Mario Pujó
Presente de modo manifiesto en los ateneos, las supervisiones, las exposiciones clínicas, la comunicación del caso constituye una práctica habitual entre los psicoanalistas. Es posible fechar su surgimiento en 1895, ocasión de la publicación de los «Estudios sobre la histeria», un año antes de que el propio término de psicoanálisis –«psychanalyse», en francés– fuera forjado.
Resultado visible de una transacción entre las vacilaciones de Breuer y la firme determinación de Freud, el largo siglo transcurrido no hace más que confirmar la trascendencia clínica de aquella comunicación. Y es que el informe fragmentario de esos cuatro tratamientos pone en escena la sorprendente eficacia de la propia palabra de la enferma sobre el levantamiento de sus síntomas, hallándose con ello en el inicio de una nueva praxis discursiva.
Allí donde la prueba irrefutable de la etiología sexual de la neurosis «embaraza» literalmente a Breuer con sus manifestaciones transferenciales, y lo empuja a la huida, Freud ve encenderse su curiosidad. La fundación del psicoanálisis, como todo acto creador, está tomado entre la prisa y la anticipación, en una audacia que llama de entrada al gran público y no sólo al experto como testigo.
Al dar a conocer sus experiencias, Freud estaba guiado por el previsible propósito de informar un descubrimiento, estableciendo un terreno de acción en el que preservar su autoría. Pero en el mismo gesto, excede el ámbito en el que se propone insertarlo al instituir una clínica que supera toda perspectiva médica, delimitando a la vez un campo de intervención y un modo específico de aproximación y abordaje.
En tanto el psicoanálisis no es concebido sólo como un arte terapéutico, y menos aún como una experiencia inefable, sino como un método de investigación al que Freud entiende de entrada inscribir en el campo de la ciencia, su iniciativa es solidaria de la comunicación de las pruebas en que se propone sustentarla.
Y así como Anna O. enseña el método catártico a Breuer, se puede decir que Emmy Von N. descubre el método analítico. Es ella quien reclama poder expresar sus ocurrencias sin limitaciones, dando origen a la regla de la asociación libre. Pero no es a ellas ni a Breuer a quienes podemos atribuir la invención del psicoanálisis, pues ella es impensable por fuera de la divulgación pública de la experiencia en que se realiza. Prueba de ello, los historiadores del freudismo sitúan el nacimiento del psicoanálisis en la fecha de publicación de los «Stüdien ...» y no en la que los tratamientos cuyos informes recopila fueron efectivamente practicados.
Lo que nos conduce a la cuestión que pretendemos acá introducir: un caso no es en psicoanálisis el mero suceder de un experimento que transcurre en la intimidad, protegido por un manto de reserva y confidencia comprometidas entre dos personas. Exige, al contrario, una toma de distancia respecto de esa vivencia y el rompimiento de esa intimidad, requeridos ambos por el ordenamiento de los dichos que constituyen la experiencia, su teorización, su puesta en forma de relato. Éste supone, a su vez, el momento eventual de una lectura o de una escucha que le confiere el valor de un testimonio frente a un tercero virtual, ante quien efectivizar la transmisión de una pregunta, una inquietud, una dificultad, un hallazgo.
De este modo, si la experiencia adquiere el estatuto de caso en su comunicación, la consistencia de éste no es otra que la de un relato, e inclusive, como intentaremos precisar, la resultante de la sumatoria de sus diferentes relatos.
Si no hay caso sin analista y no hay analista sin su caso, si, vía la transferencia, el analista forma parte del caso que relata y, vía la enunciación, es siempre relator de su propio caso, es en el entramado de estas implicaciones recíprocas que instituyen la necesidad de su ocurrencia (sin caso analítico no hay psicoanálisis), como en la imposibilidad de una narración objetiva (el analista no es exterior a su relato) donde se aloja su complejidad. ¿Cómo determinar cuál debe ser su forma apropiada? O más ampliamente, y aceptando la solidaridad que reúne al analista con su caso: ¿Qué es lo que conduce, desde la perspectiva del deseo del analista, y desde la del sostén de su acto, al testimonio de la experiencia? Pregunta que nos gustaría preservar en su estado, manteniendo la hilación de lo que vamos a desarrollar.
La excepción Freud
Los historiales freudianos constituyen, con causa, una referencia ineludible para todo psicoanalista. Su valor ejemplar no reside sin embargo en el carácter de modelo que se les podría atribuir, en función del éxito obtenido. Por el contrario, los detractores del psicoanálisis ven en ellos la manifestación de «una terapia más que incierta, y la expresión de la vocación francamente tautológica de la teoría»1.
Por tentador que pudiera resultar, su importancia tampoco se reduce al valor de enseñanza que porta la magistralidad de sus fracasos. Si es esperable del analista cierta perseverancia advertida capaz de convertir los errores en un factor de aprendizaje, el interés de cada historial freudiano emana del texto que instituye, abierto a una diversidad de lecturas que permite, en primer lugar, dar cuenta de esos éxitos y de esos fracasos. Y más allá de ellos, acompaña la construcción del psicoanálisis, tanto en sus tropiezos prácticos, como en su elaboración teórica, siguiendo las huellas de aquello que permite art icular ambos planos: la progresiva formulación, puesta a punto y regulación del deseo del analista en Freud.
Hay en él, tal como se puede ver operando en las curas cuyo testimonio nos lega, un asumido deseo de saber caracterizable por una explícita voluntad de situarse, de entrada, en el discurso de la ciencia2. Deseo que, si incide de modo práctico en la orientación y el r esultado de cada cura –actuando al modo de una contratransferencia–, se entrelaza al mismo tiempo con las preocupaciones teóricas que regulan, en cada una de ellas, el interés de su publicación.
Como lo señala Octave Mannoni, hay una estrecha vinculación entre el relato de cada historial freudiano y una pregunta teórica, una polémica, que encuentra su expresión en otro texto. Así, el caso Dora –«Sueños e histeria«– continúa la investigación iniciada en la «Interpretación de los sueños», mostrando la utilidad del empleo del análisis de los sueños en la clínica. El hombre de las ratas permite ver al desnudo al discurso inconsciente irrumpiendo en forma de representaciones verbales, constituyendo una puesta en práctica de la «Psico patología de la vida cotidiana«. El caso Hans, íntimamente ligado a la comprobación de la sexualidad infantil, encarna por su parte una suerte de «prueba» concreta de las afirmaciones sostenidas en «Una teoría sexual».
Del mismo modo, el comentario de las «Memorias de un Neurópata» de Daniel Paul Schreber que constituye francamente un curioso «historial», requiere una reformulación de la dinámica libidinal y de sus fijaciones, conduciendo sin más a «Introducción del narcisismo». El hombre de los lobos es fruto del ríspido debate que Freud mantiene con Jung y Adler acerca de la libido y la sexualidad infantil, controversia que afecta la conducción del tratamiento e incide en sus resultados, dando lugar a la promoción teórica de la escena primitiva. El caso de la joven homosexual abre preguntas atinentes al Edipo y a la sexualidad femenina, que textos posteriores como «Algunas consecuencias...» y «La femineidad» intentarán responder 3.
Lo que subraya la idea de que los historiales de Freud no guardan una relación directa con el resultado terapéutico a obtener, ni son presentados por él desde esa perspectiva (no hay ambición terapéutica alguna en el «caso» Schreber, y «Un caso de homosexualidad femenina» es presentado de entrada como un fracaso). La voluntad de inscribir la práctica analítica en el campo de la ciencia y resguardar su pureza y su lógica frente a cualquier extravío, hacen que la preocupación por las cuestiones teóricas sea imposible de deslindar de la «observación»; una observación inseparable no sólo de esas cuestiones teóricas sino de un trabajo de elaboración permanente que constituye el verdadero objeto a «observar». Algo extensivo a las pruebas clínicas en las que Freud entiende apoyar sus afirmaciones. Como lo indica Oscar Masotta, para Freud «la historia del paciente no es un dato de hecho, sino una tarea, una labor de construcciones y reconstrucciones que siguiendo el modelo del historiador y del arqueólogo, incumbe al analista hacer posible» 4.
La generosidad y el detalle de esas exposiciones permite despejar a partir de ellas una verdadera «psicopatología» (la noción de estructura y tipo clínico, la especificidad de la sintomatología), depistar el surgimiento de la transferencia y, más aún, determinar el lugar del analista en la conducción de cada análisis, evidenciando los efectos que éste genera a partir de su posición. En cuanto a lo que desde una perspectiva ulterior pueden ser leídos como errores en la dirección del tratamiento, Freud queda sin duda disculpado: en el momento en que descubría el psicoanálisis, establecía su método, y tropezaba con la emergencia inesperada de las «transferencias», no podría nunca acusárselo de no haberlas conocido por anticipado. Situación de excepción en la cual sus seguidores no podemos ya cobijarnos.
La excepción Lacan
Es notable la singularísima escasez de referencias a la propia clínica que pueden encontrarse en la extensa enseñanza de Lacan. Si se deja de lado el período «prepsicoanalítico» (el caso Marcelle C. –«Ecrits inspirés...» –, el caso Aimée –«De la psychose paranoïaque ...»–, dos casos de mujeres referidos en «De l'impulsion au complexe...») tenemos variadas indicaciones sobre sus presentaciones de enfermos en Sainte-Anne (Seminario III, «Las psicosis», Seminario XXIII, «Le Sinthome»), algunas pocas transcripciones de esas mismas presentaciones y diversas alusiones a sus pacientes como al pasar, dispersas a lo largo de sus escritos y seminarios (el paciente obsesivo de «La dirección de la cura...», la paciente histérica de la lección del 20/3/63, las referencias clínicas de la «Proposition ...»). Enumeración que no pretendiendo ser exhaustiva, deja traslucir de todos modos un arsenal francamente escaso, si se considera lo prolífico de sus muchas y extensas intervenciones.
Como escribe Carlos Faig, agudo polemista del psicoanálisis, es remarcable que en el seminario XV dedicado al «Acto psicoanalítico», y que apunta por tanto al aspecto más nodal de la experiencia, no haya un sólo ejemplo clínico, ninguna ilustración. Como tampoco la tendrán los seminarios siguientes5.
En contrapartida, son más que abundantes las referencias a las intervenciones de otros psicoanalistas. En primer lugar, por supuesto, los historiales de Freud, retomados numerosas veces y acentuando cada vez una perspectiva diferente. Y también, las menciones no forzosamente críticas a casos de Anna Freud, Melanie Klein, Donald Winnicot, Michel Balint, Joseph Hasler, Ida Macalpine, Hans Sachs, Melitta Schmideberg, Ella Sharpe, Edward Glover, Ruth Lebovici, Tomas Szasz, Barbara Low, Margaret Little, Lucy Tower, Rosine Lefort, –la lista es sin duda incompleta.
Una consideración aparte merece el caso de Ernst Kris, al que los sucesivos comentarios de Lacan han inmortalizado como El hombre de los sesos frescos. Su insistente retoma adquiere un valor ejemplar, constituyéndose para varios de sus seguidores en un paradigma de «fabricación» de un caso 6.
En contraposición con la exigüidad de los ejemplos extraídos de su propia práctica, hay en Lacan una decidida inclinación por las obras literarias, cuya lectura e interpretación ocupa con creces el lugar de la ejemplificación faltante. Así, la transferencia encuentra el modelo de su formulación en el diálogo platónico sobre el amor, la ética del psicoanálisis reconoce su medida en la acción trágica de los héroes de Sófocles, y los extensos desarrollos dedicados a Hamlet logran convertir la pieza de Shakespeare en un acabado caso clínico.
Si con esto Lacan prosigue una tradición inaugurada por Freud (el mismo Hamlet, «La gradiva» de Jensen), pone de relieve también que el carácter clínico que adquiere una narración no reside en su capacidad de remitir a una realidad efectiva. Puede haber caso sin que haya habido cura, porque la clínica consiste en cierta puntuación y ordenamiento de los elementos de un relato; desde esa perspectiva, poco interesa que el relato cuya inteligibilidad se intenta, pertenezca a la ficción. Importa sí la lógica que se despeja a partir del texto, al que la lectura confiere un rigor y una racionalidad que la glosa debe hacer aparecer a la luz.
La ausencia de una exposición ordenada de la clínica del propio Lacan deja en cualquier caso un vacío que estimula la curiosidad del lector, explicando el éxito editorial que suele acompañar la publicación de las narraciones autobiográficas de los análisis proseguidos con él. Asimismo, la infructuosa tentativa de ubicar sus presentaciones de enfermos en el lugar que ocupa el historial freudiano, enfrenta tantas dificultades que resulta en cierto modo insostenible. A lo sumo, puede aceptarse el valor de transmisión que encuadra este dispositivo, como su capacidad para producir paradigmas clínicos que trascienden su estricta ocurrencia, localizada y limitada en el tiempo 7. Como es también cierto que el carácter de entrevista que Lacan confiere a sus presentaciones las instituye como una práctica de la palabra y las aleja de la rutinaria mostración psiquiátrica 8. Pero una entrevista no se equipara a un análisis completo, y su transcurso público no podría sustituir la abigarrada trama de descripciones y reflexiones que caracteriza a las exposiciones freudianas. La falta de una transcripción sistemática de los diálogos mantenidos con los enfermos –de los cuales se han difundido apenas una publicación aislada y algunos otros comentarios parciales–, restringe su conocimiento a la presencia de aquellos que participaron en ella y a sus escasas indicaciones.
Como lo señala Elisabeth Roudinesco9, el hecho de que Lacan elabore su clínica a partir de los grandes casos de la historia del freudismo deja intacta para sus discípulos la tarea de inventar la suya a partir del comentario del comentario. Aunque quizás no deba verse en ello tan sólo una carencia, pues este hecho revela también que la clínica psicoanalítica debe, al fin de cuentas, ser concebida como un texto elaborado a partir de otro texto al que aquél intenta conferir inteligibilidad.
El encuentro de un real
En 1905, en ocasión de la demorada publicación del «Análisis fragmentario de una histeria», Freud advierte, a modo introductorio, acerca de una serie de dificultades inherentes al hecho mismo de esa comunicación. Algunas de orden técnico, y otras «derivadas de circunstancias intrínsecas», atienden simultáneamente al problema de la elección y el ordenamiento del material de la cura, y al hecho mismo de dar a conocer ese material y hacerlo público.
