados con el ejercicio contemporáneo de la paternidad, y la constitución psíquica. Evitemos malentendidos, no sostenemos que no exista relación, sino que ésta dista de ser refleja como consideramos ocurre cuando se relacionan especularmente las características de la “cultura narcisista” con las patologías narcisistas (p.e. Lash 1991). Estas perspectivas descuidan el elemento de ruptura con lo social presente también en el síntoma, en tanto expresión de la singularidad del sujeto y en tanto manifestación de las limitaciones de la homogenización de las modalidades de satisfacción pulsional (goce) prescritas por la cultura (Soler 2001).

Señalemos para concluir que la comprensión de los aspectos estructurales e históricos relacionados con la paternidad, supone para el psicoanálisis un auténtico reto conceptual y metodológico: la articulación de la clínica del caso y la clínica de lo social. Dicho aspecto será materia de otros trabajos.

REFERENCIAS

Baranger, M. (1995). La clínica en el psicoanálisis actual. En Zona Erógena, 24. http://www.educ.ar/educar/servlet/Downloads/S_BD_ZOMAEROGENA24/ZE2402.PDF

Cantis, D. (2000). Transformaciones en la cultura, violencia cotidiana y psicoanálisis. En Psicoanálisis (Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires), Vol XXII, 333-343. http://www.apdeba.org/publicaciones/2000/02/articulos/022000cantis.pdf

Durkheim, E. (1971). El suicidio: estudios de sociología. Buenos Aires: Shapiro

Foucault, M. (1995). Historia de la sexualidad, vol 1. La voluntad de saber. Buenos Aires: Siglo XXI

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sábado, 4 de septiembre de 2010

El paradigma del desencadenamiento. Jacques Lacan y el campo de la psicosis

José Méndez *


A- Introducción


Con la desaparición de Lacan, en el campo de la psicosis, quedan extendidos los lazos para anudar con mayor teoría la clínica. La segunda clínica de Lacan deja preparada cuestiones que serán abordadas por sus discípulos en este campo. Es posible, que estemos en los principios de esta consolidación de una primera etapa en estas cuestiones, los encuentros de Anger, Arcachon y Antibes, en los fines del 90´, podrían ser considerados incipientes movimientos que intentan plasmar, una relectura de la herencia lacaniana en materia de psicosis. Esta evolución de conceptos, por el momento, parece algo dispersa y debe consolidarse con la clínica.



El concepto de la forclusión del nombre del padre, no modificó el planteamiento de la cura analítica en la psicosis, no obstante, luego de la muerte de Lacan algunos de sus discípulos comienzan con “el otro centramiento” del que habló el “maitre”; si bien lo no reprimido no se interpretará, será posible alguna elaboración. Se modifica, entonces la clínica de la psicosis apuntando a una moderación del goce para permitir una elaboración de suplencias. Esto cuestiona la pertinencia del concepto de forclusión del nombre del padre.



La pluralización del nombre del padre, su declinación y aplicación en los nudos borromeos y la fijación final al síntoma permitieron el encuentro con otras soluciones subjetivas en materia de suplencia a la función del Padre.



Precisamente, la pluralización del Nombre del Padre, permite la apertura hacia una ley subjetiva que se sostiene en el sinthome ya que este anuda el goce-sentido, por lo cual el Nombre del Padre ya no puede ser considerado un universal, sino una invención subjetiva posible. La forclusión no será, entonces, entendida como un universal a reparar, existirá la posibilidad de suplencias en la psicosis, relacionadas con la clínica borronea. De esto se testimonia en Angers, Arcachon y Antibes. Entonces, tenemos:





1) Primera clínica, discontinuista con el mantenimiento de categorías netas como neurosis-psicosis-perversión. Es segregativa, con un rasgo diferencial permanente –el Nombre del Padre- cuya represión o forclusión define una estructura neurótica o psicótica.





2) Segunda clínica, continuista, dedicada al estudio de las deformaciones o rupturas de los anudamientos de la estructura del sujeto. En la que no se puede distinguir un elemento diferencial, que no es segregativa y a partir de la cual se amplía la concepción del Nombre del Padre, se toma su pluralización. Entonces, la metáfora paterna es un aparato del síntoma entre otros cuyo fin será el de garantizar la articulación entre la operación significante y sus consecuencias sobre el goce del sujeto.