La prolongación de la cura es señalada como una complicación; la extensión obliga a un recorte y una selección cuyos criterios no son fáciles de precisar. En cuanto a las circunstancias intrínsecas, Freud alude doblemente al carácter confidencial de las confesiones del enfermo, y a lo que descuenta como una probable malevolencia del lector: «Si antes se me reprochó no comunicar dato alguno sobre mis enfermos, hoy se me reprochará hacer público algo que el secreto profesional impone silenciar» 10. Tironeado entre la deontología médica y las urgencias de la ciencia, Freud –que nos recuerda en esto a Schreber en sus «Memorias...»–, no vacila en sacrificar la privacidad de las personas concernidas, impulsado como aquél por una imperiosa necesidad de hacerse oir.
Los escasos tres meses del tratamiento de Dora, y el ordenamiento de la inteligencia de la cura alrededor de dos sueños, facilitan su redacción y resuelven las dificultades técnicas señaladas en primer lugar. Freud es, en cambio, mucho más escéptico respecto de la credibilidad que el material pueda despertar en el lector. Lo que lejos de detenerlo lo impulsa a su publicación; porque más acá de una legítima expectativa de persuasión, se trata para él de despejar la estructura psicopatológica de la histeria y de esclarecer la determinación de sus síntomas, en una elaboración de las coordenadas del tratamiento que es contemporánea de su comunicación. Es esa elaboración lo que le confiere interés al caso, más allá de la aceptación o el descreimiento de su destinatario virtual.
Hacia el final de la introducción, Freud advierte sobre tres insuficiencias de las que a su juicio adolece su transcripción. Por tratarse de una cura interrumpida, su beneficios pueden ser sospechados de transitoriedad; y como la redacción deja de lado las interpretaciones para mostrar «no la técnica sino sus resultados», acusa una indiscutible parcialidad. Concluye subrayando la inconveniencia de generalizar excesivamente a partir de un único caso.
Deja así indicadas para siempre, tres de las dificultades con las que regularmente tropieza un analista en la redacción de un caso: la desventaja de comunicar una cura no terminada, cuyas conclusiones pueden verse invalidadas por su prosecución; la imposibilidad de transcribir la totalidad del material y, en especial, la dificultad que encuentra habitualmente para consignar sus propias intervenciones; y, lo que es más importante, plantea la cuestión acerca del criterio con que deben juzgarse las relaciones que ligan la singularidad del caso con la generalidad.
Es cierto que la redacción de un historial pone en juego la articulación de la práctica con la teoría, y exige alguna forma de interrelación entre lo particular y lo universal que está en el centro de la noción misma de clínica. Y también lo es que la cuestión no se plantea ya para nosotros del modo que se le planteaba a Freud. Porque no es la misma la relación que mantiene el inventor con la práctica por él inventada, que la establecida por quien la ejerce presumiéndola consolidada. Por idénticas razones, no imaginamos hoy a un conjunto de incrédulos en el lugar del público al que nos dirigimos.
Hay en Freud una espontánea franqueza que surge precisamente de que él no se sentía obligado a tener que demostrar la coherencia de su práctica con una teoría de referencia. Esa teoría es inventada ante nuestros ojos, coextensiva y contemporánea de la clínica que esa misma teoría engendra. Como no nos hallamos en un tiempo de pura invención, sencillamente porque el psicoanálisis ya ha sido inventado, el informe de un análisis nos plantea desde entonces un mismo interrogante: ¿hay o no continuidad entre la realidad del inconsciente tal como se actualiza en la transferencia en esa cura y el corpus conceptual que, al tiempo que la condiciona, intenta dar cuenta de ella?
Ocurre que cuando el caso pasa a ilustrar lo bien fundado de la teoría, corre el riesgo de perder todo valor epistemológico, es decir, aquel que le otorgaría su carácter de excepción, por introducir un margen de incertidumbre en relación al conjunto y a la generalidad. El conformismo teórico que suele imponer la presión de la comunidad, con sus exigencias siempre renovadas, alienta, por cierto, el respeto y la alineación con la doxa. La renuncia a cierta libertad se contrapesa con el beneficio de establecer un lazo a partir de la experiencia que permite confinar la eventualidad del delirio de cada uno a un lugar adecuado11.
Así, acomodar el caso a lo aceptado de la teoría, es sin duda menos provechoso que interrogar lo ya sabido a partir de lo que podría constituir el límite de su universalidad; pero acentuar excesivamente la singularidad de cada cura encierra, como lo indica Jacques- Alain Miller, el riesgo efectivo de diluir las categorías de la clínica psicoanalítica en el océano del propio psicoanálisis12.
De cualquier manera, el delicado equilibrio que debe guiar las relaciones entre la práctica y la teoría no puede encontrar su razón en otra parte más que en el interior del relato que pone en juego a una y otra. Para ser más precisos, el punto en que la clínica tropieza con un borde intransponible y llama a la teoría sino para dar cuenta de él, al menos para situarlo13.
De este modo, la comunicación del caso descubre su razón cuando permite leer el encuentro con un real que ha causado su narración. Sea bajo la forma de un escozor, el desconcierto que produce una interrupción inesperada, el atrapamiento pulsional del analista en la transferencia, un impasse conceptual, el relato tiende a transcribir ese real, cernirlo en términos de saber, constituyendo como tal un lote del que el analista puede eventualmente disponer14. Algo que eventualmente le permite sustraerse del lugar en que ha quedado amarrado en la cura, y reubicarse en relación a la posición que en ésta debe poder ocupar.
Desafío que establece una necesaria vinculación entre la comunicación del caso –el relato de un análisis concluido o no–, y el deseo del analista en tanto tal.
El caso es su relato
La inscripción de la práctica analítica en el campo de la ciencia, y su surgimiento ligado a la instalación de su discurso, exigen la comunicación del caso como necesario a la propagación del psicoanálisis y a su transmisión; lo que de hecho vincula el relato del caso al deseo del analista en la medida en que por fuera de éste, la transmisión del psicoanálisis se torna rigurosamente impensable.
Más cerca de su habitual ocurrencia, es probablemente cierto que un analista es llevado a trabajar sobre un determinado paciente puede ser situado en el orden de su contratransferencia entendida en sentido negativo, es decir, en tanto que resto inanalizado que en una cura incumbe al analista a título personal. Pero es también verdad que ese mismo trabajo constituye una oportunidad más que propicia para reducir esa contratransferencia, al resituarse en la posición que le conviene a nivel de su acto.
La comunicación del caso, en cuanto se halla coordinada a un esfuerzo de formalización y de transmisión de una experiencia, se orienta en principio en esa dirección. Porque, más acá del vínculo de enseñanza que toda exposición clínica puede aspirar a establecer, sabemos que el enseñante se enseña en primer lugar a sí mismo. Y que una cura no se presenta regularmente, para el analista, del mismo modo después de su exposición.
Independiente de las circunstancias que rodean una presentación clínica (sus motivaciones, sus condicionamientos), el ordenamiento que requiere, los comentarios que suscita, corporizan un trabajo de depuración del análisis inseparable de la construcción del caso a que da ocasión. Los ateneos, las supervisiones que frecuentemente los preceden, las conversaciones con los colegas que habitualmente los acompañan, constituyen de este modo circunstancias que precipitan ese proceso de elaboración.
Por las mismas razones que una nueva puntuación puede organizar retroactivamente una secuencia clínica, confiriéndole una coherencia lógica que hasta entonces habría pasado desapercibida, el relato del caso permanece abierto a sus sucesivas retomas, a su relectura posterior, a su reestructuración por venir. Y así como los distintos comentarios de Lacan forman parte de los historiales freudianos a los que se amalgaman, inscribiendo marcas de lectura que coexisten sin excluirse, superponiéndose, todo caso permanece expuesto al comentario por venir.
Como esos papiros de la antigüedad que se reescriben sucesivamente, y en los cuales es posible leer en filigrana cada escritura anterior, el caso adopta la estructura del palimpsesto. No es la remisión a los datos ni a los dichos efectivos lo que lo caracteriza, sino ese constante trabajo de escansiones que signa su progresiva construcción. Y esta tarea permanente de reescritura se efectiviza aún sin que el analista haya dejado de ella un mínimo rastro en el papel.
Notas
1 Freud and Psychology, The Caucer Press, G.B., 1970. Citado por Oscar Masotta. «El hombre de los lobos: regalos dobles, padres dobles». En: Ensayos lacanianos, Anagrama, Barcelona, 1976, p.134
2 Jacques-Alain Miller, «Sobre el desencadenamiento de la salida de análisis (coyunturas freudianas)» Uno por Uno. Revista Mundial de Psicoanálisis N° 35, junio/julio 1993, p.7
3 Octave Mannoni, El hombre de las ratas, «La otra escena –claves de lo imaginario–» Amorrortu, Buenos Aires, p.100.
4 Oscar Masotta. «El hombre de los lobos», op.cit. p.134
5 Carlos Faig. «Lecturas clínicas». Xavier Bóveda, Buenos Aires, 1991, p.5
6 Philippe Julien. «La fabrique d'un cas d'acting-out» Le retour à Freud de Jacques Lacan. Erès, Paris.
7 Erik Porge. «La presentación de enfermos». Littoral 7/8 : «Las psicosis». La torre abolida, Buenos Aires, 1989.
8 «La presentación de enfermos», entrevista a Colette Soler por Silvia Tendlarz. Malentendido N°3, Buenos Aires, Mayo 1988.
9 Elisabeth Roudinesco. Jacques Lacan. Esquisse d'une vie, histoire d'un système de pensée. Fayard, France, 1993, p.562
10 Sigmund Freud. «Introducción». Historiales Clínicos. O.C. Biblioteca Nueva, T.II, Madrid, 1968, p.603
11Como lo señala Brigitte Lemérer, «una asociación que se especializara en el estudio de casos, correría enormes riesgos... ¡de disolución!» La teoría se demuestra necesaria para superar el sentimiento de cada analista de saber hacer un poquito mejor que su colega. Conversation sur le cas clinique, Guy Clastres, Jean Guir, Brigitte Lémérer, Gérard Pommier et Françoise Schreiber. Analytica Volume 32, Navarin, Paris, 1983.
12 Jacques-Alain Miller. «C.S.T.» Clínica bajo transferencia. Manantial, Buenos Aires, 1989.
13 Como lo indica Danièle Silvestre: «...lo que justifica la exposición de casos clínicos, es el encuentro de un punto límite en la práctica que no halla respuesta en la teoría, el encuentro de un real» Conversation sur le cas clinique. Table ronde, Analytica 32, Navarin, Paris, 1983.
14 Ricardo Scavino. «De casos bien escogidos». Psicoanálisis y el Hospital N°3, Buenos Aires, Invierno 1993, p.22
jueves, 10 de junio de 2010
El relato es el caso
miércoles, 9 de junio de 2010
Jacques Lacan desmantelando su propia clínica
Por Jean Allouch
Fuente: http://www.imagoagenda.com/articulo.asp?idarticulo=1292
He aquí tres sainetes contemporáneos, elegidos entre centenas de ellos.
En avión clase Business. Cerca de mí, una dama de cierta edad, gruesa, frik, devora con algo de glotonería una banana. Detengo el guiso y le digo: “¡Mire una felatio!”. Estupefacción del guiso, seguido de una franca aunque silenciosa condena de mis palabras.
Otra escena, los talones de Sarkozizi, como yo lo llamo. Que él los use o mejor aún se suba en puntas de pie para una foto al lado del gigante Obama, es un signo de que él se juzga pequeño, demasiado pequeño. Interpreto: no es de la talla de su cuerpo sino de la de su pene que se trata. Eso se llama desplazamiento, una astucia conocida desde Freud ¿Puedo no obstante escribir un artículo sobre el tema y proponerlo al diario Liberación? La respuesta es “No”. Pero en cambio, en el momento de las últimas elecciones presidenciales, hice llegar a Le Monde un papel explicando que Ségoléne Royal es una mamá y que es necesario por ese hecho no votar por ella, entonces allí sí, mi papel aparecerá sin ningún problema. He aquí cómo los medios discriminan al psicoanálisis, lo aceptable y lo otro.
Tercera escena: una familia en automóvil, atrás tres niños entre cuatro y ocho años. Se divierten alegremente en modular juntos en voz alta la palabra “caca” de cien maneras posibles: ca/ca, ca/ca, ca/ca; caaaaca/ caaaaca, caaaaca/ caaaaca, caaaaca/ caaaaca; ca/caaaa, ca/caaaa, ca/caaaa, ca/caaaa; ca/ca/ca/ca, ca/ca/ca/ca, ca/ca/ca/ca, etc. Bastante rápidamente los padres, modernos, no soportan más y luego de un “paren” más bien gentil terminan por levantar la voz “¡suficiente!” Pregunta: ¿su reacción hubiera sido la misma si los niños hubieran canturreado “cucú”?
Dicho de otra manera, más allá de lo que se piense, el escándalo que provocó el psicoanálisis en su primer tiempo de intervención sobre la escena pública anunciando tales interpretaciones, no es menos importante hoy que en esa época.
Abstención 1. Hay diferentes dominios del saber, diferentes métodos aplicados a esos dominios, tantos objetos como, precisamente, esos métodos distinguen y estudian y entonces también diversos órdenes de racionalidad. Dominios, objetos y órdenes de racionalidad juegan entre ellos un juego complejo, a veces mezclado, incluso confuso.
¿Pero por qué partir de tan lejos? Para indicar que por todos lados la aplicación de las reglas del “juego del saber”, ofrece un revés, si no obstante se le quiere quitar a esa palabra su valor negativo. Produce saber particularmente, porque aparta ciertas problemáticas como no pertinentes a su campo. Uno de los ejemplos mejor estudiados es el de la lingüística estructural, que se forjó dejando fuera de su campo la cuestión, por otro la tan apasionante y controversial del origen del lenguaje.
Así va el psicoanálisis. Ciertamente, algunos psicoanalistas han participado en los debates de la bioéticas (¡ya esa palabra!, socorro, Kant), que han agitado y agitan los espíritus en Francia y en otros lugares, con aún menos escrúpulos, cuando lo son, pero sin decirlo explícitamente, para servir a intereses distintos de los del análisis.
Madres portadoras, parejas homoparentales, procreación médicamente asistida, gestación al servicio de un tercero, mujeres víctimas, sobre tales temas el análisis como tal no tiene estrictamente nada que decir. No los acoge como propios de su campo.
Estas anteojeras son decisivas, incluso en lo referente al ejercicio de análisis. Freud decía que el analista no tenía que imponer su propia ética a los pacientes (por supuesto, no más que a la sociedad), y su ética, de investigador, era simplemente la de la ciencia. Y si Lacan ha creído poder adelantar una “ética del psicoanálisis”, reto aquí a cualquiera a sacar la mínima consecuencia sobre la cuestión de las madres prestadoras de vientres y todas esas cosas de la misma calaña.
Sea, le acordamos esa distinción, puede que digan. Pero ese saber analítico que usted no descuida de ofrecerlo al no-analista, libra a cualquiera de usarlo a fin de responder a las cuestiones, que escuchándolo, no son de su campo. Yo no tendría evidentemente nada que objetar a semejante empresa. Y trataré entonces solamente de ponerla en aprietos, no en su generalidad, sino en un punto preciso en el que podría encontrar sus alimentos, el de la clínica psicoanalítica, que se supone debe facilitar descripciones de figuras patológicas organizadas en una nosografía. Este punto es importante puesto que una descripción “científica” del perverso es muy especialmente apta para desencadenar socialmente a los más violentos de los ostracismos, dando cuerpo a la oposición normal/patológico, de lo que parece que lo social no puede privarse, de la misma manera que los Estados Unidos de una guerra, el pedófilo ha tomado luego de un tiempo el relevo del homosexual.
Abstención 2. Así ahora hay espacio para tomar las cosas de un poco más lejos. La clínica psiquiátrica a diferencia de la médica no ha encontrado jamás un estatus epistemológico estable. Uno no se sorprenderá si tomamos nota de: 1) que las relaciones de la psiquiatría y de la neurología no han sido jamás reguladas; 2) que desde Pinel y su célebre enfermero la psiquiatría es sintomáticamente un personaje bífido; 3) que permanece no resuelta la cuestión de saber a quiénes entonces sirve el psiquiatra (¿su paciente o bien el orden social?); 4) que no se efectúo el pretendido corte de una psiquiatría que se reivindica científica, con las instituciones religiosas encargadas de la locura1. Sobre tan dudosas bases, no se puede producir un saber serio.
Sin embargo, por un tiempo, la nosografía pareció tomar la delantera y valer a la vez para la psiquiatría y el psicoanálisis. Distinguía tres grandes categorías, denominadas perversión, neurosis, psicosis, tres nombres que condenso en uno solo: pernepsi. Del lado psiquiátrico, le pusieron fin, a causa de un cambio metodológico: un uso de la estadística que ofrece a la psiquiatría una apariencia de retorno al seno propiamente médico.
Del lado psicoanalítico, la situación permanece confusa; se aferra, aquí y allá a pernepsi, pero no puede hacerlo más que cerrando los ojos sobre todo lo que viene, como granos de arena a impedir esta seductora tripartición que gira en redondo. Así parece no querer saber nada del carácter de “guarda-todo” que tiene lo que se reúne bajo el nombre de “perversión”, ni tampoco de los eruditos trabajos de los gays y lesbianas que se encargaron de un cierto número de cuestiones hasta allí de propiedad de los médicos. Uno de los casos entre los más sorprendentes es el del transexualismo, que los doctores lacanianos no retroceden, todavía recientemente, a borrar de la categoría de psicosis.
Se trata, sin embargo de otro mar de fondo, lo que quiero decir aquí, y justamente a aquellos que deploran el fin de la susodicha clínica psiquiátrico–psicoanalítica. Esas bellas almas descuidan ese hecho masivo de que su concepto de “forclusión” no ha permitido que decenas de miles de dichos “psicóticos”, sean mejor tratados que en el pasado. No porque sea falso o equivocado, sino porque la descripción de un mecanismo no ayuda en nada al manejo de la transferencia: ahora bien, allí es donde está el asunto y es pesado.
Jacques Lacan, en sus comienzos mayormente, ha dado mucho cuerpo a pernepsi. Sin embargo, al final de su recorrido, este camino “fenomenológico” tan seductor fue bastante atenuado. Es que hubo también en él, otra vena, una suficientemente neta subversión de esta nosografía; puedo, aquí mismo reportar algunos rasgos.
Particularmente la salud mental del analista que Lacan pone en cuestión, en 1978, llegando entonces casi al término de su vida. Dice entonces el analista estar “mordido por Freud” creyendo “en esta cosa absolutamente loca que se llama inconsciente”. Haciendo ésto él no matiza como cuando declara, por ejemplo que Freud no sabía absolutamente lo que decía con su Unbewußt, que calificaría por otro lado, un año más tarde de “delirio de Freud”.
Otro palo en la rueda de la nosografía tripartita fue ofrecido a Lacan por Freud, que recomendaba, aunque él estuviera lejos de atenerse él mismo a esta recomendación, abordar cada caso como si nada hubiera sido obtenido como saber, de los casos precedentes. Un señalamiento que Lacan prolonga en sus palabras: el análisis de un obsesivo no es de ninguna utilidad para el análisis de otro obsesivo.
Siempre en 1978, Lacan declaraba también que a aquel que franqueaba el paso de dirigirse a un psicoanalista “debemos llamarlo el psicótico”. He aquí que una definición que no concuerda con pernepsi: sería el llamado “psicótico” aquel que sus síntomas neuróticos conducen a ir a demandar un análisis, un ser extraño, entonces, psicóticos de síntomas neuróticos.
Esos golpes dados a la misma nosografía a la que Lacan había contribuido, encuentran sus puntos de capitón en una última definición de la clínica, de una gran simplicidad. La clínica es lo que se dice sobre un diván. He aquí alcanzado el punto cero de la nosografía. Aquí se impone el juego anagramático de Marco Decorpéliada: clasificación/calcificación2. La clasificación a la que se dedica el esquizofrénico Decorpéliada, le va bien al topólogo Lacan ejercitándose con la flexibilidad de las superficies, y después de las cuerdas. Estoy en lo que a mí respecta suficientemente calcificado, emprendiendo un análisis como para tener necesidad de cualquier cosa menos de una recalcificación a la manera de un diagnóstico.
Así la distinción misma de normal/patológico fue desmantelada por Lacan. Lo hizo declarando que el psicótico es normal en su psicosis, el neurótico normal en su neurosis, el perverso normal en su perversión. ¿Cómo decir mejor que las tres categorías pernepsi, no tienen nada que ver con la anormalidad?
Posición. Es de progreso negativo. Tienen lugar porque lo que se tomaba por un saber se encuentra invalidado. Saber no más y entonces no saber es ahora heurística. El análisis tal como he llegado a situarlo no ofrece ningún apoyo a quien quiera a partir de su pretendida clínica, estigmatizar tal categoría de individuos.
Es sin embargo otra categoría de ese saber no más saber (no) saber, es sobre él que quisiera concluir revisitando ahora mis primeros señalamientos. ¿En qué se sostiene que el analista se abstenga activamente de participar en ciertos debates que no son de su resorte? He respondido: porque ellos no son de su resorte y esta respuesta era suficiente. Pero sin embargo es posible formular un considerando.
Cuestionado sobre lo que distingue al analista lacaniano, uno de los más distinguidos alumnos de Lacan decía, notémoslo, luego de haber abandonado el barco, que el analista lacaniano, diferente en ese punto del de la Internacional (IPA), “iba a la cuneta” « allait au caniveau ». ¿Qué quiere decir esa cuneta? Se piensa en esos personajes de las calles de París, vestidos todos de verde y muñidos de un babero amarillo fluo, cuyos cepillos se emplean en llevar hasta la alcantarilla lo que se estanca en nuestras cunetas. También en nuestros contenedores que vacían nuestros tachos de basura de los restos no comestibles de nuestras comidas. Y es entonces en esa vecindad, se le creemos a Wladimir Granoff, que se sostendría el analista lacaniano.
Este señalamiento puede ser formulado de otra manera; el lugar del analista no está cerca del Príncipe. Él no sabría ser su consejero, ni aceptar un reconocimiento oficial. Y tampoco del lado de aquellos que se levantan contra el Príncipe, los príncipes del futuro, si los vientos de la historia le son favorables.
Lacan reconocía la existencia de un poder del analista, pero era para precisar que el analista se abstiene de usarlo. “Poder no poder” era por otra parte su definición de la impotencia. Puesta en juego de manera apropiada, la impotencia o mejor lo que prefiero llamar la “fragilidad” del analista (puesto que la impotencia está demasiado marcada por un falicismo no castrado), es un operador determinante en el análisis. Es la impotencia en el momento de giro de un análisis, la que a menudo tomando la forma de una abstención va al encuentro de la libertad del analizante.
Traducción del francés de Graciela Graham
[gracielagraham@yahoo.com]
___________
1. Cf. Hervé Guillemain, Diriger les consciences, guérir les âmes. Une histoire comparée des pratiques thérapeutiques et religieuses, Paris, La Découverte, 2006.
2. Marco Decorpéliada, Schizomètre, Paris, Epel, 2010.
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viernes, 7 de mayo de 2010
Estallidos de Clínica
Bernard Casanova
¿ Te volviste loco, psiquiatra imbécil,
pensaste que yo me creía Jesús Cristo?
Simplemente dije, y lo repito,
que yo, A ntonin Artaud, 50 inviernos ,
me acuerdo del Gólgota ...
Histoire vécue d' Artaud-Mômo
... eso que se llama impropiamente la clínica ...
(Lacan, 14 de mayo de 1969)
Después del tiempo -¿qué tiempo? digamos después del tiempo que oímos y transcribimos y leemos Lacan, después del tiempo que lo examinamos, lo interpretamos y lo citamos, que lo parafraseamos, que lo comentamos, que lo bibliografíamos y lo thesaurisamos; después del tiempo que hacemos nudos a tres o a cuatro, o cadenas o trenzas, que deshacemos, que desanudamos, que desencadenamos y que destrenzamos, a veces incluso en color; después del tiempo que hacemos bandas donde el derecho es el revés, después del tiempo que nos toramos en los agujeros, que nos autopenetramos en el espacio o en las botellas sin boca ni culo ... , (me dirán que no hace tanto tiempo, pero no obstante hace tiempo)- después de todo ese tiempo, se podría pensar que la clínica -eso que llamamos así por costumbre sin saber bien la razón- iba a moverse considerablemente, que en "pernepsi"(1) -tomando de otro autor ese neologismo acrofónico para designar la triada clínica perversión, neurosis, psicosis- iban a registrarse graves perturrbaciones, parecidas a tempestades o tormentas; o si no la ruptura; se podría pensar incluso que esta división, codificación, clasificación pernepsi iba a estallar, a explotar con todas esas novedades que aportaba Lacan. Más exactamente aún, se podría pensar' que la llegada a la escena psicoanalítica del temario constituido por real, simbólico e imaginario, ya no permitía obrar como antes, y que con RSI ya no se podría funcionar (como) con pernepsi.
Pero no, por más increíble, por más inverosímil que parezca, no se ha movido ni un pelo, ni siquiera un breve temblor, ni la menor perturbación en pernepsi ; ¡qué suerte! se habría logrado la notable hazaña de no poder dejar de lado el RSI, sin abandonar pemepsi. En principio, se me preguntará (tal vez), ¿por qué aproximo de ese modo el ternario lacaniano y la trilogía clínica y los coloco en una especie de oposición? Es que en ese punto hay algo que me molesta desde hace tiempo.
Para decirlo sin dudas demasiado rápidamente, hay que saber si se elige pensar con dos o con tres; dicho así parece un poco simple, pero me pregunto si mi malestar no se sitúa exactamente en ese lugar .
Ciertamente tanto ese ternario como esa trilogía son tres; pero la tripartición efectuada afecta dos campos absolutamente diferentes: el cuadro de clasificación pernepsi, dado que ordena los problemas del alma (puede decirse también las perturbaciones de la mente o las disfunciones del aparato psíquico), supone el dos, el dualismo del cuerpo y del alma (psiquismo si se quiere), es lo que se llama corrientemente -en las universidades, los hospitales, los manuales de psiquiatría y de psicología, las veladas mundanas, etc.- la psicopatología (discúlpenme este repaso elemental, pero es necesario para plantear bien la cuestión que me molesta). Los psicoanalistas -digamos los lacanianos, digamos en fin ciertos lacanianos - audaces como son, dirán respecto a la psicopatología simplemente que no existe, ni psicopatología, ni psico, pero -y es lo que me molesta- eso no les impide sumergirse blandamente en pernepsi.
RSI, en cambio, hace pensar en tres, pero no tres partes del alma, ni tres pedazos de vaya a saber qué aparato psíquico (que el Señor Changeux, por ejemplo, junto a varios otros, está en proceso de inculcarnos) sino tres del ser hablante. Y quizá, no se dice claramente esta enormidad: RSI es la ruina del alma, la destrucción y la desaparición del aparato psíquico.
Entonces ya nada es lo mismo, o mejor, ya nada debería ser como antes, dado que se ha pasado de dos a tres; sin embargo parece que todo continua tranquilamente ... i Y es eso lo que me molesta! Si RSI trae algo nuevo en tanto que ternario relativo al ser hablante (parlêtre) y ya no el psiquismo del hombre -digámoslo grosera y rápidamente de ese modo- ¿se puede seguir utilizando el buen cuadro pernepsi que clasificaba los estados del alma? ¿Cómo hacen, los psicoanalistas, para suponer al principio que no hay psicogénesis, y después, a medio camino, utilizar en la clínica -usemos esa palabra- elementos que presuponen que existe? ¡Seguramente los psicoanalistas no pretenden juntar RSI con el dualismo -arriesguemos esta otra palabra- psicosomáticol. Pero tal vez después de reflexionar y examinar el tema se revele que sí. Como dice Lacan "necesitamos el alma como la garrapata la piel del perro" .
De modo que la irrupción de RSI en el psicoanálisis, no parece alterar en nada la psicopatología freudiana, y en eso consiste mi malestar. Pues recordaré que la clasificación en perversión, neurosis, psicosis, es freudiana; sino viene completamente de Freud, al menos Freud la ha confirmado y fortalecido, es a él a quien debemos la solidez y la perennidad de esos casilleros, donde cada uno puede situarse o situar al otro, a todos los otros . Uno puede preguntarse si se trata de una vieja supervivencia, tenaz y adherida como una garrapata, del freudolacanismo desesperado. En ese punto, Freud no llegó a ser desplazado, no se pudo, o no se quiso, desplazarlo; como si, acrobáticamente, estuviéramos agarrados con una mano al ternario lacaniano y con la otra a la psicopatología freudiana. ¿Mi malestar será freudo-lacaniano?