Para leer el texto completo ir a: http://www.psikeba.com.ar/articulos/JM_psicosis_paradigma_desencadenamiento.htm

CLÍNICA LACANIANA DE LOS FENÓMENOS ELEMENTALES EN LA PARANOIA: HISTORIA Y TEORIA

Kepa Matilla


Complejo Asistencial de Burgos

Resumen:

En este texto intentamos dar ciertas indicaciones sobre la cuestión de los llamados «fenómenos

elementales» en la paranoia, entendida ésta tanto en el sentido prekraepeliniano

como en su versión reducida. Dicha cuestión es de lo más escabrosa por cuanto afecta directamente

a ciertos aspectos clínicos: los fenómenos elementales inclinan el diagnóstico

hacia la psicosis y poseen la misma estructura que la locura plenamente articulada. Se tratará

la cuestión de la relación de tales fenómenos con las alucinaciones y los delirios en la

historia de la psiquiatría, haciendo hincapié en cómo Jacques Lacan retoma dicha problemática.

También nos centraremos en la interpretación, fenómeno por excelencia de la

paranoia.

Palabras clave: fenómenos elementales, alucinación, delirio, Lacan, paranoia, historia de la psiquiatría.
 
Para leer el texto completo: http://www.frenia-historiapsiquiatria.com/pdf/fasciculo%2012/Kepa%20Matilla.pdf

viernes, 3 de septiembre de 2010

LA ESTRUCTURA:

¿ES PERTINENTE AÚN PARA LA CLÍNICA PSICOANALÍTICA?


Carlos Guzzetti Luis Vicente Míguelez





La estructura no tiene preferencia por nadie; es, pues, terrible (como una burocracia).

No se le puede suplicar, decirle: “Vea como soy mejor que H . . .”

Inexorable, responde: “Usted está en el mismo lugar; por lo tanto es H . . .”

Nadie puede alegar en contra de la estructura.


Roland Barthes
Fragmentos de un discurso amoroso









La noción de estructura aporta a la clínica psicoanalítica una dimensión superadora de la descripción sintomática. En esto reside una de las diferencias del diagnóstico en psicoanálisis respecto de la concepción médica. Así síntomas semejantes pueden formar parte de cuadros clínicos completamente diferentes.



Las estructuras clínicas han sido concebidas como modo de posicionamiento del sujeto ante el drama universal de la castración. La clínica de nuestro tiempo nos ha enseñado también a reconocer las fronteras de esta conceptualización.



Tal vez sea conveniente hablar de lo paradojal de la estructura en tanto caracterizada más por su falla que por su consistencia. Es lo que hace que el sujeto no se asiente bien en ella y que el cálculo de lo por venir sea siempre poco certero. Reducir esta falla a la castración deja a la experiencia analítica enflaquecida. Si bien el complejo de Edipo y su articulación con la castración es ciertamente estructurante del psiquismo no deberíamos confundirlo con la estructura psíquica.



¿Será posible conservar la estructura y no perder la libertad del sujeto? Cierto es que no podemos asegurar nada respecto a la libertad, pero pensamos que algo de lo que aún no está determinado (a diferencia de una burocracia) es necesario habilitar en un análisis. Que la falla de la estructura devenga en apertura hacia el otro.



La alteridad radical sería entonces, la manera en que se hace presente lo no estructurante de la relación con el Otro. En esta dimensión se juegan la locura y la creación artística y también todo lo que en la experiencia analítica escapa a la interpretación, si bien no a su trabajo.



La labor analítica bascula entre el determinismo estricto y la apertura a un “nuevo comienzo” que da lugar a la acción del azar. Azar del encuentro con el otro, el que pueda producirse en la escena transferencial. El trabajo sobre la transferencia en tanto actualización de los fantasmas del sujeto es soportado por la presencia del analista en su singularidad, esencialmente incalculable. Descompletando por definición toda estructura, su presencia real habilita una magnitud transverbal que posibilita un nuevo comienzo, un verdadero acontecer en el que la palabra adquiera dimensión realizativa.



Lo nuevo, lo por venir ¿será lo que la estructura fije, transformando lo venidero en un recuerdo del pasado a la manera del déjà vu o bien la oportunidad para que lo incierto tenga su manifestación, creando en el tiempo una brecha en la que el pasado y el futuro no aniquilen al presente?



La experiencia analítica contiene, para decirlo en términos literarios, el sonido y la furia, que ponen en permanente cuestión a la estructura del relato. Acaso en esto consista la libertad que el acto analítico ofrece a la cultura de nuestra época: escribir lo indecible.