En este último tiempo tuve entre las manos un libro, recientemente editado, que se titula Clinique psychanalytique . El au tor es alguien que ha leído mucho a Lacan, la prueba es que publicó hace poco -con el mismo editor- dos volúmenes de introducción a la lectura de Lacan y -con otro editor- un repertorio bibliográfiico exhaustivo (las tarjetas postales incluidas) de la obra de Lacan. El título Clinique psychanalitique evidentemente me llama la atención, pero, horror, ¿que veo en la tapa? ¡Una quimera, una visión de pesadilla: dos cabezas -célebres- encastradas la una en la otra, o como si una surgiera de la otra, monstruo cefálico teratológico, con tres ojos y dos bocas ... la representación, la imagen del freudo-lacanismo! A pesar de todo, leí un poco: por ejemplo, el autor nos habla, tras haber citado al Lacan de 1953, de la "relación intersubjetiva, es decir la transferencia" (p.l9); y luego del "referente psicoanalítico" que debe entenderse junto al "cuadro de la semiología psicopatológica y dela nosografía que de él procede (pag. 42); por lo tanto el psicoanálisis debería acoplarse a la semiología, ciencia de los signos, ya la nosografía, nomenclatura de las enfermedades; ¡qué suerte que todo pueda ajustarse tan bien! Después, se trata de "la organización psicosexual específica" de los perversos; ¡todos saben que para los psicoanalistas el psico es terriblemente sexual !
Uno recibe muchas informaciones diversas por correo, a condición por supuesto de figurar en ciertos ficheros. Es así que un nuevo periódico acaba de aparecer: el Journal français de psychiatrie, con comité científico y de redacción impresionantes; y se precisa claramente que ese periódico será a la vez "clínico" -eso es concreto- "científico" -¿cómo no serlo?- y "psicoanalítico" -por el mismo precio. He aquí un periódico de psiquiatría psicoanalítica; y oh sorpresa, nos enteramos que dos de los directores de JFP son antiguos miembros de la ex EFP ; eso me inquietó un poco.
En mi casillero postal también hallé, un folleto de un "Encuentro franco-americano de psicoanálisis", muy bello, desplegable, con las banderas francesas y norteamericanas en color; tema del encuentro: "Los estados límites"; pero si bien límites tiene una "s", se trata como todo el mundo lo sabe, del límite entre "ne" y "psi"; eso que te adjudican cuando estás en ciertos estados; no es que pidas estar allí, en esa posición incómoda e incluso peligrosa, inclinándote a veces hacia "ne" y otras hacia "psi", pero hay que aceptado, todo el mundo debe ser clasificado; así los que no presentan síntomas claros y que no expresan francamente de qué lado están, los metemos a cabalgar sobre la barrera. En ese "Encuentro" -y señalo que esta vez fue de psicoanálisis- participaron presidiendo las sesiones, oh sorpresa, antiguos miembros, más o menos conocidos, de la ex-EFP; y todo esa gente pudo reunirse gracias a la colaboración de los laboratorios farmacéuticos que, precisamente como las cosas fueron bien hechas- venden medicamentos contra esos malos estados. Todo eso alimentó aun más mi malestar.
Una manera, sin duda insuficiente pero válida, de seguir la evolución del psicoanálisis es leer bien la correspondencia. Por ejemplo acaba de aparecer, "bajo la dirección de" un miembro de la antigua EFP , una" Introducción a las obras de " ... siete grandes psicoanalistas. Nos enteramos así que hay ¡siete grandes psicoanalistas! (Juego: adivinen quiénes son; les doy una ayuda: están todos muertos, condición necesaria, pero por cierto no suficiente, para ser grande). Queda claro que se trata de "revivir el alma de cada autor" (sic), y que no aparece sólo "la obra comentada, sino también ( ... ] la imagen interior del autor estudiado (resic); el libro está destinado "tanto al estudiante inquieto ... como al psicoanalista confirmado" ... eso debería funcionar.
Pero es necesario que vuelva a esa gran división, a esa gran dicotomía (digamos occidental) de la humanidad en dos "osis" (pues "per" está del lado de "ne"; entre per y ne hay como un parentesco, se comprenden, se hacen guiños, a veces se envidian, casi pueden intercambiar síntomas; no existen tres fronteras en pernepsi, sino una sola: perne/psi; las pericias psiquiátricas penales -me dijeron que ahora algunas pericias se le piden especialmente a los psicoanalistas- nos lo recuerdan a menudo: están los que pueden responder, y los que se decide que no pueden responder por sus actos, es entre las dos "osis" donde se da la división). Dejando de lado la glucosa y otros azúcares, el sufijo "osis" connota, en el vocabulario de la patología médica, el carácter no inflamatorio, no agudo, y por eso mismo prolongado, incluso crónico, de una "afección"; se opone al sufijo "itis", que señala el caso agudo, inflamatorio. Es así que hay artritis y artrosis, dermatitis y dermatosis, etc. Y me doy cuenta que el término psicosis -con motivo del cual organizamos (si no los psicoanalistas actuales no serían actuales) tantos coloquios, congresos, encuentros (¡a veces europeos!), presentaciones, revistas, etc.- es una "afección prolongada", que figura en una lista con otras treinta enfermedades (cáncer, infarto ... ) cuyo gastos de tratamiento son reintegrados en un cien por ciento por parte del seguro social; eso también es la psicosis y de allí derivan muchas consecuencias que no hay que dejar de lado.
Me dirán (tal vez) que es elemental y fundamental para la dirección de la cura saber distinguir la neurosis de la psicosis; y es ese saber, agregaran (sin duda), lo que permitirá una interpretación y no otra, pues en uno u otro caso, la transferencia, el sujeto, el objeto y muchas otras bellas cosas, se presentan de maneras distintas y por lo tanto el fin de la cura, etc. (discúlpenme, reconozco que voy un poco rápido, les recomiendo que lean trabajos importantes y serios que ya existen sobre el tema). Es que esto me molesta mucho también, pues ¿qué?, ¿acaso sería necesario que desde las primeras sesiones -las preliminares digamos- el psicoanalista establezca su diagnóstico? ¿que sepa colocar al analizan te en la zona apropiada, de un lado o del otro de la frontera, y que en cada zona, le encuentre también un buen casillero, para poder enseguida medir, calcular y regular sus intervenciones? Suelo pensar que el primer objetivo del analista -a la vez el más simple y el más imposible- es no obstaculizar lo que se de en el análisis. Ese saber preliminar del analista sobre el lugar del analizante en la clasificación pernepsi me molesta mucho, pues bien podría ser un obstáculo, también preliminar, a todo análisis. Mejor sería que el analista aprendiera a no saber y a no escuchar pernepsi en lo que se le dice.
Dado que al fin hay que remitirse al síntoma, ese síntoma del que se habla tan alegremente y con tanta sutileza y erudición, casi hasta el punto de santificarlo; ese síntoma surgido del símbolo, pero distinto del símbolo al que no obstante está anudado (Lacan, 1975). Un síntoma no se vuelve en cierto modo psicoanalítico si no es captado en "su función de significante "; se podría incluso señalar que sólo hay síntoma a partir del momento en que se dirige a un psicoanalista, es decir a alguien que lo captará en su función de significante; de modo que el psicoanalista (el psicoanálisis) tal vez no está muy bien encaminado -como dice Lacan en "esa historia absolutamente loca" que es consultar a un psicoanalista para que "arregle las cosas"- si éste encierra, si atrapa al síntoma en el saber de la psicopatología, si traduce, en su foro interior (!), eso que alguien le dice en un síntoma fóbico o psicótico, por ejemplo, es porque entonces ya tiene todo cocinado. Un síntoma, un síntoma fóbico, o psicótico, no quiere decir nada; si tiene "una función de significante", eso quiere decir, me parece, que el síntoma no entra en ninguna sintomatología y que es heterogéneo a toda nosografía; no puede haber, no hay sintomatología psicoanalítica.
A veces tengo la impresión que hay quienes creen que la psicopatología o la nosografía existen ; esta creencia también me molesta; pero probablemente es necesaria en su función de recurso, recurso referencial que permitiría, por ejemplo, esquivar la carga "de una mitad del síntoma", lo cual es no obstante una condición para que el síntoma sea analizable, pero se trata de una carga demasiado pesada, que un buen saber referencial ayuda a soportar.
Un día, en abril de 1978, Lacan le dió una buena patada al edificio nosográfico, tumbando esa famosa barrera que se creía intocable; ese día él decía que al neurótico que va a demandar un análisis a un psicoanalista -"historia absolutamente loca" -"hay que llamar (lo) psicótico". Lacan debió equivocarse al decir eso (en una asamblea de analistas), sería como un lapsus, pues si se trata de un neurótico, si está de ese lado no está del otro, etc. Después de quince años que Lacan dijo eso, así de pasada, (fue durante las audiencias sobre el pase en la EFP), hubo tiempo de volver a colocar la barrera e incluso de repintar el muro ne/psi que por otra parte casi no se había rajado después de este error, un error como los que Lacan tan bien sabía cometer.
La "clínica psicoanalítica" es una expresión que, aún hoy, vende bien. Digo eso porque hace un montón que la escucho, la leo, y me doy cuenta que sigue siendo atractiva, reúne gente, gusta, sin que por otra parte sea necesario, añadiría, delimitar muy bien lo que pertenece a la clínica y lo que no. Los psicoanalistas aman profundamente esa palabra. Pero aun cuando sea puesta en el frente de un establecimiento, o califique un examen, una enseñanza, una lección, etc., esa palabra denota absolutamente algo médico. La "clínica psicoanalítica" enlaza siempre lo psicoanalítico a lo médico, los une, y al unirlos, lo relaciona con algo con lo que nunca terminamos de no entendernos, y eso me molesta también, pues con Antonin Artaud, por ejemplo, -lo evoco porque suelo leerlo en estos días- ese fue el malentendido trágico.
Pero entonces, se me interrogará probablemente, ¿qué clínica hay para el psicoanálisis?
Tal vez el único lazo, el único vínculo que hay entre la "clínica" y la práctica del psicoanálisis es etimológico. En efecto, habitualmente, pero no obligatoriamente, el psicoanalista le propone al otro acostarse sobre algo que parece un lecho y, en esa posición, hablar. Lacan decía, como siempre clara y rigurosamente, que "la clínica psicoanalítica es lo que se dice en un psicoanálisis"; he allí Una definición de la clínica con la que concuerdo y me conforma, y agregaba "la clínica siempre está ligada al lecho ... y no se ha encontrado nada mejor que hacer acostar a quienes se ofrecen para un psicoanálisis … " Esa sería entonces la razón de ese acuéstese ahí, y sólo por esa razón podemos conservar, entre nuestros viejos muebles, la palabra clínica; existe el klíné de la clínica y el diván del analista, ambos para gemir: el lecho del sujeto, como se diría asimismo del río.
Si Unbewusst no es lo que no es consciente sino un desliz (une bévue) la clínica ya no es más lo que era y es tiempo de que paseemos a otra cosa, pues después de el tiempo ...
Notas:
1- Pernepsi: neologismo usado por Juean allocuh que habla de la tripartición clásica en perversión, neurosis y psicosis.
jueves, 6 de mayo de 2010
Comunicado de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires.
Gacetilla de Prensa
Asociación de Psicólogos de Buenos Aires
Los Psicólogos, en defensa de la salud mental de la población, convocamos a los colegas de la Ciudad de Buenos Aires a que se acerquen a la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires, Azcuenaga 767,Piso 5º, Oficina 54/56 Teléfonos: y 42, e-mail: apba@psicologos.org.ar, con el fin de generar acciones ante los agravios pronunciados por el Sr. Bunge a las altas casas de estudios y a los profesionales de la Psicología que de ellas han egresado.
El Filosofo Mario Bunge, repitiendo la misma versión publicitaria desde hace 40 años, afirmó que se debe cerrar la Facultad de Psicología e importar psicólogos extranjeros durante 30 años para que haya una psicología científica en la argentina.
Denigrar a los Psicólogos Argentinos y a la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, reconocida mundialmente por su excelencia, es atentar contra la salud de la población a través de una información distorsionada, es decir, desinformación.
La aparición del mencionado Bunge en diversos medios y “el interés por sus declaraciones”, nos remite, indirectamente, a una disputa actual: La promulgación de la Ley de Salud Mental Nacional, aprobada por unanimidad en la Cámara de Diputados y demorada en el Senado, y la reacción ante la misma de los sectores ligados a los medicamentos, por el espacio que tienen la Psicología y los Psicólogos, que no medican, en la mencionada ley.
Es de público conocimiento que los medicamentos, en el caso de los problemas psicológicos, pueden ser un recurso importante, pero el modo de restaurar una perturbación generada por un vínculo es otro vínculo, el psicoterapéutico, el que las incumbencias de grado de Psicólogo y Licenciado en Psicología nos permiten ejercer, de pleno derecho, desde 1985, año de promulgación de vuestra Ley Nacional de Ejercicio Profesional.
El diario Perfil publicó esas declaraciones sin presentar en el mismo artículo algún representante de los sectores afectados, los profesionales Psicólogos y las Facultades de Psicología, para que puedan ejercer el derecho a replica.
La nota fue retomada el mismo día por el programa “Hoy Domingo” en Radio 10 (del mismo grupo empresarial mediático) agregándose comentarios despectivos e injuriosos hacia los Psicólogos y quienes nos consultan.
Posteriormente y ante la insistencia del profesional, la producción le informó que podrían darle 10 o 15 minutos en el siguiente programa, pero lo derivaron al Gerente de Noticias de C5n Laureano Pérez Izquierdo quien “amablemente” le ofreció mandar un móvil para hacerle un reportaje a él y al Presidente de la Asociación. Luego de tres días de llamados infructuosos, esto no se concretó, con excusas pueriles.
En función de estos hechos, la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires con el apoyo de la Asamblea de la Federación de Psicólogos de la República, integrada por todos los Colegios y Asociaciones de Psicólogos de la Argentina:
Rechaza por absurdas, sospechosamente tendenciosas e injuriosas, las declaraciones del Sr. Bunge; las que actualizan momentos trágicos de la Argentina: La Noche de los Bastones Largos, durante la Dictadura de Onganía; el cierre de nuestra Facultad durante la intervención fascista de Ivanisevich y Ottalagano en 1974; la desaparición de decenas de colegas y estudiantes durante la Dictadura Militar.
Condena la actitud del programa de radio 10 “Hoy Domingo” del 4 de abril sobre la nota referida, que además de confundir psicología con psicoanálisis, con sus comentarios carentes de información académica - científica y ampliamente desactualizados de la labor de los psicólogos en ámbitos muy distintos de los de hace treinta años, tales como en violencia familiar, Psicología comunitaria, deportología, tránsito, emergencias y catástrofes, adicciones, etc.; desconoce que los psicólogos se han insertado amplia y eficazmente en los problemas cotidianos de la población, en una forma científica y creativa;
Recuerda que nuestro país es uno de los referentes mundiales de la práctica psicológica tanto por los desarrollos científicos epistemológicos, como por la calidad y creatividad evidenciada por los profesionales egresados de las Universidades de la Argentina.
Informa que, desde el año 2004, los Títulos de Licenciado en Psicología y Psicólogo fueron declarados de Interés Público Nacional por el Ministerio de Educación de la Nación y, mediante Resolución Nº 343/2009 del citado Ministerio, se aprobaron los contenidos básicos obligatorios, la carga horaria, los criterios de formación práctica y los estándares para la acreditación de estas Carreras, continuando con la regulación de la actividad profesional existente desde 1985.
Esta Resolución implica, asimismo, estrictos controles a los que el Estado se obliga, a los fines de garantizar las pautas de calidad acordes a una carrera que interesa directamente a la Salud Mental de la Población. Las omisiones enumeradas muestran la actitud intencionada del Grupo Mediático de desinformar, generando confusión en la población.
Sebastián Silvio Tchukran Carlos Alberto Saavedra
Secretario de Prensa Presidente
miércoles, 5 de mayo de 2010
UNA CLÍNICA SIN MUCHO DE REALIDAD
GUY LE GAUFEY
Cualquiera que sea el adjetivo que califica, a veces, a una clínica — por ejemplo : «analítica» – se ha de esclarecer primero el lazo que toda clínica mantiene con la dimensión de «realidad» con la que parece estar íntimamente ligada. Intenté desplegar anteriormente la semiótica que trama el funcionamiento del signo en la situación clínica , lo que me contentaré con resumir así por ahora : el signo clínico corresponde perfectamente a la definición clásica del signo, según la cual el signo representa algo para alguien. Lo cierto es que a partir de tal definición, el «algo» puede ser entendido de diversas maneras – sin mencionar al «alguien» que, también, puede ser objeto de lecturas varias.
El signo clínico se especifica, entre los demás signos, por tener algo que siempre pertenece a la dimensión de una u otra «realidad» diferente de la suya propia. Veremos un poquito más tarde, en unos cuantos detalles, qué pensar de este término de «realidad», pero antes de indagar en esta dirección, tenemos que tomar en cuenta el hecho de que la noción misma de «realidad» se opone a la del signo. Por supuesto, se puede considerar una cierta realidad del signo mismo; pero en el caso del signo clínico, diferenciamos, sin pensar en ello, la realidad del signo y la de su referente. ¿Por qué?
La escena clínica
La clínica empieza cuando se producen signos enigmáticos, signos que no dan por sí mismos sus significaciones propias, y frente a los cuales se encuentran por lo menos dos personajes (se pueden reducir a uno, pero en este caso los dos papeles diferentes se unen en una misma persona) : primero, el clínico, el supuesto saber, no tanto de lo que significa exactamente cada signo en cuanto se presenta, sino el advertido de la naturaleza engañadora del signo en sí mismo, y consecuentemente, el que no se deja embaucar por un saber libresco que da a un signo su significación sin buscar más… su referencia. Ahí está el busilis.
Y por otra parte, está el segundo, al que vamos a nombrar el alumno, el inocente, el que a veces ni ve al signo, o si se lo ve, cierra el pico sin arriesgarse más allá, o peor aún: se precipita a leerlo como en un libro, blandiendo entonces una significación vacía que no funde su pertinencia en la singularidad del caso, sino únicamente en la generalidad de un saber no-clínico, precisamente.
Esta diferencia entre estos dos personajes es importante porque despliega en el espacio teatral de una escena el camino irrepresentable que permite ir del signo a su referente – y por eso tocar una significación localmente pertinente. El alumno encarna aquí al signo en su opacidad, en su presencia pura de signo, es decir: una configuración sensible que, de una u otra manera, deja adivinar que está representando algo diferente, y que entonces hay que buscar este «algo» con lo que está ligado. Enseñar que hay como una valencia libre es lo que califica al signo como tal. Puede ser el primer trabajo del clínico, que apunta al hecho de que tal apariencia sensible no se puede entender sin la presencia de una causa propia, o también el del alumno que ya practica, como cada uno, la gimnasia general del signo y sabe, más o menos instintivamente, cuando una percepción tiene un valor anunciador de otra cosa, o no.
El clínico, por su lado, encarna – en la confianza que le dan los alumnos, en su papel de relativa autoridad, en su saber práctico tan codiciable – la convicción, sino es que la certeza, de que efectivamente HAY algo diferente, HAY un referente, de suerte que el signo hasta ahora enigmático va a liberar pronto la significación encerrada en él mismo, que seguía teniendo escondida. Y todo esto gracias al clínico y su lectura paciente, cuidadosa y atenta. Así, la escena clínica se ofrece como la de un drama, de una aventura catártica que puede tropezar y fallar, pero también tener éxito en la producción de una significación que proviene de un lazo muy fuerte entre el signo y su algo ya que, las más de las veces, se trata de una relación de causalidad: el signo es una consecuencia de la existencia del referente, del algo.
El signo clínico se ofrece como signo porque algo se construyó directamente, o inició su desarrollo a través de una serie de etapas más o menos complejas. La fiebre aparente, visible, procede de la infección bacteriológica no visible y de la defensa del organismo frente a ésta. Así dice el clínico que conoce todo el camino : la debilidad de las bacterias a temperaturas mayores de 38 grados, el sistema de defensa inmunitaria y su inverosímil inteligencia de la situación, etc. Todo un saber, en este momento libresco, se une allí a la percepción del lado manifiesto del signo para sostener el lazo entre este signo y su referente, al construir una cadena causal sin ruptura. Todo esto parece bastante científico, muy seguro, entonces: ¿cuál es la diferencia cuando decimos que la fobia procede de la angustia de castración? ¿O que la histeria procede de un deseo insatisfecho?.
Cuando este lazo de la significación correcta acaba por establecerse, la diferencia entre el alumno y el clínico se destruye localmente, se reduce a nada. Bien mirado todo esto, hay algo de la caída del telón sobre la obra semiótica que había empezado con el surgimiento del signo enigmático. El público siempre se identifica fuertemente con esta pareja alumno/clínico porque en ellos dos se inscribe el misterio del signo y su cumplimiento, su manera de alcanzar por fin su significación. Pasar así del alumno medio ciego al clínico cuya mirada sabe traspasar la opacidad del signo es casi por excelencia la odisea semiótica en sí misma, y es por eso que el buen clínico tiene tanto de Ulises: astuto, hábil, reflexivo, intuitivo y trabajador.
A partir de este planteamiento mínimo sobre el signo clínico en su tensión dramática, tenemos que referirnos a la obra mayor de Michel Foucault, en la cual aisló como nadie antes lo había hecho lo que llamó «el nacimiento de la clínica». Su búsqueda lo condujo a diferenciar con maestría los caminos a través de los cuales se dibujó una nueva clínica, la que hoy todavía entendemos cuando hablamos de una clínica cualquiera.
El nuevo objeto de la clínica
El magnífico libro de Foucault – en mi opinión, probablemente el mejor que escribió, por su estilo, su fuerza de convicción y la pertinencia de sus análisis – nos permite apreciar la consistencia histórica que tomó este término desde su reinvención al inicio del siglo XIX.
Al dedicarse a destacar el papel de las fuerzas políticas en juego, en la construcción de la nueva importancia del término «clínica» antes y después de la Revolución francesa, Foucault no busca tanto esclarecer el dispositivo semiótico en este giro. Se preocupa, sobre todo, por lo que llama «el fenómeno de convergencia entre las exigencias de la ideología política y las de la tecnología médica». Pero a lo largo de su trabajo, no puede evitar consideraciones bastante semióticas al esclarecer el papel atribuido a la mirada clínica.
En ello sobresale su talento de escritor para dar existencia y consistencia a un ser tan fugaz como el de una mirada nueva en el orden médico. No es que la clínica fuese algo nuevo en sí mismo. Desde Hipócrates y Galeno, el lecho del enfermo siempre había sido el lugar privilegiado de la indagación médica. Pero Foucault tiene razón, o por lo menos nos convence y nos obliga a capitular sin resistencia frente a la idea de que en el viraje del siglo de las luces, algo intervino en la mirada clínica que nunca hubiera podido ocurrir antes.
Muestra con toda claridad que la singularidad del caso clínico nunca se presenta naturalmente, por sí misma, a pesar de sus pretensiones de hacerlo así. Nos informa que la constitución de la clínica moderna se hizo en primer lugar en un combate contra la medicina de la Facultad y a favor de la Société Royale de Médecine, un combate entre una medicina de las esencias de las enfermedades, y otra de las apariencias de las enfermedades, interesada en las epidemias, con un estilo más higienista, y casi estadístico. Esto fue un viraje decisivo para que se destacase la enfermedad, no en sí misma, sino en sus apariencias visibles, y más allá de sus particularidades sociales, regionales, familiares, etc. Sólo este episodio histórico de lucha entre dos medicinas permite entender bien por qué la mirada clínica necesitó un terreno nuevo, un terreno que ya no tenía nada natural, el de una nueva concepción del espacio del hospital clínico en el cual los signos de la enfermedad se presentaban como en un ámbito homogéneo. Esto es un punto clave: el objeto de la mirada clínica ya no se encuentra en la naturaleza, como pura manifestación de su esencia a través de la variedad de sus apariencias, sino en el hospital clínico, es decir en un lugar en el cual han sido aislados algunos casos típicos de enfermedades. Lo que se encuentra entonces en semejante lugar clínico donde reina la mirada clínica, no son tanto enfermedades, sino conjuntos de signos que plantean problemas semiológicos, y revelan la presencia indirecta de tal o cual enfermedad. Hubo aquí un cambio de valor de lo visible: antes, los signos patológicos no eran más que los índices directos de una enfermedad considerada como un ser, complejo y ajeno pero bien individuado. En el hospital clínico, los signos valen por sí mismos, componen un mensaje que el clínico debe descifrar signo por signo, letra por letra.
Importancia de la descripción
A partir de esta primera elección que produce el nuevo terreno clínico, se plantea mejor el problema de una clínica moderna: por supuesto, hay una prioridad ética y técnica del ojo, de la mirada que destaca los signos, pero esto no basta ya que se trata de enseñar al alumno, y por eso de conjugar la agudeza de la mirada advertida del clínico con el aparato del lenguaje. Es únicamente a través de este último que se puede esperar una transmisión del saber clínico. De ahí la importancia de la «descripción», término clave del universo clínico. Un cierto Amard, citado por Foucault, decía muy bien: «L’art de décrire les faits est le suprême art en médecine ; tout pâlit devant lui ».
Al buscar una nitidez lingüística tan aguda como la de su discernimiento visual, el saber clínico hubo de inventarse rápidamente una terminología bastante rígida, ya que se trataba entonces de conjugar la singularidad de lo visto con la homogeneidad de lo transmisible. De ahí un conflicto grave entre el naturalismo de una clínica abierta a una mirada no recargada con un saber ajeno al objeto, y la indispensable nomenclatura más o menos rígida gracias a que la mirada inocente puede transformarse en una palabra culta, que reconoce a través de la dispersión de los datos de todo orden, los elementos pertinentes para establecer el diagnóstico correcto. Este es el conflicto que se encarna en los dos personajes de la escena clínica que describía al inicio.
Lo más interesante en las consideraciones de Foucault es lo que él llama «la estructura alfabética de la enfermedad »; aquí se encuentran sus notaciones en lo que se refiere al nexo entre semiología médica y semiótica general, es decir entre síntoma y signo.
Esta concepción alfabética corresponde a un cambio de paradigma mucho más amplio que el que estudiamos aquí. A lo largo del siglo XVII y de la primera parte del siglo XVIII, el modelo de la constitución de un saber ya era la clasificación botánica, que ordenaba a partir de las semejanzas visibles la heterogeneidad perceptible, sin tener miedo de perderse en una arborescencia indefinida. Era, en aquel entonces, el paradigma central para pasar de la infinitud de lo perceptible a la finitud de los elementos del saber humano. A partir del fin del siglo XVIII, es al contrario: la gramática , se presenta como un modelo de construcción de un saber, en la medida en que revela cómo una lengua permite comprender que la infinitud de lo que se puede significar proviene de una serie finita de términos – algo que debía reducirse más tarde a la doble articulación del lenguaje. Ya no se trataba entonces, en la construcción de un saber, de describir al infinito las diferencias perceptibles, sino también de fabricar la batería mínima cuyos términos se encontrarían en todas las manifestaciones que pudiéramos visualizar . A la mirada: las variedades sin fin de lo visible; a la terminología clínica: los ladrillos elementales a partir de los cuales se construyen las enfermedades, y por eso se entienden.
De tal modo que ya no se trata de percibir una enfermedad en sí misma, sino únicamente lo que llamo aquí sus «ladrillos», es decir los signos mínimos con los que el clínico concluirá sobre tal o cual enfermedad. El diagnóstico surge como una conclusión hipotética, y no como la percepción indirecta de una enfermedad que se escondería detrás de los signos que la traicionan. «¿Qué es una pleuresía?», pregunta el gran médico francés Cabanis después de haber descrito los signos que la caracterizan. Él mismo contesta: «Es el cúmulo de estos accidentes que la constituyen. La palabra “pleuresía” no hace más que recordarlos de una manera más abreviada .» Tenemos entonces que considerar un cierto nominalismo de la clínica moderna en el sentido de que lo que existe realmente, ya no son tanto las enfermedades, consideradas como los universales de la Edad media, sino los signos patológicos en sus propios referentes. Estos signos constituyen el alfabeto clínico que el buen alumno debe aprender de memoria. Es casi al revés de la concepción anterior en la cual los mismos signos no eran más que una especie de dibujos sobre una tela visible que testimoniaban de la presencia de un ser tan invisible como nefasto, aciago y funesto.
Foucault escribe páginas memorables sobre el hecho de que, en este viraje, una concepción bastante religiosa de la enfermedad, como manifestación individuada de lo malo, se deshace en favor de otra concepción que encuentra en la muerte, en la patología anatómica, la racionalidad última de las fuerzas que se oponen a la vida. La nueva clínica se quiere laica, no porque sus clínicos serían en adelante ateos, sino porque la presencia milenaria de lo malo en lo maligno, el malestar, lo maléfico se desvanece como principio unitario de cada enfermedad. Hasta entonces, cada una tenía una existencia propia que podía ser pensada como un sujeto en el reino de lo malo, obedeciendo a su amo, el espíritu maligno. El gran modelo de la encarnación, que permitió durante siglos pensar el nexo entre esencia y existencia, entre el ser y sus manifestaciones, seguía siendo un eje fundamental en la vieja clínica, en la antigua manera de pasar de la variedad de los signos a la unidad de una enfermedad. De ahí en adelante, debido a la mirada clínica que se reconcentra en la lectura de los signos patológicos presentes en un hospital hecho para enseñarlos, desaparece el reino de lo malo con sus sujetos, las diferentes enfermedades, y se dibuja un nuevo nexo entre signo y realidad.
Realidad clínica y racionalidad
La realidad que cada signo implica entonces, ya no es la enfermedad misma. Esto es clarísimo en la cita de Cabanis: el mismo signo puede muy bien encontrarse en enfermedades totalmente diferentes. Sólo el conjunto apunta a una, y a una sola. Pero se necesitaba un paso más para liberarse claramente de la noción de esencia de cada enfermedad, y de su inscripción en una nosografía y una nosología . Fue el trabajo del médico francés Broussais quien, en la famosa cuestión de las fiebres, llegó a considerar que todas (se conocían por lo menos una docena), no eran una sola, por supuesto, sino que era la manera en que los tejidos reaccionaban cuando, por una razón cualquiera, estaban irritados. A la concepción de una serie de fiebres esenciales se substituía la idea de una misma forma de reacción del organismo. En una disputa con otro médico, el mismo Broussais hablaba de «desesencializar» el «estatuto general de la fiebre» para considerar únicamente la localización del signo aparente, y entender a partir de ahí el sufrimiento, no del enfermo, sino del tejido aislado por la localización (y eventualmente, si se podía, curarlo).
Con él, ya no se trata entonces de buscar signos que permitirían concluir sobre tal o cual enfermedad, sino de localizar el signo en el espacio del cuerpo, porque esta localización permite concebir una causalidad (y luego una racionalidad) que ya no requiere del pensamiento de entidades casi metafísicas, como se le aparecían a Broussais las enfermedades que le ofrecía la nosología de su época. El signo clínico basa en adelante su racionalidad en esta indispensable localización. Comenta Foucault :
L’espace local de la maladie est en même temps, et immédiatement, un espace causal..
El espacio local de la enfermedad es al mismo tiempo, y en el acto, un espacio causal .
Pero este espacio necesita absolutamente una lesión, por lo menos la manifestación en el espacio del cuerpo del signo que autoriza atribuirlo a una causa directa o indirecta. Aquí está el punto clave de la nueva clínica, que permitía no precipitarse hacia cualquier esencialidad de la enfermedad, y por eso mismo, no regresar tan rápido al modo de pensar de antes, utilizando la nueva terminología de la clínica moderna. Aquí podemos adivinar algunas preguntas que es posible plantear a una clínica analítica, empezando con problemas que se encuentran en la psiquiatría.
Lesión o no lesión
En su nacimiento mismo, esta clínica psiquiátrica se encuentra dividida entre los que buscan incansablemente la lesión –y triunfan cuando la encuentran, como en la parálisis general-, y los que ni siquiera piensan en buscarla, como el psiquiatra francés François Leuret y su «tratamiento moral», en la primera parte del siglo XIX. Ahora se trata de lo mismo, sólo que la lesión se ha reducido en un punto preciso del funcionamiento neuro-biológico: si falta la cantidad x de tal o cual neuro-transmitor, esto desempeña sin problema el papel atribuido anteriormente a la lesión porque siempre se trata de la localización de un tejido corporal. La quimioterapia puede presentarse como la continuación de una clínica seria, en el hilo de la gran clínica inventada al inicio del siglo XIX, porque sus éxitos demuestran la presencia de una causalidad física, química, y luego espacial y corporal. Pero este ideal médico no pudo abarcar la totalidad inestable del campo psiquiátrico; de ahí la tentación de construir un nuevo tipo de clínica, que ya no se apoyara tanto en la lesión y el tipo de funcionamiento de su signo, sino en la producción de un signo de otra naturaleza, mucho más discursiva. Los grandes clínicos psiquiatras del fin del siglo XIX y del inicio del XX (Legrand du Saule, Sérieux et Capgras, De Clérambault, etc.) se aventuraron en un modo de descripción que ambicionaba rivalizar con la clínica moderna. No tengo el tiempo suficiente para detallar sus esfuerzos, entonces mejor me dirijo directamente a Freud que agravó considerablemente la cuestión, al cortar casi por completo, el último lazo que quedaba con la nueva inteligencia del signo establecida por la nueva clínica.
Se sabe bastante bien que la fractura entre Charcot y Freud se produjo sobre la cuestión de la lesión ; pero no existe tanta gente que pueda medir bien la importancia de la pérdida de Freud en el terreno de la racionalidad clínica cuando se decidió a abandonar su «neurotica», es decir no sólo la idea de una causalidad lesional, sino también la de un trauma sexual en la patogenia de la histeria. En este caso, la noción de tejido corporal podía ser sustituida por la de, digamos, tejido histórico: la teoría de la degeneración, por ejemplo, lo hacía sin mayor problema por los psiquiatras que la practicaban, al considerar que la historia de las generaciones era capaz de explicar la presencia de síntomas clínicos. Pero la suposición lesional seguía siendo decisiva para ellos; nadie se permitía negarla, sólo aplazarla un poco. Freud, sin vacilar mucho, la abandonó, no sin problema para él, y sobre todo para la cohorte de sus alumnos en la cual no todos entendieron bien las consecuencias de tal renuncia.
Freud mismo extremó las cosas hasta poner en duda que el análisis se apoyaba de manera decisiva en la noción de causalidad. En su conferencia XXVII, pregunta a sus supuestos auditores si saben bien lo que se llama una «terapia causal». Su descripción corresponde muy estrechamente a la de una clínica médica en el mejor sentido de la palabra. Pero precisa de inmediato que el análisis no se puede entender así, esencialmente a causa de este fenómeno extraño, crucial en el tratamiento, que tenemos que nombrar: la transferencia.
¿Por qué tal precisión? Porque a sus ojos hubiera sido un error fatal concebir la repetición ligada a la transferencia como la prueba de que hubiera pasado lo mismo anteriormente. Una transferencia al padre sobre «la persona del médico», escribe Freud, no es la prueba de que «el enfermo hubiera sufrido anteriormente de semejante lazo libidinal inconsciente con su padre ». Se deshace aquí la posibilidad de pensar tranquilamente en una especie de «clínica histórica» que constituyera sin embargo y aparentemente el único recurso de una clínica analítica.
¿Qué pasa entonces del lado del signo? Habíamos entrevisto que la nueva clínica se había dado una comprensión muy precisa de los referentes de los signos que a ella le interesaban, a través de su preocupación por la localización. La realidad que buscaba el nuevo clínico pertenecía de pleno derecho a la realidad que el nuevo discurso científico estaba midiendo. Podemos recordar aquí el hecho de que la tercera sección del primer libro en La ciencia de la lógica, de Hegel, se intitula «Teoría de la medida», y corre sobre más de sesenta páginas. Esta pasión de la medida implica una concepción del signo a la cual pertenece de pleno derecho el signo clínico. No es que, de vez en cuando, este signo tome un giro cualitativo; sino que el referente de este signo sigue siendo algo espacial, algo que, bajo algunas condiciones, podría ser medido.
Dos clínicas, dos signos
Encontramos aquí una de las más viejas distinciones en la naturaleza del signo: los escépticos consideraban que debían por lo menos diferenciar los signos «conmemorativos» y los signos «indicativos». Cito ahora a Sextus Empiricus:
Se dice que un signo es «conmemorativo» cuando ha sido claramente observado asociado a la cosa significada en el momento en que ésta es obvia, y nos induce, cuando ésta última ya no es evidente, a recordar aquella primera asociación, aun cuando el objeto significado ya no se presenta actualmente de manera manifiesta .
Un signo se llamará «de indicación», no cuando está claramente asociado a la cosa significada, sino cuando designa, en virtud de su naturaleza propia y de su constitución, aquello de lo que es el signo, como por ejemplo los movimientos del cuerpo son los signos del alma.
No nos sorprende el ejemplo final, que nos indica, en este caso, que la nueva clínica se fundaba en el signo «conmemorativo», como lo aconsejaban los escépticos para quienes los signos «de indicación» no ameritaban ser considerados como signos verdaderos. Pero es claro también que la clínica freudiana se instaló, en gran parte, en el terreno de este signo «de indicación», ya que la realidad a la cual remitía la mayoría de los signos que a Freud le interesaba, nunca la había visto nadie. Su «realidad psíquica», tan necesaria como era, lo ponía en un terreno semiótico en el cual se perdía la posibilidad de emplear las técnicas de la nueva clínica.
¿Se podía fundar otra clínica? Nos encontramos, hoy todavía, ante esta misma pregunta y lo mejor que podemos hacer es no olvidar los datos de este tan bien llamado «nacimiento» de la clínica. Es notable que Freud no disimuló la dificultad, y la reconoció plenamente en este tan bien conocido primer párrafo intitulado «Epicrisis», en el caso de Elizabeth von R…, en los Estudios sobre la histeria. Escribe:
No he sido psicoterapeuta siempre, sino que me he educado, como otros neuropatólogos, en diagnósticos locales y electroprognosis, y por eso a mí mismo me resulta singular que los historiales clínicos por mí escritos se lean como unas novelas breves, y de ellas esté ausente, por así decir, el sello de seriedad que lleva estampado lo científico. Por eso me tengo que consolar diciendo que la responsable de ese resultado es la naturaleza misma del asunto, más que alguna predilección mía ; es que el diagnóstico local y las reacciones eléctricas no cumplen mayor papel en el estudio de la histeria, mientras que una exposición en profundidad de los procesos anímicos como la que estamos habituados a recibir del poeta me permite, mediando la aplicación de unas pocas fórmulas psicológicas, obtener una suerte de intelección sobre la marcha de una histeria.
Esto se lee generalmente como algo bastante romántico, sin que se mida bien el desenganche semiótico que aquí está puesto en obra. La invención ulterior de la «bruja», es decir de la metapsicología, agravaría la situación en la medida en que la «realidad» de sus instancias está totalmente incluida en la lógica de los signos «de indicación», y subvierte también la base de la clínica cuyo nacimiento ha sido tan bien descrito por Foucault.
El pie que le falta a una clínica analítica
Nuestra descripción se ha complicado bastante, y para progresar en nuestra aclaración de lo que es una clínica analítica, tenemos que volver nuevamente sobre el escenario clínico tal como se lo presenté inicialmente. En el momento en que se aleja el referente del signo, pasando de la casi presencia de la «conmemoración» a la casi ausencia de la «indicación» como en las «novelas breves» de Freud, se desvanece también el alumno: ya no hay ahí nadie que vea el signo en sí mismo, con plena inocencia. Para que se vea el signo mismo se necesita aquél que va a establecerlo: el analista, el narrador, el paciente, poco importa su título, pero al famoso triángulo de partida: clínico/alumno/signo, le falta, de ahora en adelante, un pie. El signo, tan enigmático en su sentido como obvio en su presencia en la clínica médica, ha desaparecido como tal; en adelante, para enseñarlo, habrá que construirlo.
Antes, en el tiempo de la clínica que estudió Foucault, la naturaleza próxima del referente se revelaba en el hecho de que el signo mismo se daba generosamente para cualquier mirada atenta, lista y deseosa de instruirse. Ahora bien, se revela con nuestro nuevo escenario un rasgo que estaba bastante escondido en nuestras primeras consideraciones a propósito de la escena clínica: el alumno era, por principio, absolutamente cualquiera. El clínico no, pero el alumno sí, porque él era únicamente este punto de ceguera y de aprendizaje progresivo que lo hacía pasar del signo opaco al signo cumplido. En eso, es el hermano del observador científico que es necesario en toda ciencia experimental: este observador es cualquiera, o no es. Por el contrario, «la situación analítica, como lo escribe Freud, aquí directo en lo esencial, no admite cualquier tercero». Aparentemente, con esta frase, se trata sólo de aislar a la pareja analista/paciente. Pero ello implica también que no se puede introducir disimuladamente este tercero, este observador tan importante en el estatuto del objeto científico, ya que su presencia determina la capacidad de repetir la experiencia. Tenemos aquí, con el tratamiento analítico, una vivencia que no se puede repetir, que no autoriza a un tercero, y que luego no nos ofrece un signo de la misma naturaleza que el de la experiencia científica, o clínica. Esto se olvida comúnmente, y tendemos a recibir el signo clínico analítico como un signo «conmemorativo» cuando siempre es, sin ninguna duda, un signo «de indicación», totalmente construido por el que pretende enseñarlo.
He aquí una de las razones por las cuales Lacan identificó, en su seminario RSI, la realidad psíquica y la religiosa: ambas se alcanzan por signos «de indicación». Y por más indispensables que sean estos signos en el orden semiótico, no autorizan una clínica en el sentido que la desplegó Foucault, aunque les pese a tantos analistas que hablan de «Clínica freudiana» y de «Clínica lacaniana» sin pestañear, considerando que colgar un adjetivo por ahí y un sustantivo por allá no es sino una mera cuestión de gramática.
¿Tenemos acaso que afligirnos por esas condiciones tan críticas en lo que se refiere al nivel de realidad del signo pertinente en una clínica que, a pesar de mis ironías anteriores, se querría analítica? No, porque son aún más graves de lo que parecen, y precisamente en esta desmesura, encontramos nuestra suerte en la medida en que logramos tocar el punto en que ya no se necesita seguir corriendo detrás de una realidad cualquiera.
De lo que se trata ahora es de abandonar la realidad histórica así como también la psíquica, ya que esta última trae con ella la oposición normal/patológico que funda toda la psicopatología. De tal modo que se desvanecen muchas cosas al mismo tiempo: el alumno (el observador), el signo enigmático y la perspectiva de su referente, pero también la pareja normatividad/patología que estaba silenciosamente al principio de la elección del signo clínico. Nos encontramos ahora en un mar de palabras sin contar siquiera con una guía para saber por dónde buscar lo que permitiría cerrar una significación correcta.
No quiero dármelas aquí de poeta, y encomiar los deleites del silencio interior, o de la pura presencia a las cosas de ese mundo nuestro, como lo hizo tan bien Hugo von Hofmannsthal en su carta de Lord Chandos; me gustaría mucho más hacerme eco de la noción de primeidad forjada por Charles Sanders Peirce, noción que comenté largamente durante el último seminario que dicté aquí el año pasado. Se trata de considerar con esto un lado del signo que generalmente uno se apresura a pasar por alto: el signo sin relación a nada y a nadie. Ni en relación a quien lo produce como signo enigmático, ni tampoco en relación a quien lo escucha con plena inocencia, ni en relación a lo que fuera que le diera su significación. Se trata del signo fuera de su complemento referencial y de cualquier dimensión de interlocución, tal como Peirce lo presenta en su base: un puro «would be», algo en espera, que trae su propia música, como si estuviera casi totalmente ensimismado. Este concepto de primeidad desafía la razón ya que plantea la necesidad de darse algo que no tiene ninguna relación con nada: o sea, algo aparente y perfectamente incomprensible.
En esta exigencia, no hay sin embargo nada de chifladura de poeta. Surge más bien como condición inexpugnable del equilibrio interno del signo en su tripartición básica: para alcanzar cualquier triplicidad, hay que apoyarse en un «uno» que se sostenga por sí mismo, sin buscar más amparo – otro ejemplo de la misma necesidad, es lo que hace Lacan, de otra manera, con su rasgo unario. Se podría demostrar aquí la pertinencia semiótica de esta primeidad tal como la concibió Peirce; pero ¿qué hay de su pertinencia en el suelo analítico en busca de su clínica ?
El ocurrir del sujeto
La ruptura entre los signos y sus referentes se desarrolla siguiendo dos planos diferentes. Uno condujo al hallazgo de la incompletud de lo simbólico a través de los esfuerzos de David Hilbert y Kurt Gödel. Esta ruptura permitió estudiar la consistencia propia de un sistema de signos, sin hacer intervenir ninguna propiedad de sus referentes. Este fue el caso de la aritmética que, desde Frege y Russell, y su descubrimiento de las famosas paradojas, forcejeaba sin poder establecer su propia consistencia, porque siempre se mezclaban las propiedades de sus escrituras con las de los nombres, incluyendo así el terrible infinito que generaba –cada uno lo sabía bien– las paradojas. En 1931, Gödel demostró finalmente que, a pesar de su postura de eje central de las matemáticas, la aritmética no podía demostrar su propia completud. Eso no constituye, de ningún modo, una debilidad suya, sino un punto clave de su funcionamiento.
Pero nos interesará más, para concluir, el otro lado –que les importa un bledo a los matemáticos. Aquí ya no se trata de construir un sentido, o de encerrar a cualquiera significación, sino de arreglárselas de tal manera que uno pueda quedarse a la espera, sufriendo el hecho de que, precisamente, el sentido no se dé, no se encuentre, y aun a veces se rehuse tercamente durante un largo largo tiempo. Pienso, por ejemplo, en ciertos análisis de sueños que acaban trayendo signos totalmente enigmáticos, que no se dejan reducir a cualquier significación, precisamente lo que Lacan llamó:«las letras en suspenso (en souffrance) en la transferencia». Si hay, como se dice a veces, una clínica «de la transferencia», ésta tiene que tomar en cuenta, con agudeza, esta tensión peculiar que caracteriza al analista, por lo menos tanto como su saber teórico, práctico y cualquier otra cosa que viniera de su análisis «didáctico». No es exactamente ignorancia de su parte, o paciencia, o «cualidad de escucha»: todas esas palabras se refieren a faltas y virtudes personales y yoicas. Se trata más bien de una postura semiótica en la cual el signo encuentra su condición inaugural, aquella que destacó Peirce con tanta audacia gracias a su «primeidad», es decir también: el mero valor de llamada del signo –y me gusta en esta ocasión poder referirme al castellano que alberga aquí algo de la «llama» en la «llamada». Lo que da su llama al signo se ahoga y se muere en la significación –sin la cual no obstante no podríamos hacer nada.
Más arriba del cierre de la significación, a partir de la cual se puede desplegar todo lo psicopatológico si se quiere, existe este punto de acogida del signo que sobrepasa cualquier clínica en la medida en que se presenta como una especie de celebración de la dimensión simbólica a través de la cual encuentra su propia existencia el sujeto de la palabra. El analista, en su capacidad de no reducir todo lo que se dice a significaciones, manteniéndose a la espera de un sentido que no logra alcanzar su cierre, sin dejar escapar algo vago –precisamente esto vago que va a interpretar el otro signo, éste que siempre está por venir–, el analista se coloca decididamente en el lecho de la corriente simbólica.
Al respetar así a lo vago que caracteriza el cierre mismo de cada significación, este analista ofrece puntualmente a su paciente el albergue en el cual toda realidad está en suspenso: la de su historia como la de sus fantasías, la de sus traumas como la de su goce. De este suspenso, obviamente, no se puede decir mucho. Pero cuando este vacío falta, cuando la clínica que se quiere analítica se construye y se enseña en forma de psicopatología, cada uno puede saber, en el acto, que se ha perdido esta carencia de realidad que da su llama, su ánimo, al orden y al desorden simbólico.
jueves, 29 de abril de 2010
Introducción a la edición alemana de un primer volumen de los Escritos
Jacques Lacan
Se ha planteado la cuestión del sentido del sentido (the meaning of meaning). Yo puntualizaría que, ordinariamente, se trata de hallar su respuesta sino fuera simplemente un pase de magia universitario.
En mi práctica, el sentido del sentido se conceptualiza (Begrif) por aquéllo de lo que huye, entendiéndose de un tonel y no de una estampida.
Es de aquello de lo que él huye (sentido; tonel) que un discurso toma su sentido; o sea, de que sus efectos sean imposibles de calcular.
Es evidente que la cumbre del sentido es el enigma.
Yo, no exceptuado de la susodicha regla, planteo la cuestión del signo al signo; de cómo se señala que un signo es signo, a partir de la respuesta encontrada en mi práctica.
El signo del signo, llamado la respuesta que hace pre-texto a la cuestión, es que no importa, finalmente, qué signo haga función de otro, precisamente porque él, puede serle sustituido. Pues, el signo, no tiene alcance más que por deber ser descifrado. Sin duda, es del desciframiento de donde el conjunto de los signos toma sentido. Pero no es porque una tal mención dé en el otro su término que él descubra su estructura. Hemos dicho aquéllo que equivale al alma del sentido. Arribar a élla no le impide fugarse. Un mensaje descifrado puede permanecer siendo enigma. El relieve de cada operación ‑una activa, otra pasiva- sigue siendo distinto. El analista se define en esta experiencia.
Las formaciones del inconciente demuestran sus estructuras como descifrables. Freud distingue la especificidad del grupo -sueños, lapsus y chistes a partir del modo, el mismo, con el cual opera con éllos. Sin duda Freud se detiene, cuando descubre el sentido sexual de la estructura. De lo que en su obra no se encuentran más que sospechas es de que la prueba del sexo no se sostiene más que por el hecho del sentido, pues en ninguna parte, bajo ningún signo, el sexo se inscribe por una relación.
Sin embargo, la inscripción de esa relación sexual podría ser exigida con razón, en tanto que en el inconciente es reconocido el trabajo del ciframiento o sea, de lo que hace falta al desciframiento.
El cifrar puede pasar por algo más elevado que el contar, en la estructura. El embrollo, pues ésto está hecho precisamente para eso, comienza en la ambigüedad de la palabra cifra.
La cifra funda el orden del signo.
Pero por otra parte, hasta 4, quizás hasta 5, como máximo hasta 6 números que son del real, aunque cifrados- los números tienen un sentido, el cual denuncia su función de goce sexual. Ese sentido no tiene nada que ver con su función de real, pero abre una perspectiva sobre aquello que puede dar cuenta de la entrada de lo real en el mundo del "ser" parlante (quedando bien entendido que sostiene su ser de la palabra). Supongamos que la palabra tiene la misma dimensión gracias a la cual el único real que no pueda inscribirse en ella sea la relación sexual.
Digo supongamos para aquellas personas cuyo estatuto está en primer lugar tan ligado a lo jurídico, al semblante de saber, hasta a la ciencia, que precisamente se instituye de lo real, que no pueden abordar ningún pensamiento en la inaccesibilidad de una relación que por lo menos encadena la intrusión de esta parte del resto de lo real.
Esto en un "ser" viviente del cual lo menos que se puede decir es que se distingue de los otros por habitar el lenguaje, como dice un Alemán que me honro de conocer (como se expresa para denotar que uno ha hecho su conocimiento). Este ser se distingue por esa morada algodonosa en el sentido en que el llamado ser la rebaja en toda clase de conceptos, o sea de toneles, más fútiles unos que otros.
Aplico esta futilidad hasta la misma ciencia, para la cual es evidente que no progresa más que por la vía de tapar los agujeros. Que eso le ocurra siempre es lo que la hace segura. Bajo esta condición, la ciencia no tiene ninguna clase de sentido. No diría lo mismo de lo que ella produce, que curiosamente es la misma cosa que aquello que se escurre por la fuga, de la cual es responsable la hiancia de la relación sexual, o sea la que yo destaco del objeto (a), a leerse pequeña a.
En relación a mi "amigo" Heidegger, evocado antes, por el respeto que le tengo, emito el voto de que él tuviera a bien detenerse un instante, voto puramente gratuito, en tanto sé perfectamente que no podría hacerlo, detenerse, digo, sobre esta idea de que la Metafísica no ha sido nunca, y tampoco podría prolongarse, más que en ocuparse de tapar el agujero de la política. Ese es su resorte.
Que la política no alcance la suma de la futilidad, es en lo que se afirma el buen sentido, aquél que hace la ley. No tengo que subrayarlo al dirigirme al público alemán que tradicionalmente le ha añadido a ello el sentido llamado de la crítica, sin que sea vano recordar aquí donde lo ha conducido ello en 1933.
Inútil hablar acerca de lo que yo articulo del discurso universitario, en tanto él especula con lo insensato como tal y, en ese sentido, su mejor producción es el chiste, el que, sin embargo le provoca miedo. Este miedo es legítimo si uno piensa en aquel que aplasta en el suelo a los analistas, o sea a los parlantes que se encuentran sometidos a ese discurso analítico. Uno no puede menos que sorprenderse ante ellos por el hecho de que ese discurso haya advenido en seres, hablo de los parlantes, de quienes se dice todo al decir que no han podido imaginar su mundo mas que suponiéndolo embrutecido, o sea, a partir de la idea que tienen, desde no hace demasiado tiempo, del animal que no habla.
No les busquemos excusas; su ser mismo es una de esas ideas. Pues si ellos se benefician de ese nuevo destino, en tanto que ser, les falta ex - sistir. Inclasificables en ninguno de los discursos precedentes, sería necesario que ellos existieran en aquéllos, en tanto se creen sostenidos, al apoyarse en el sentido de esos discursos para proferir aquello en lo cual su propio discurso se contenta, a justo título de ser más fugitivo, lo que lo acentúa.
Sin embargo, todo los reduce a la solidez del apoyo que tienen en el signo: éste no sería más que el síntoma con el cual tratan, que hace un enorme nudo del signo, nudo tal que un Marx lo ha percibido hasta sosteniéndose en el discurso político. Sólo me atrevo a insinuarlo porque el freudo-marxismo es el embrollo sin salida.
Nada consigue enseñarles, si siquiera el hecho que Freud fuera médico y que el médico como el enamorado no tiene miras muy largas, que es entonces en otra parte donde es necesario ir para obtener su genio. Especialmente en hacerse sujeto no de un repaso, sino de un discurso sin precedente, por el cual sucede que los enamorados se conviertan en genios al reencontrarse en él, qué digo, en haberlo inventado mucho antes que Freud lo estableciera, sin que por ello le sirva al amor para nada. Eso es patente.
Yo, que sería el único -si algunos no me siguen- en hacerme sujeto de ese discurso, voy a demostrar, una vez más, por qué los analistas se embrollan en él, sin recurso.
El recurso es el inconciente; el descubrimiento de Freud de que el inconciente trabaja sin pensar en ello, ni calcular, ni siquiera juzgar y que, sin embargo, el fruto está allí: un saber que no se trata más que de descifrar, en tanto consiste en un ciframiento.
¿Para qué sirve ese ciframiento? Yo diría que para retenerlos abundando en la manía, planteada por otros discursos, de la utilidad (decir manía del útil, no niega al útil). El paso no está dado por este recurso que, sin embargo, nos recuerda que, fuera de lo que sirve, está el gozar; que en el ciframiento está el goce, ciertamente sexual, está suficientemente desarrollado en el decir de Freud para poder concluir en ello: que lo que implica es que está allí lo que obstaculiza la relación sexual establecida. O sea que jamás puede escribirse sobre esa relación. Quiero decir que el lenguaje no hace nunca otra traza más que la de una triquiñuela infinita.
Con toda seguridad que entre los seres que son sexuados (aunque del sexo no se escriba más que por su no relación) hay encuentros.
Hay buena hora (bon heur). No hay nada más que esto: a la pequeña felicidad (bonheur), la chance! Los “seres” parlantes son felices; felices por naturaleza. Todo lo que les falta es chance. No será que por medio del discurso analítico ésta podría aumentarse un poco? He ahí la pregunta de cuyo ritornello no hablaré si su respuesta no estuviera ya. En términos más precisos: la experiencia de un análisis libera a aquel que llamo el analizante-¡ah!, que suceso he obtenido con esta palabra entre los pretendidos ortodoxos y como, por ella, confesaban que su deseo en el análisis era el de no ser o no estar en él para nada- libra al analizante, decía, el sentido de sus síntomas. Y bien; planteo que esas experiencias no podrían adicionarse -Freud lo ha dicho antes que yo. En un análisis todo consiste en recoger -donde se ve que el analista no puede traerse de las patas- en recoger, por otra parte, como si nada hubiera estado allí establecido. Eso no quiere decir más que la fuga del tonel siempre puede volver a producirse.
Pero ese es precisamente el caso de la ciencia (y Freud no lo entendió de otro modo, falta de previsión).
Pues la cuestión comienza a partir de que existen tipos de síntomas, de que existe una clínica. Sólo que ésta existe desde antes que el discurso analítico y es seguro, pero no cierto, que el mismo le aporta alguna luz; y nosotros necesitamos de la certeza en tanto es la única que puede transmitirse y demostrarse. Esta es la exigencia de la cual muestra la historia, para nuestro estupor, que ha sido formulada mucho antes que la ciencia misma responda de ella, y que, aunque la respuesta misma haya sido completamente distinta de la facilitación que la exigencia hubiera producido, la condición de la cual ella partió fue que la certidumbre fuera transmisible, y ella ha sido satisfecha.
Estaríamos equivocados en fiarnos en no hacer más que el remitirnos a ello, aunque fuera con la reserva de la pequeña felicidad, la chance.
Pues, hace largo tiempo que tal opinión ha producido su prueba de ser verdadera, sin que, sin embargo, produzca ciencia (conforme el Menón, donde es de eso de lo que se trata).
He ahí que ya puede escribirse, aunque no sin hesitación, lo que los tipos clínicos relevan de la estructura. No sería así, cierto y transmisible, más que a partir del discurso histérico; hasta es en el cual se manifiesta un real, cercano al discurso científico. Se destacará que he hablado del real y no de la naturaleza.
Desde donde yo indico que lo que surge de la misma estructura no tiene necesariamente el mismo sentido. Es por ello que no hay análisis más que de lo particular. No es enteramente de un sentido único de donde procede una misma estructura y sobre todo no lo es cuando ella alcanza al discurso.
No hay sentido común de la histeria y es la estructura a partir de la cual en los histéricos o histéricas juega la identificación. La estructura, y no el sentido; como bien se lee por el hecho de que llega hasta el deseo, es decir hasta la falta tomada como objeto y no hasta la causa de la falta (conforme el sueño de la bella carnicera en la Traumdeutung, devenida ejemplar por mis cuidados. No me prodigo en ejemplos, pero cuando me mezclo en ellos, los llevo al paradigma).
Los sujetos de un tipo no tienen, pues, utilidad para los otros del mismo tipo y, es concebible que, un obsesivo no pueda otorgar el menor sentido al discurso de otro obsesivo. De allí mismo parten las guerras de religión (pues es el único trazo del cual ellas hacen clase al resto insuficiente). Hay obsesión en el golpe. De allí resulta que no existe comunicación en un análisis más que por una vía que trasciende al sentido: aquella que procede de la suposición de un sujeto del saber inconciente, o sea, del ciframiento. Es lo que he articulado: acerca del sujeto supuesto saber.
Es por ello que la transferencia es amor. Un sentimiento que toma allí una forma tan nueva que le introduce la subversión, no porque sea menos ilusorio sino porque se otorga un partenaire que tiene la chance de responder, lo que no es del caso en las otras formas. Vuelvo a poner en juego la buena hora (bon heure), con la única excepción de esta chance: que esta vez proviene de mí y yo debo abastecerla.
Insisto: es al amor a quien se dirige el saber, no al deseo; pues se puede repasar el Wisstriebe (deseo de saber) -habrá sido el tampón de Freud- y no existe el más mínimo. Es en este punto en el que se funda la mayor pasión del ser parlante que no es el amor ni el odio, sino la ignorancia. Todos los días la toco con el dedo.
Que los analistas -digamos aquéllos que tienen el empleo sólo por plantearse como tales, de acuerdo con ello y sólo por este hecho, realmente- que los analistas, y lo digo entonces con sentido pleno, me sigan o no, no hayan comprendido aun que lo que provoca la entrada en la matriz del discurso, no es el sentido sino el signo, dará la idea de la necesariedad de esta pasión de la ignorancia.
Antes que el ser imbécil tomara supremacía, otros, no idiotas, enunciaban acerca del oráculo que no revela ni oculta, semaine, hace signo.
Era en tiempos anteriores a Sócrates quien, aunque histérico, no es responsable de lo que le siguió: el largo rodeo aristotélico de donde Freud al escuchar a los socráticos que he mencionado, volvió a aquéllos anteriores a Sócrates únicos capaces, a sus ojos, de testimoniar acerca de lo que él descubrió.
No es porque el sentido de su interpretación haya tenido efectos que los analistas estarían en lo verdadero; porque aunque aquélla hubiera sido justa, sus efectos son incalculables. Ella no testimonia de ningún saber porque tomándolo en su definición clásica, el saber se asegura por una posible previsión.
Lo que ellos tienen que saber es que hay de ello un saber que no calcula pero que no trabaja menos para el goce.
¿Qué es lo que no puede escribirse del trabajo del inconciente? He ahí donde se revela una estructura que pertenece precisamente al lenguaje cuya función es la de permitir el ciframiento. Es lo que constituye el sentido, a partir del cual la lingüística ha fundado su objeto aislándolo de él: el nombre de significante.
Es el único punto en que el discurso analítico se posa en las ramas de la ciencia, pero si el inconsciente testimonia acerca de un real que le es propio, allí está, inversamente nuestra chance de elucidar cómo el lenguaje vehiculiza en el número el real, a partir del cual se elabora la ciencia.
Lo que no cesa de escribirse es soportado por el juego de palabras que la lengua mía ha conservado de un otro, y no sin razón, la certidumbre de la cual testimonia en el pensamiento el modo de la necesidad.
Como no considerar que la contingencia, o aquello que cesa de no escribirse no sea por donde se demuestra la imposibilidad o aquello que no cesa de no escribirse y que un real se afirme desde allí que, para no estar mejor fundado sea transmisible por la fuga a que responde todo discurso.
7 de octubre de 1973.
lunes, 2 de noviembre de 2009
“Hacia una conjetura de la excepción”
Por Luis Langelotti
Fuente: http://www.imagoagenda.com/articulo.asp?idarticulo=1176
“Desde el momento en que se habla de ética, lo que está supuesto es un margen de indeterminación:
se lo siente de inmediato si uno nota que no hay ética de la piedra que cae;
por el contrario hay una ética de aquel que puede tirarse por la ventana.”
Colette Soler
Desde el psicoanálisis es crucial la determinación del sujeto. Determinación que poco tiene de idealista, ciertamente, ya que es una sobredeterminación, ante todo, material. Que esta materialidad no sea la materialidad del cuerpo concebido como organismo biológico henchido de “instintos”, o bien, la materialidad de “las fuerzas productivas y de las relaciones de producción”, no quita que lo que esté en juego en el campo analítico cuando hablamos de determinación sea, en suma, algo material. Para ir rápidamente al punto, el eslabón que da la clave para concebir lo que de materialista tiene la determinación que opera en psicoanálisis, es el «significante». Ese parásito anideico y asemántico que corroe la dulce naturalidad con la cual somos arrojados al mundo, que nos sexualiza perversa y polimorfamente. Eslabón que, también, “hace mundo” –uno nuevo–, que estructura cada uno de los rincones de nuestra existencia. Ahora bien, la pregunta que motoriza al psicoanálisis en tanto disciplina que busca afrontar la persistencia del sufrimiento, es la que sigue: ¿Acaso todo es apresado, abatido, encerrado, enclaustrado por ese retículo significante, por ese denso e insistente enjambre de signos del Otro?
Creo que habría que arriesgar una definición para entender de qué se habla cuando se habla de clínica psicoanalítica: la clínica psicoanalítica tiene estructura de pregunta. No podría ser de otra manera, en efecto, ya que el deseo tiene como implicancia fundamental ese carácter de interrogación, y no de afirmación o de imperativo - instantes de clausura que pretenden sustituir al Otro vertiendo sentido.
Estimo que esta condición –la de tener estructura de pregunta– es la más tajante especificidad del psicoanálisis, y constituye aquello que le da su valor y su eficacia. “El deseo desacomoda la enunciación imperativa cuando dibuja la curva del signo de interrogación sobre el punto final [de la feroz sentencia superyoica, me atrevo a agregar]...”1. En esta frase, creo que se encuentra sintetizada de un modo muy esclarecedor la cuestión que al psicoanálisis le otorga su rasgo distintivo. Me refiero a la dimensión de la Ética y, en ese sentido, a lo que junto con Colette Soler llamamos “margen de indeterminación”.
¿Qué es lo indeterminado? ¿Qué se aloja en ese margen de indeterminación? La pregunta analítica que más arriba estableciera como siendo el motor del psicoanálisis, no es tan sólo una pregunta: es más bien lo que yo llamaría una «apuesta».
En este punto podríamos preguntarnos: ¿Qué buscamos conocer cuando investigamos o teorizamos sobre el Hombre, cuando reflexionamos sobre él, cuando nos llenamos la boca con sentencias que lo encierran en un símbolo prefabricado, con fórmulas y conceptos que lo enclaustran y lo silencian en cuanto tal, cuando lo explicamos a través de un arquetipo, de una clase, de un género, de una verdad previa, etc.? Podría decir, sin miedo a exagerar, que el así llamado “sujeto epistémico” en la medida en que “identifica”, es decir, en la medida en que avanza, captura y retrotrae a lo memorizado (rechazando lo desigual), no “conoce” pura y simplemente, sino que más bien re-conoce, es decir que, strictu sensu, des-conoce, no hace lugar a la novedad (y al ser mismo como pura novedad).
Estamos atravesando una época en la cual resulta muy complicado, por cierto, detenerse a hacer preguntas, hay todo un menú de respuestas objetivadas que lo dificultan. Es muy difícil hoy en día poder sostener una apuesta, es decir, creer en el deseo. El mundo está repleto, parece no faltarnos nada ya. Por lo demás, las conjeturas poco valen, los cuestionamientos, las demoras, los rezagos, todo lo que “no anda” –lo que no puede ser capitalizable– debe ser corregido, apartado, desechado, sustituido, anulado. El propio movimiento del mercado, de hecho, forcluye sistemáticamente a más y más elementos improductivos.
Por otro lado, como corolario del impactante avance tecnológico que ofrece cada vez más y mejores compañías alternativas que la de un ser humano, las subjetividades de hoy en día parecen disgregarse, diluirse, aislarse; en suma, haberse “convertido al narcisismo” (como lo proponía humorísticamente Woody Allen en uno de sus films). La expresión “señorito satisfecho” de Ortega y Gasset2 resulta totalmente atinada para referirnos a la época que nos toca vivir, época que entremezcla un poco de pragmatismo (bien ilustrado en lo que este autor llamaba el “régimen de acción directa”3 del hombre vulgar), por un lado, y de autismo, por el otro. Es por ello que podríamos hablar de un verdadero “pragmautismo generalizado”.
Asistimos a un espectáculo en donde, acorde al “pragmautismo” de la época, se ofertan de un modo casi frenético soluciones del orden fast food las cuales no apelan, obviamente, a la dimensión responsiva de la subjetividad. Cuán complejo puede resultar, entonces, engarzar seductoramente a una persona cualquiera en la búsqueda del desciframiento del enigma que su sufrimiento comporta.
Para el psicoanálisis, en cambio, no existe un saber exterior que pueda responder por el síntoma particular de un sujeto. El saber del síntoma sólo él lo posee, y por eso él es el único responsable, es decir, es a él al quien le toca cargar con la responsabilidad de curarse –si así lo quiere–.
Lo particularmente indignante de nuestro tiempo (tanto en el sentido de que produce indignación, así como en el sentido de que quita toda dignidad subjetiva), pues, ha de ser que, a la sobredeterminación significante con la cual inicié esta colaboración, a esa avalancha simbólica consistente en estar sojuzgado desde el vamos a un código de signos culturales, hay que agregarle ahora la mortificación que el superyó capitalista trae aparejada y los efectos estragantes –a nivel subjetivo– del “fárrago de sucesiones colectivas de experimentaciones finalmente paliativas que se concreta bajo el rótulo de la psicología moderna”4, eficaces, naturalmente, “en el campo del conformismo, incluso de la explotación social”.5
Actos terapéuticos capitalizables –a diferencia del acto analítico– que le permiten a quien los realiza acumular un saber, el cual configura progresivamente al “especialista”. En psicoanálisis, por el contrario, no hay tal cosa: el analista es más bien un incompetente, inclusive, un impotente, en la medida en que no hay algo que pueda llamarse “el poder del analista”. No hay tampoco un “campo de competencia” respecto del cual el psicoanalista sería un “experto”. Empero, sí existe un campo que es propio del psicoanálisis, lo llamamos, con Freud, el inconsciente. Y hay, también, un poder del psicoanálisis, respecto del cual Jacques Lacan nos otorgó sus «principios».6
Para finalizar con estas breves reflexiones, simplemente voy a establecer una interrogación: ¿Es la novedad algo anticipable? Pues considero que no. Es anticipable a un nivel tanto más general, como “novedad”. Podemos decir de ella: “será algo distinto”. Pero respecto de su configuración real no podemos decir nada –del devenir sólo puede decirse que deviene pero no cómo devendrá, salvo a posteriori. No obstante, esta afirmación que recién indicaba (“será algo distinto”) no es de ningún modo poca cosa, algo de poco valor y de bajo alcance. Es, por el contrario, una verdadera apertura, esto es, un verdadero «desprendimiento». Yo afirmo que para que la novedad pueda emerger, entrar en la escena, previamente, primordialmente, habrá que darle la posibilidad a ese-hombre (al hombre real) que yace frente a nosotros –en la condición que fuere– de que nos pueda sorprender. Es decir, habrá que brindarle la posibilidad de que llegue a ser una «excepción». Apostar a que allí pueda producirse una variación, una diferencia: “… a los sujetos, para que sean sujetos, hay que plantearlos como sujetos.” –decía Osvaldo Umérez–.7 Y es esa la orientación de la cura, la cual, a mi entender, no significa otra cosa más que sostener una «conjetura». Una conjetura es también una creencia, una esperanza, una ilusión, una apuesta, una confianza; todos estos, nombres del deseo, y puntualmente, del deseo del analista. Es por ello que podríamos hablar del psicoanálisis como siendo una conjetura de la excepción.
1 Friedenthal, Irene. Descubrir el psicoanálisis, Grama Ediciones, Buenos Aires, 2004. Pág. 22.
2 Ortega y Gasset, José. La rebelión de las masas. Colección El Arquero N ° 23, Ediciones de la Revista de Occidente S. A., Madrid, 1975.
3 Ortega y Gasset, José. Op. cit. Pág 158.
4 Lacan, Jacques. El triunfo de la religión: precedido de Discurso a los católicos. Paidós, Buenos Aires, 2005. Pág. 22.
5 Lacan, Jacques. Op. cit.
6 Lacan, J. “La dirección de la cura y los principios de su poder”, en Escritos 2, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2008.
7 Umérez, Osvaldo. deseo-Demanda, pulsión y síntoma, Psiqué J.V.E. ed., Buenos Aires, 1999. Pág. 100.
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